Ignacio Camacho-ABC

  • Faltaría más que la izquierda se arrogase el monopolio de decidir dónde, con quién y cuándo pueden protestar los ciudadanos

La primera foto de Colón fue un acierto moral aunque acabase resultando un error táctico. Digamos táctico y no político porque la política no tiene por qué ser siempre un ejercicio de cinismo. Lo cierto es que quienes estaban asistidos de la razón salieron estigmatizados y sin cumplir su objetivo mientras Sánchez manipulaba la manifestación en su propio beneficio. Pero a veces dos situaciones de similar apariencia producen efectos distintos. El presidente está mucho más desgastado, con la credibilidad bajo mínimos, y bracea como un náufrago agarrado al flotador del independentismo frente a una derecha reagrupada que acaba de ganarle un importante desafío. La operación de propaganda que funcionó en 2019 será difícil de repetir el domingo. Con todo, existe un cierto peligro en el afán de la oposición por acaparar el protagonismo. Los dirigentes de los partidos ya fiscalizan al Gobierno en el correspondiente cauce representativo; su presencia en la marcha es perfectamente legítima pero arrojará sombras de oportunismo sobre una expresión popular de descontento cívico. Y en cierta medida permitirá al sanchismo articular por contraposición el bloque de respaldo que ahora tiene destruido.

Es lo de menos, en todo caso. Faltaría más que la izquierda se arrogase el monopolio de la administración del rechazo, la facultad de juzgar cómo, dónde, con quién y cuándo deben o pueden protestar los ciudadanos. La calle no es propiedad exclusiva de nadie y el poder va a oír, le guste o no, la repulsa de miles de españoles al indulto de los sediciosos catalanes. Ésa es la cuestión clave, no si Casado y Abascal van más detrás, en medio o delante. Si no acudiesen, el fallo sería más grande porque el ánimo de sus seguidores no admite encogimientos pusilánimes. Y aunque el aparato mediático gubernamental haga juegos malabares para desenfocar el debate, Sánchez tiene una mayoría de opinión pública en contra y sabe que no le va a salir gratis la claudicación a un chantaje contra todos los todos los pronunciamientos legales.

Quizá pueda amortiguar el impacto de esa decisión con el paso del tiempo. Veremos. Por ahora lo que tiene es más de media España en un flagrante estado de cabreo que las encuestas ponen de manifiesto. El indulto es uno de esos espasmos políticos profundos capaces de desencadenar movimientos telúricos. Acaso todavía no haya calibrado bien la dimensión del agravio que para buena parte de la nación, incluida una apreciable porción de sus partidarios, supone el trato de favor a los responsables de una insurrección contra la integridad del Estado. Por más que trate de disimularlo con el mantra del diálogo queda demasiado evidente el pacto para salvar lo que le queda de mandato. Se ha liberado de Iglesias para quedar como rehén de unos socios aún más antipáticos y el espantajo de Colón ya no cuela como coartada de otro paso en falso.