Pedro J. Ramírez-El Español
El miércoles iba yo a comprar el pan cuando me encontré con don Emilio Castelar, recién bajado de su estatua para desayunar en una cafetería de la adyacente calle Martínez Campos.
Intenté preguntarle cómo se sentía bajo la placa que honra la memoria del general que él promocionó durante su efímera «República del orden» y un año después le salió rana como restaurador de la Monarquía en Sagunto.
Pero de lo que Castelar quería hablar, atusándose el bigote y estirando su levita, era de la dimisión de Puente.
– Mañana les probaré a Vuecencias que este rasgo no es más que el robo hecho a la Nación…
– Pero, don Emilio…
Empezaba a creer que a Castelar se le había ido la olla, repitiéndome las mismas palabras que el 20 de febrero de 1865 les había dicho en los pasillos del Congreso a los partidarios de Narváez, cuando me di cuenta de que era deliberado.
Castelar quería hacerme pensar.
Quería decirme que nos estaban manipulando igual ahora que entonces. Con el mismo patrón.
El del mandamás que pretende transformar en mérito excelso el cumplimiento de una pequeña parte de sus obligaciones, en respuesta a una situación infame.
Castelar había reaccionado broncamente aquella tarde de hace 161 años al anuncio del presidente del Gobierno, el famoso ‘espadón de Loja’ que tutelaba el trono. Según Narváez, la Reina Isabel había tenido «el rasgo» de generosidad de poner a la venta los bienes de la Corona para paliar la depauperada situación del Tesoro público.
Castelar no se tragó el anzuelo. A la mañana siguiente el diario La Democracia publicó el artículo del catedrático republicano «¿De quién son los bienes de la Corona?». Castelar lo completaría cuatro días después con otro titulado directamente «El rasgo».
El mal rasgo: desnuda a Sánchez sin vestir a Puente
Su tesis era bien sencilla. Lo que Isabel II vendía -quedándose además con el 25%- eran bienes del patrimonio nacional y por lo tanto de todos los españoles. No había tal «rasgo» encomiable, sino un «amaño para sostenerse en el poder» del partido gobernante «que la conciencia de la nación maldice».
La lección vale siglo y medio después. La responsabilidad política no es un patrimonio personal que el presidente del Gobierno o sus ministros puedan ceder por altruismo.
La responsabilidad política es un depósito, por tanto, provisional y revocable, vinculado a la legitimidad de ejercicio que nace de la confianza de los ciudadanos en los gobernantes.
Desde el mismo momento en que Sánchez reconoció que era «inasumible» que se hubieran producido dos accidentes mortales de la magnitud de los de Adamuz y Urda, en la misma línea en menos de diez meses; y que a resultas de ello había quedado «quebrada la confianza en la alta velocidad», la dimisión o destitución de Puente debía haber sido automática.
A menos que el propio presidente hubiera decidido responder por ello con su propia dación de responsabilidad, mediante la renuncia al cargo.
Tuvieron que pasar sin embargo seis días para que la marcha del ministro se materializara en un macabro giro argumental. Y -como en el caso de Narváez con el «rasgo» de la reina- Sánchez pretende ahora canonizar a su exministro, quedándose con ese «25%» del capital como rédito electoral, mediante el «No todos somos iguales».
Cinismo en vena.
***
La videoteca prueba que la dimisión de Puente no estaba en el guion. Ni en el del ministro ni en el del presidente. Cuando el uno dijo aquello de «sé el calvario al que me van a someter, encima en campaña electoral», estaba hablando en nombre de ambos.
El victimismo es la enfermedad senil del sanchismo. Puente divagaba como si los 69 cadáveres fueran un daño colateral de su infortunio político. Estremece hasta escribirlo.
Fue un pronóstico delator, corroborado este mismo martes en la rueda de prensa tras el Consejo de Ministros. Puente explicó por qué no se daba ninguna de las tres causas -acción, omisión o falta de respuesta- que, a su entender, motivan una dimisión.
El victimismo es la enfermedad senil del sanchismo. Puente divagaba como si los 69 cadáveres fueran un daño colateral de su infortunio político. Estremece hasta escribirlo.
Sánchez no se la había pedido. Todo lo contrario. En los corrillos de Moncloa, esa hipótesis quedaba descartada.
