José Varela Ortega-El Imparcial
Porque, es, en efecto, el mundo al revés que hayamos terminado deteriorando el espacio Schengen (que no es un principio jurídico, sino un compromiso de seguridad de fronteras entre las partes) y exigiendo pasaportes a nuestros socios italianos (en represalia por los controles por estos introducidos), mientras asistimos atónitos a la invasión por las bravas en nuestra frontera sur por parte de decenas de miles de marroquíes, a quienes nadie ha podido exigirles identificación alguna. Total, un fogonazo que ilumina el estropicio causado al poner la política exterior española -que debe ser política de Estado- a remolque de pequeños intereses partidistas; o más bien personales, en el caso de Pedro Sánchez. Gestos innecesarios, cara a la galería de sus socios populistas y comunistas -que tampoco saldrán gratis- han sido las aparatosas declaraciones de nuestro Calígula particular contra Trump y Netanyahu, en la penosa aventura americana e israelí contra la teocracia terrorista iraní. Porque, una cosa es cuestionar firme, pero discretamente -como han hecho los principales socios de la OTAN- el error de Ormuz, de un Presidente americano impredecible, ciclotímico y desorbitado, y el horror de Gaza, de su aliado en la región, y otra muy distinta es protagonizar un antagonismo contra la potencia que garantiza nuestra defensa, y contra otra de la cual depende, al menos en parte, nuestra inteligencia anti-terrorista. Como suele ocurrir con los mentirosos compulsivos, las contradicciones de Sánchez a la vista están: el mismo personaje que, hace pocos años, conculcó las resoluciones de Naciones Unidas en relación al Sahara, se nos muestra ahora indignado con el fallido aventurerismo Trump-Netanyahu en Irán sin cobertura de la ONU. La oposición frente a tales políticas temerarias -que han revitalizado más que hundido a los terroristas iraníes- es razonable; el destacarse con declaraciones y alardear prohibiciones en el uso de nuestras bases conjuntas, que sólo sus socios populistas y comunistas aplauden, sirve a los particulares intereses de su permanencia en el poder, pero a costa del interés del Estado. Todos lo sabemos y todos lo pagaremos.
Parafraseando la conocida intervención de lord Parlmeston en relación a Inglaterra, deberíamos partir de la idea que “España no tiene amigos ni enemigos perpetuos; lo que tiene son intereses”. Y parece razonable que nos interese tener una excelente relación con Marruecos, que es nuestra puerta de África (para no hablar del interés objetivo de Marruecos que, indudablemente, es todavía mayor, en la medida que el eje de prosperidad y progreso discurre de sur a norte, y de ello hablaremos en el momento oportuno). Dentro del mundo árabe, Marruecos es un país moderado, con una prensa relativamente libre, cierto nivel de seguridad jurídica y un Parlamento influyente, aunque no determinante; una suerte de monarquía (teocrática), en que el Rey tiene aún más poder e influencia de la que tenían Guillermo II, el emperador Francisco José o el zar Nicolás II antes de 1914, aunque sólo fuera por la simple, pero contundente razón, de que, supuestamente, la dinastía alauí desciende del Profeta. Mohamed VI, un personaje casi tan civilizado como corrupto, tiene muy mala prensa en el mundo occidental bien-pensante (y entre la izquierda, ni hablemos), como un multimillonario decadente que invierte buena parte de su tiempo -y del dinero de los marroquíes- viviendo à la grande du monde en París. Sea como quiera, desde el punto de vista de los intereses de España, debería tranquilizarnos que el escenario elegido sea París, en lugar de Bagdad o Moscú, que es donde suelen terminar las primaveras árabes, cuando llega el crudo invierno del integrismo islamista: una versión desafortunada, pero nada desdeñable, de producirse un cambio radical y violento en Marruecos. Quizá, por eso, el Rey Juan Carlos tejió una muy fructífera y fraternal relación con Hasan II, padre del monarca actual, y buena noticia sería que el rey Felipe y Mohamed restablecieran aquella complicidad.
Si damos, pues, por buena la idea que a España le interesa tener la mejor relación posible con nuestro vecino del sur, ¿quiere ello decir que esa relación con Marruecos tiene que discurrir siempre por una senda suave y placentera? Me temo que no siempre sea ese el caso. Porque, Marruecos (al menos, el Estado marroquí, en su configuración actual desde la independencia en 1956) tiene un fuerte componente nacionalista expansivo que ha venido proyectándose sistemáticamente desde hace al menos siete décadas sobre el Sahara Occidental, las Islas Canarias, Ceuta y Melilla, amén de algunos pequeños peñones de menor extensión geográfica de soberanía española desde tiempo inmemorial. Y, es el caso, que, salvo algún traspiés, el Reino Alauí ha manejado estos objetivos expansionistas de forma inteligente y efectiva. Al punto que, el primero de ellos, la conquista del Sahara Occidental, es una victoria consolidada y admitida por Sánchez, en un giro copernicano de la política exterior española, sin información ni explicación en las Cortes. Se atribuye a Adam Smith la idea de que las únicas leyes de la Historia son las de la Geografía. Y es el caso que, fuera ya de la ruptura del compromiso con la resolución de Naciones Unidas al respecto, y de las obligaciones de España como antigua potencia colonial (y más allá incluso del tradicional faible de la izquierda con el Polisario), lo que debiera haber alertado a los políticos españoles del momento es el hecho geo-estratégico abrumador de que un Sahara independiente, apoyado por Argelia (y, en menor medida, por Mauritania), hubiera constituido el contrafuerte natural de las Islas Canarias.
