Carlos Martínez Gorriarán-Vozpópuli
- Europa padece un calor insoportable con la energía cara y escasa que impide combatirlo eficazmente
Imagínate un pueblo europeo muriendo de hambre donde el alcalde socorre a los vecinos pidiéndoles que practiquen ejercicio moderado, estudien cocina saludable sin grasas saturadas y, sobre todo, cumplan la normativa llamada «de la granja a la mesa” para garantizar la trazabilidad sostenible de los alimentos sanos (Reglamento (CE) nº 178/2002).
Normas y burocracia
Algo así está sucediendo con la terrible ola de calor que achicharra no ya al Mediterráneo y aledaños, como era la norma, si no a la Europa atlántica y central. Cuarenta y dos grados en París no se viven como en Sevilla o Madrid, en Atenas o Roma. Al norte de Alpes y Pirineos no tienen los hábitos, experiencia ni preparación práctica que requiere convivir con el achicharramiento prolongado: horarios adaptados, comida tranquila y siesta (esos pecados católicos de pereza), arquitectura adecuada y trucos populares que incluyen visitar las terrazas de los bares a la hora más fresca. En fin, ese estilo de vida mediterráneo, tan inteligente, que los poderes públicos parecen empeñados en erradicar cuando más falta hace.
En la Europa que jadea ni siquiera tienen la climatización del transporte y los locales públicos y privados corriente en el centro y sur de España (y cada vez más en el norte). Los trenes de cercanías de París van abarrotados, asfixiados sin traza de aire frío; en Holanda, los bomberos riegan estructuras metálicas para que no colapsen; Alemania tira de sumisa disciplina para convencerse de que peor sería el aire acondicionado que no tienen. Europa, lejos de haberse preparado para un fenómeno anunciado y previsto por la ciencia del clima hace ya décadas -olas de calor súbitas, fuertes y prolongadas en latitudes altas-, ha dedicado todo este valioso y largo periodo de transición a imponer infinidad de normas con dos características comunes: no refrigeran el ambiente y están cargadas de moralina ideológica.
Además, a los afortunados con aire acondicionado se les ha pedido prescindir del artefacto, reservado para la población vulnerable. La Comisión Europea ha dado ejemplo, como es debido, recortando la refrigeración en sus edificios de Bruselas en los pisos donde sudan los funcionarios de bajo rango y el público de visita, mientras los burócratas y cargos elevados siguen convenientemente refrigerados a fin de proteger el cumplimiento de las normas verdes hostiles al aire acondicionado a capricho.
El milagro de los árboles y los termómetros
Puesto que el futuro de fenómenos extremos meteorológicos extremos no sólo era conocido, sino monotema de las políticas europeas -aunque en forma de apocalipsis, no de adaptación-, cabe preguntarse por qué tanto la Comisión como los gobiernos nacionales no han actuado para prevenir daños. Crean lo que crean ecofundamentalistas o negacionistas, la política no puede cambiar el clima, pero sí puede tomar medidas preventivas y paliativas. Un gobierno no puede impedir que la calle arda a más de 40º en donde rara vez pasan de 30º, pero puede facilitar que las casas estén a 25º con las reformas necesarias: refrigeración con electricidad barata.
¡Ay, no se ha hecho nada de esto! El gran coro de almas bellas propone, como alternativa, plantar árboles en las calles esperando el doble milagro de que crezcan en semanas y hagan soportable la temperatura ambiente. Convendría que se dieran una vuelta en plena canícula por las arboledas de Córdoba, Badajoz o Murcia.
Priorizar la energía nuclear
La pregunta política es menos botánica: sabiendo que los veranos iban a ser más largos y calurosos, tórridos donde no están acostumbrados, ¿por qué no se trabajó con tiempo para abaratar y asegurar el suministro de energía para refrigerar casas, edificios y transporte cuando sea necesario?
Quizás porque una política climática preventiva y proactiva -una especie de keynesianismo climático, que Mises y Hayeck me perdonen- habría llevado, con toda lógica, a priorizar la energía nuclear y a invertir en grandes redes eléctricas de distribución continental, ahora tan insuficientes como la red eléctrica española, hundida en abril del 2025 por la locura ideológica del sanchismo con las renovables. Se pensó mejor asustar con el infierno climático a la población, especialmente a los niños en las escuelas, para forzar reducir el consumo doméstico (como salvar al Titanic achicando cubos de agua), e inundarnos con propaganda de paraísos verdes de electricidad exclusivamente renovable y consumo minimalista en la línea Greta Thumberg, la insoportable influencer sin conocimientos ni ideas, pero dotada de la feroz y contagiosa histeria infantil de las herejías medievales.
Pero, ¿por qué hemos perdido el tiempo así? ¡Ay amigos, otra vez la estupidez política y su viciosa relación con la utopía moral! Como cuento en Utopía y desastre, los intelectuales y la estupidez política (una lectura de historia política amena para la playa o el monte), en las grandes crisis intelectuales e ideólogos coinciden en confundir política con moralina o nihilismo, e ideología con ciencia, siempre con desastrosos resultados. Estamos en otro episodio de ese tipo: la obligatoria utopía verde-azul de Bruselas.
La utopía climática obligatoria
En el caso presente de deriva del clima a dinámicas extremas -olas de calor y frío, sequías y temporales excepcionales- la confusión de ciencia y política con moralina culpabilizadora ha llevado a medidas inútiles y gravosas. La Comisión, apoyada por la mayoría política y los medios de comunicación, creyó prevenir futuras “crisis climáticas” culpando al consumo, atacando la agricultura tradicional, encareciendo la energía, y proliferando normativas paralizantes que trasladaron la industria a países sin delirios comparables, como China, India y otros asiáticos.
Así, Europa tiene el calor insoportable más la energía cara y escasa que impide combatirlo eficazmente. También tenemos un impresionante arsenal de normas, reglamentaciones y oficinas que, según creen aún los más tontos o los que viven de esta utopía de cuento (muchísimos, ciertamente), nos convierten en la conciencia moral y salvaguarda medioambiental del mundo. Una enorme fiesta de la estupidez colectiva que, eso sí, ha hecho muy feliz a la dictadura china y sus empresas industriales, y a las petroleras de Estados Unidos (que financiaron a Trump) y demás países productores de gas.
Así los europeos víctimas de un calor de bíblica reverberación, metidos en sus bonitas casas de las ciudades más bellas del mundo, convertidas en hornos, pueden ahora abanicarse con los reglamentos contra el cambio climático, y refrescarse con la propaganda de bosques verdes poblados por hadas y gnomos con perspectiva de género y unicornios poliamorosos bajo coloridos arcoíris. Todo irisado, verde y azul, pero asfixiado.