Incluso durante las cuatro horas de debate en la Diputación Permanente el ministro siguió jugando morbosamente al escondite con provocaciones del calibre de reconocer autoridad moral a quien menos la tiene: «Entiendo que me pida la dimisión Compromís o Bildu…»
Superando su propia antología del ridículo, Patxi López rubricó el «no es no» inserto en el ADN del sanchismo: «¿Por qué tiene que dimitir? ¿Por dar la cara?».
Muy pocos minutos después Puente le descalabraba, rindiéndose a la obviedad de que no podía seguir en el cargo.
Pero el conejo salía de la chistera, a través del diastema entre sus incisivos frontales y laterales, con una falacia en cada mano. La del «no todos somos iguales» -como si alguien hubiera acumulado antes sus deméritos- y la de que tenía la decisión tomada desde el principio.
Si esto fuera cierto, ¿a qué había venido tanta simulación rayana en el sadismo? Y sí, como todos colegimos, no lo era, ¿qué había volteado su decisión en las horas finales del drama?
No hay más respuesta que el deslizamiento traumático entre el desafío narcisista inicial al agotamiento por abrasión.
Pronto supimos que Sánchez había tratado de retenerle contra viento y marea, pretendiendo hacerle encajar en primera persona del singular los justificados rayos y truenos de la indignación ciudadana, extendida ya entre la propia militancia socialista.
La dimisión podía aliviar la presión sobre el resto del PSOE, pero la concentraba por analogía sobre Sánchez. ¿O acaso al presidente no le parece igualmente «inasumible» la acumulación de casos de corrupción, el montaje de las cloacas de Ferraz, la invasión de la ciudad de Ceuta o su perpetuación al cabo de cien días?
Puente tuvo que quemar sus naves, con él mismo dentro, mediante un mensaje de móvil sin margen para que el presidente pudiera responderle a tiempo. Fue una incineración a lo bonzo en la que la pulcritud retórica puso sordina a los alaridos desatados en la boca del estómago.
Puente era consciente de que decía adiós para siempre a la política y eso le producía un desgarro tan insoportable como para precisar con urgencia cruzarse con alguien a quien poder llamar «hijo de puta». Alguien, otro, el otro, sobre quien descargar el último gargajo de bilis.
El «Ni se te ocurra, no lo hagas» del whatsapp de Sánchez que no llegó a tiempo era ante todo el consejo de un compañero de adicción. No reconozcas nada, no des un paso atrás, no dimitas aunque «la culpa se vaya a quedar soltera».
Es lo mismo que le recomendó al Fiscal General cuando ya estaba en el banquillo, a Beatriz Corredor cuando se le fundieron los plomos, a Marlaska cada vez que se le ha acumulado un nuevo escándalo, a Santos Cerdán cuando le invitó a cenar con ‘la Paqui’ antes de la ducha escocesa de la UCO.
El «no lo hagas» será el epitafio de la drogodependencia de Sánchez del poder. Tendrán que echarle las urnas. Tendremos que echarle en las urnas.
Porque el «no lo hagas» significa ‘yo no lo haría’ o mejor aun ‘yo no lo haré nunca’. Ni con agua caliente. Ni con la Guardia Civil.
Por eso este «rasgo», ejecutado tarde y mal, 289 días después de Adamuz, desnuda a Sánchez sin revestir a Puente.
El «no lo hagas» será el epitafio de la drogodependencia de Sánchez del poder. Tendrán que echarle las urnas. Tendremos que echarle en las urnas.
***
Desde el martes por la noche, Sánchez se apresuró a tratar de «hacer de la necesidad, virtud» con la dimisión de Puente. Como proclamó, ufano, en el caso de la amnistía.
Pero había una gran diferencia. En el verano del 23 decidió pasar por la claudicación moral de adquirir la investidura a cambio de la impunidad de los golpistas. Madrid bien valía esa misa en catalán.
Sabía lo que pensaríamos gran parte de los españoles de él, pero le importaba un bledo. Había llegado la hora del «ande yo caliente», aunque fuera mediante los martillazos de Pumpido y sus acólitos al espíritu y la letra de la Constitución.
«Hágase», dijo el César Imperator y ni uno solo de sus jefes de Estado Mayor parpadeó.