Con independencia de hechos históricos (Melilla y Ceuta, fueron portuguesas y españolas desde el siglo XV, con antelación a la constitución del Reino de Marruecos, y en el Sahara Occidental jamás hubo presencia marroquí) o geográficos (las Canarias constituyen un archipiélago atlántico, fuera del continente africano), hechos que al nacionalismo expansionista marroquí les traen al fresco, la españolidad de ambas ciudades autónomas está masivamente acreditada por el abrumador sentir de los ciudadanos ceutíes y melillenses. Y, si se me permite el contrafactual, los marroquíes quieren entrar en ambas ciudades autónomas, precisamente porque son españolas; si fueran marroquíes, me atrevo a asegurar que lo que querrían sería salir.
¿Acaso podemos pensar seriamente que lo ocurrido en Ceuta el pasado 30-31 de Julio es el problema de una zona de emigración particularmente tensionada? ¿De veras? ¿Más o menos tensionada acaso que la frontera mexicano-americana desde Tijuana a El Paso, o que las tensiones sufridas en las costas italiana (Lampedusa) y griega (Lesbos)? Todos sabemos que nuestra frontera con Marruecos tiene un componente diferente y decisivo: el hecho central de la política expansionista marroquí y su estrategia de suplir una notoria inferioridad militar (por ahora), moviendo masas de población hacia los objetivos ambicionados, en la inteligencia que la política y la legislación europea y española, protectora de los derechos humanos, garantiza, la suficiente impunidad como para abrir una ventana de oportunidad a maniobras de esa naturaleza. Otra cosa, son los trágicos costos laterales que ocasiona dicha estrategia: letales para quienes mueren antes de alcanzar las costas españolas, o la tragedia de los menores abandonados, que mueven a una inmediata compasión, buscando el natural reagrupamiento familiar, (sin comprender que, con frecuencia, las familias marroquíes buscan si ese reagrupamiento, pero procurando la llegada de los familiares adultos a España, que no de regreso de los menores a Marruecos, al punto que, según calculan los expertos en el tema, un menor suele atraer a España cuatro o cinco familiares adultos).
Si la memoria no me traiciona, me parece que fue Benito Mussolini -que más de un desastre protagonizó al respecto- quien definía la guerra como una forma armada de emigración. La que nos ocupa, son casos de migraciones desarmadas. En suma, movimientos de población dirigidos, tolerados o impulsados por la potencia agresora, aprovechando situaciones de fragilidad política en España, como fue el caso en noviembre de 1975 con el dictador español agonizante (y donde, por cierto, no estuvo presente el texto o pretexto de la emigración). Como sabemos, aquella apuesta marroquí (conocida como “la marcha verde”) constituyó un éxito rotundo; mientras que, por el contrario, la tímida, casi vergonzante, intentona militar marroquí de julio de 2002 en el islote Perejil (de soberanía española), contestada con rotundidad por el gobierno Aznar, (empleando cuerpos militares muy profesionalizados, pero sin disparar un tiro), constituyó un fracaso para Marruecos; o, al menos, la comprobación de la voluntad de resistencia española ante determinados desafíos.
