- Los españoles estamos caminando hacia el abismo. No se lleve las manos a la cabeza, sé que hay mucho camino en dirección errónea hasta llegar a la miseria generalizada, al desabastecimiento, a las consiguientes patrullas de barrio. Pero no se olviden de Venezuela
La caída de la clase media en España ha sido –está siendo– pavorosa. Con saber que el salario real no ha subido en los últimos treinta años debería bastar. El dato es demoledor, todos sabemos de la subida de precios. Piense quien dude en sus gastos fijos, obligados, inevitables. No necesita ajustarse a lo que el Gobierno decida entender por «cesta de la compra». ¿Por qué iba usted a hacerse trampas al solitario? ¿Cuánto pagaba por la gasolina hace treinta años? ¿Y por la luz? ¿Qué parte de su presupuesto la dedicaba a alimentación? Y, sobre todo, ¿qué parte al pago de la hipoteca o el alquiler? En esta última partida se descubren las cartas. La clase media puede desaparecer, y si esa catástrofe sucede, llegarán las siete plagas, todos los males se acumularán, cumplir la ley dejará de ser normal o posible. El Estado se volverá (más) autoritario. El futuro desaparecerá del horizonte y todo se derrumbará. Un proceso inverso es el que acompaña a la creación de una clase media donde no la había. He ahí el secreto del milagro de Franco en la década prodigiosa de los sesenta, con su crecimiento medio del 7 % anual. De ahí que el autoritarismo de posguerra se fuera ablandando, hasta que la propia clase política franquista trajo la democracia, o se apartó en el famoso harakiri de la Ley de Reforma Política, para que la trajeran los más arrojados.
Los españoles estamos caminando hacia el abismo. No se lleve las manos a la cabeza, sé que hay mucho camino en dirección errónea hasta llegar a la miseria generalizada, al desabastecimiento, a las consiguientes patrullas de barrio. Pero no se olviden de Venezuela. Presencié en los noventa, en los Estados Unidos, cómo llamaban a los turistas venezolanos gimmetwo. O sea give me two, póngame dos. Dos relojes iguales, dos americanas iguales. Eso decían por sistema cuando les gustaba algo. Venezuela desanduvo el camino virtuoso, triturando a su clase media en menos tiempo del que nadie podía sospechar. Así pues, por mucho margen y por mucho colchón europeo que creamos tener en España, ojo. Construir algo es asunto lento y fatigoso; destruirlo es rapidísimo y lo puede hacer cualquiera. Dato a no perder de vista cuando nos gobierna, precisamente, cualquiera.
La prueba de nuestro camino hacia el abismo la proporciona, sin proponérselo, la Comunidad de Madrid cuando saca a sorteo cincuenta pisos, reproduciendo en un laboratorio lo que debería ser normal: familias de cuatro miembros con ingresos fijos de hasta 68.000 euros accederán, si tienen muchísima suerte, a lo que sus padres y abuelos accedieron con normalidad: un arrendamiento de entre 700 y 1000 euros en una zona ni lujosa ni degradada. Normal. Y nunca pagarán en concepto de vivienda más del 30 % de sus ingresos. Esto, que hoy es modelo de virtud, de lo que debería ser, de lo que fue durante muchos años, parece un sueño para los que compran el boleto. Sin clase media, prepárense para cualquier cosa.