Bernard-Henri Lévy-El Español
  • Su objetivo, y Putin no ha dejado de decirlo, es someter y, de un modo u otro, aniquilar Ucrania entera.

No se negociaba con Hitler cuando, en 1943, sus ejércitos se atascaban en el frente oriental.

No se negociaba cuando, en la conferencia de Casablanca, Roosevelt y Churchill proclamaban que no había otra salida para la guerra que la capitulación sin condiciones de Alemania.

Y los que creían lo contrario, los que en junio de 1940 dieron por buena la derrota de Francia, los que dos años antes, en Múnich, creyeron que apaciguarían a Hitler entregándole Austria, luego Checoslovaquia y luego Polonia, se deshonraron.

Hubo treguas y altos el fuego.

Y recuerdo un libro, publicado en 2010 por Oxford University Press, en el que el profesor Neville Wylie relataba un intercambio de prisioneros bajo los auspicios del conde Bernadotte y de Suecia.

Un canje parecido al de los doscientos setenta prisioneros por bando que Rusia y Ucrania llevaron a cabo el 23 de octubre, el mismo día en que se pactó la tregua humanitaria de Oleshky, cerca de Jersón.

Pero negociar con la voluntad de poder de los nazis, transigir con su proyecto de imperio racial y de destrucción de los judíos, imaginar que pudiera haber otra respuesta al ataque lanzado en todos los frentes contra los pueblos libres que unirse, resistir y vencer: eso no, eso no se hizo.

Sin llegar a esa reductio ad Hitlerum que, lo sé, hará poner el grito en el cielo, quedan algunos otros ejemplos que me vienen de mis años en la calle de Ulm (la Escuela Normal Superior de París)…

El de los melios, que descubrieron (pero demasiado tarde) que no había nada que negociar con el imperialismo ateniense y que estaban, cuenta Tucídides, condenados desde el primer día al exterminio (los hombres) y a la esclavitud (las mujeres).

El de los atenienses, que, según refiere Heródoto, dieron al rey de los persas todo lo que pudieron, le ofrecieron «la tierra y el agua» (es decir, la sumisión) y llegaron a proponerle, frente a Esparta, una alianza en toda regla.

Pero acabaron por comprender (¡ellos, a tiempo!) que no había otra opción que combatir en Maratón y vencer en Salamina.

O el de Cartago, que también hizo todas las concesiones posibles frente a Roma, entregó rehenes, renunció a sus arsenales y se encomendó a «la fe del pueblo romano».

Pero eso no le impidió, como estaba escrito y como repetía mañana y tarde Catón el Viejo, ser arrasada por completo.

¡Más le habría valido a Aníbal, después de Cannas, cuando Roma acababa de sufrir las pérdidas más graves de las tres guerras púnicas y se tambaleaba, vencer la inhibición que lo retenía a las puertas de la Ciudad Eterna y entrar en ella!

«Una negociación que ofrecería a Putin no sólo la parte del Dombás de la que se ha apoderado, sino también la que le ha resistido»

Pues bien, Putin no es Hitler. Y los ucranianos, gracias al cielo, nunca serán los cartagineses.

Pero el razonamiento, para nosotros, los europeos, debería ser el mismo.

Paso por alto que, al negociar, volveríamos a poner la ley de las conquistas y de las matanzas en el fundamento del orden internacional.

Paso por alto la inmoralidad de una negociación que ofrecería a Putin no sólo la parte del Dombás de la que se ha apoderado, sino también la que le ha resistido.

El fondo del asunto es que el Dombás no es su objetivo de guerra.

El país más extenso del mundo no puede haber desencadenado esta carnicería, haberla prolongado durante casi cinco años y haber sacrificado en ella a cientos de miles de ucranianos y de rusos (las bajas, entre muertos y heridos, se cuentan ya por millones) con el único fin de apropiarse de dos milésimas más de territorio.

Su objetivo, Putin no ha dejado de decirlo, es vasallizar y, de un modo u otro, aniquilar Ucrania entera.

Más allá de Ucrania, y como escribió su asesor Sergei Karaganov en un texto que no me canso de citar, se trata de «romper la columna vertebral de Europa«.

Y, más allá incluso de Europa, Aleksandr Dugin, el ideólogo en jefe del euroasianismo, que es la doctrina oficial del Kremlin, nunca lo ha ocultado: el objetivo último no es otro (lo cito también) que «la conquista escatológica del poder planetario».

Un librito excelente del filósofo Mijaíl Epstein, titulado L’Antimonde russe (El antimundo ruso), se ha publicado en Francia en la editorial À l’est de Brest-Litovsk.

En él aparecen padres rusos que, desde la invasión a gran escala de Ucrania, visten a sus bebés con uniformes militares desde la cuna y los pasean en cochecitos con forma de carro de combate.

Jóvenes moscovitas que, en noviembre de 2022, se agolpan en la exposición Necrópolis para admirar sudarios, probarse ataúdes y competir en concursos de maquillaje funerario de difuntos.

Y en él se descubre que Alexandr Agéyev, un pez gordo de la Academia de Ciencias, propuso muy en serio un nuevo derecho de los difuntos a participar en la vida de la sociedad y, en el caso de los veintisiete millones de víctimas de la «Gran Guerra Patria«, a votar en las elecciones.

Con eso tampoco se negocia.

Con esa mística fúnebre de la que ya hablaba Spengler a propósito de la Rusia de su tiempo, y que recuerda a la del islamismo radical, con ese deseo de la nada y ese odio apocalíptico a todo, no hay compromiso posible.

Lo que se nos ha declarado es una guerra a muerte.

Y será después de la victoria cuando volvamos a hablarnos y se declare la paz.