Se trata, en suma, de movimientos masivos de población, tolerados, cuando no, fomentados por Marruecos, que aprovechan una crisis migratoria continental. Pero, lo sucedido en 2021 y lo ocurrido el pasado 30 de julio, en mucha mayor escala, no es una crisis migratoria parecida a la que afecta a la frontera Mexicano-americana en el rio Grande. ¿Las redes sociales?, según Marlaska (el ministro español responsable de ese negociado) que habla de ello como si dichas redes fueran opacas para Interior; o como si lo ocurrido de un terremoto u otro cataclismo natural e impredecible se tratara. Como de costumbre en el universo sanchista, la cosa es poner a prueba el más elemental sentido común de la ciudadanía. Decenas de miles de personas no aparecen espontáneamente nadando en las playas de Ceuta. Para alertar de la marea humana que se venía encima, no hace falta el Centro Nacional de Inteligencia -que, sin duda, averiguó y advirtió al gobierno-. Acarrear 70 u 80.000 personas hacia un punto determinado muy concreto (Castillejos-Fnideq) requiere un volumen de movilidad masivo, servido por centenares de vehículos que no pudieron pasar desapercibidos, no ya al CNI, a la Guardia Civil, o a la Policía Nacional -que también- simplemente, bastaban los diplomáticos de la embajada en Rabat, y los agentes consulares en Tetuán y Tánger para dar cuenta de la avalancha humana que se precipitaba sobre Ceuta. La implicación, por pasiva o activa, de las autoridades marroquíes resulta evidente. Y, principalmente, no tanto por la entrada -que también- como, sobre todo, por la prueba de la salida de la gran mayoría, poco menos que a toque de corneta del gobierno alauí, cuando el asunto desbordó al gobierno español y estalló como un escándalo mayúsculo en las cancillerías de la UE, ante la incapacidad flagrante de las autoridades españolas, a la hora de proteger la frontera sur de la Unión. El escándalo, protagonizado por el gobierno italiano (de centro-derecha) y el danés (socialdemócrata), pero secundado y apoyado por otros veinte países de la Unión, ilumina la preocupación de Bruselas por la porosa fragilidad de nuestra frontera sur.
Sea como quiera, casi todos estamos en discurrir por el sendero de las mejores relaciones posibles con Marruecos. Pero, una cosa es llevarse bien con los vecinos y otra muy distinta -nos previene Gustavo de Arístegui en un exhaustivo y excelente artículo- es entregarle a uno de ellos la llave de las puertas de los pisos que ese mismo vecino ambicioso reclama como suyos. La inmensa mayoría de los ciudadanos de Ceuta, como no podía ser de otra manera, lo han percibido como una invasión que instrumentaliza el fenómeno migratorio entre dos mundos extremadamente desiguales. Y es cierto. Pero, sólo parcialmente. Marruecos no busca tanto repoblar Ceuta (o Melilla, cuando se tercie) de magrebíes, si no despoblarla de españoles, que creían habitar y disfrutar de una pequeña y deliciosa ciudad de provincias europea, de muy buen nivel y excelentes dotaciones, agradable, limpia y aseada, y se encuentran de pronto sus barrios convertidos en casbahs mugrientas e invivibles para cualquier ciudadano europeo medio.
En todo caso, el juego del pirómano que, provocado el incendio, se reviste de bombero, debe -y puede- acabar. No es sólo, ni siquiera fundamentalmente, cuestión de reforzar la seguridad material, policial y militar de las fronteras de ambas Ciudades Autónomas, que también. Es que Marruecos depende mucho más de la cooperación de España que al revés. Para empezar, España es el primer socio comercial de Marruecos en el mundo; pero, sobre todo, es el cordón umbilical energético de Marruecos: en electricidad (el 8% de la demanda anual marroquí), en gas y en productos del refinado petrolífero (cubriendo el 23% del mercado alauita). Por España pasan sobre el 80% de las exportaciones a Europa del Reino Alauí. Y carece de sentido erosionar Schengen, exigiéndonos pasaportes entre italianos, daneses y españoles, permitiendo en cambio pasar libremente a camioneros y camiones marroquíes, mientras nos inundan oleadas de magrebíes indocumentados (tolerados o impulsados) que violan nuestras fronteras. Si precisamos cambios y retoques en las leyes españolas y europeas para impermeabilizar nuestras fronteras e imponer la expulsión inmediata de los trasgresores, que se derogue lo que no funciona y se vote en las Cortes y en Estrasburgo lo que sea preciso: mayorías en ambas Cámaras no faltan.
No parece necesario invocar el espíritu de Churchill en Munich (1938), el de Truman, tras el golpe comunista en Praga (1948) o el de Kennedy en la crisis de los misiles (1963), para saber que “el apaciguamiento” no disuade al agresor; al contrario, lo estimula. Basta releer el “telegrama largo” (1946) de George Kennan sobre la conducta soviética de posguerra: porque agresión y transgresión no son conductas instintivas (Macfarlane Burnet), si no aprendidas e imitadas, cuando un comportamiento tal obtiene premio (como creyeron haber demostrado Albert Bandura y Ross con el famoso experimento del “muñeco Bobo”). Es evidente que nuestro Calígula (y sus 700 u 800 asesores), avezado especialista en trucos y engaños, está más que al cabo de la calle de todo esto. La pregunta final inevitable es qué le ha llevado a Sánchez a este despropósito, o en qué renuncio está atrapado por el monarca alauita y sus asesores. Como les suele acontecer a los tramposos -y escribió Tácito, con ocasión del golpe de Galba (68 dC)- el arcano del imperio terminará por divulgarse. Pero, no resultará como el complejo e inteligente ajedrez bismarckiano de los cuatro emperadores: será una historieta ramplona, pedestre y probablemente sórdida; pero, sobre todo, será miserable… aunque penosa y desastrosa para los intereses de España.