Florentino Portero-El Debate
  • Aunque la Administración Trump no sea consciente de ello, Estados Unidos necesita aliados en todo el planeta, porque sus intereses son globales. Sin respeto a esos estados y con una autoridad en entredicho, su soberbia es el mejor regalo que puede hacer a China

El conflicto está unido a la condición humana. Desde Caín y Abel hasta nuestros días, tendemos a resolver nuestras diferencias, legítimas o no, mediante la violencia, cuando otras fórmulas han fracasado. Repetimos que la paz es la ausencia de guerra. Desde la antigüedad sabemos que la guerra es siempre un fracaso, porque es la prueba de que no se ha logrado lo que se quería por medios diplomáticos y porque en el campo de batalla todos pierden, incluido el vencedor. De ahí que, desde el inicio de la civilización humana, tengamos noticias de alineamiento de intereses entre estados, de la constitución de coaliciones contra un tercero o de alianzas en favor de un objetivo compartido.

La Europa que hoy conocemos es el resultado de la OTAN y del proceso de integración europeo, dos alianzas íntimamente relacionadas que han venido respondiendo a un mismo objetivo: la consolidación de la democracia, el desarrollo social y económico y la definición de un espacio de seguridad y defensa. Nada de esto se podría haber logrado desde la sola actividad de un Estado, por muy voluntarioso que este fuera.

Hoy la Administración Trump considera que la forma en la que Estados Unidos se ha venido relacionando con los países más afines está superada. No se trata solo de la relación con Europa. Desde Washington se actúa sin consultar y dando por sentado que se tiene derecho a ello por el grado de dependencia que unos y otros tienen respecto de las finanzas, la tecnología o la defensa norteamericana. En la mentalidad de Trump y de su entorno, las viejas relaciones devinieron en áreas de influencia, donde el hegemón puede actuar con libertad.

La arrogancia es un defecto en el plano individual y en el estatal. Cualquier potencia es vulnerable, de ahí que el ejercicio de la diplomacia trate de hacer prevalecer los intereses propios sin ofender o humillar a la otra u otras partes. Si «arrieros somos y en el camino nos encontraremos», más vale invertir en establecer vínculos que en volar puentes. Si Estados Unidos inicia una guerra contra Irán, la gestiona con una torpeza inusitada por no escuchar a sus propios funcionarios y, finalmente, se encuentra con una crisis en Ormuz, anunciada desde hace muchos años, no puede exigir a los europeos que vayamos a exponer hombres y medios en una operación absurda. Si el canciller Merz afirma que Irán está humillando a Estados Unidos, está reconociendo lo que todos pensamos, aunque no le correspondiera a él hacer tal declaración. Castigar a Alemania por ello, aumentando el arancel sobre los vehículos de esta procedencia, es una reacción inmadura que solo beneficia a China, el único rival de Washington que merece tal nombre.

El inaceptable trato que la Administración Trump dispensa a sus supuestos aliados y amigos se complica con una percepción que viene de atrás. Me refiero a la imagen de incompetencia que se va asentando poco a poco. La derrota en Afganistán concluyó en el humillante esperpento de la huida apresurada de las fuerzas estadounidenses, dejando un formidable material a sus espaldas, y en los sucesos del aeropuerto de Kabul. La gestión de la crisis de Irán no se ha quedado atrás. Si en los primeros meses Trump había logrado mejorar sensiblemente la relación con los estados del Golfo, dispuestos a invertir ingentes cantidades de dinero en la Revolución Tecnológica norteamericana a cambio de seguridad, en estas fechas asistimos a la perplejidad de las élites árabes, que no se acaban de creer el desastre de gestión y la subsiguiente crisis de su propia seguridad, que tendrá indudables efectos en el medio plazo. Ante la lluvia de misiles y el sobrevuelo de miles de aviones no tripulados, los nervios se agudizan, cuestionando su propia unidad de acción. Ante el riesgo de que el programa nuclear, el de misiles y el propio régimen de los ayatolás continúen, unos, con Emiratos a la cabeza, buscan reforzar su relación con Israel y Estados Unidos, mientras que otros, liderados por Arabia Saudí, apuntan hacia un entendimiento con Irán de la mano de Turquía y Pakistán.

Aunque la Administración Trump no sea consciente de ello, Estados Unidos necesita aliados en todo el planeta, porque sus intereses son globales. Sin respeto a esos estados y con una autoridad en entredicho, su soberbia es el mejor regalo que puede hacer a China, que aprovechará esa creciente desconfianza para penetrar mercados y establecer vínculos de influencia. Donald Trump es el mejor embajador que China ha tenido en mucho tiempo.