En este caso todo ha sucedido contra su voluntad. Y además en creciente divorcio con buena parte de esos generales. Parecía una escena de «El Hundimiento» en el búnker de Berlín. Hasta el aguerrido general Von Puente ha terminado rindiéndose a la presión ambiental y dejándose arrastrar por su conciencia.
Justo cuando en vez de con Lula y Claudia ha habido que hacer la foto del liderazgo progresista con los líderes de Guatemala y Andorra…
¡A ver, que me traigan a Tezanos! ¿Cuántas divisiones nos quedan? ¡Que los sindicatos no cedan terreno! ¡Necesitamos una huelga general masiva! ¡Como aquella en la que pararon hasta los relojes! ¡Y que avancen TVE, el grupo Prisa y los camisas negras de la Séptima! ¡Y que pongan de una vez los audios de Koldo!
¿Estás seguro, presidente? Sí, sí… que Koldo vuelve a ser de los nuestros. Que hablen todos de Koldo en el prime time. De Corvillo no, «yo no tengo nada que ver con esa gente». Con el fiel Koldo, sí. Ya dije que era el «aizkolari del socialismo», aunque pegara algún hachazo de más…
***
Esa convulsión interior que no es difícil imaginar en un presidente obsesionado por perpetuarse en el poder y asomado al abismo de ser el segundo inquilino de la Moncloa que no lo consigue en medio siglo, se traslució el viernes en su reanudación de la campaña en Valencia.
Fue un mitin plano, solo alterado por los chillidos de la desmadejada Diana Morant. Sánchez repitió su mantra de la defensa de lo «público» y se limitó a tildar a Puente de «gran político», sin siquiera insistir en el «no todos somos iguales» precisamente en el feudo de Mazón.
Tampoco salió de su boca la palabra «Ventorro», convertida en santo y seña del socialismo valenciano. Quizá para evitar que, como yo mismo alegué en Espejo Público, la coincidencia con los cien días de la invasión de Ceuta evocara sus tres semanas de complicidad impasible «en el Ventorro de La Mareta».
Sánchez prefirió aferrarse a la esperanza de la «movilización de la izquierda», poniendo los ejemplos de Brasil y Estados Unidos. El sábado en Tarragona apeló incluso al voto del Papa, a la vez que prometía sin posibilidad alguna blindar el aborto en la Constitución.
Sánchez es nuestro Trump pues ha transformado el parlamentarismo en presidencialismo -gobernando cuatro años sin presupuestos- y ha convertido al PSOE en el cascarón vacío sobre el que navega su ambición personal.
Su problema, claro, es que buena parte de los motivos para votar contra Trump se volverán el 29 contra él: la carestía de la vida, el desprecio al parlamento, los ataques a los jueces y la prensa y, por supuesto, el caudillismo.
Sánchez es nuestro Trump pues ha transformado el parlamentarismo en presidencialismo -gobernando cuatro años sin presupuestos- y ha convertido al PSOE en el cascarón vacío sobre el que navega su ambición personal.
El problema del caudillismo es que, como le dijo Max Weber al general Ludendorff cuando le pidió que asumiera sus culpas tras la Primera Guerra Mundial, tiene unas reglas muy claras: «El pueblo elige al jefe en quien confía, el jefe gobierna, y después el pueblo lo juzga; si se equivocó, ¡a la horca con él!».
Volvía yo de comprar el pan, cuando vi salir a Castelar de la cafetería con restos de cruasán en el mostacho. Ya puestos, le acompañé de vuelta hasta su pedestal en medio de la plaza. Él quería explicarme que lo de este «rasgo» acabará como el de entonces, cuando el Gobierno de Narváez le trató como si fuera un precursor de la «máquina del fango».
– Yo les contesté desde mi periódico que «vinieran si se atrevían a volcar mi cátedra y arrancarme la toga».
Se atrevieron y se armó «la de San Daniel», cuando miles de estudiantes salieron a la calle la noche del 10 de abril provistos de silbatos para dedicar una monumental pitada al Gobierno. Hubo nueve muertos y a los pocos días Narváez fue destituido y reemplazado por el liberal O’Donnell.
Esta vez no habrá silbatos sino papeletas electorales pero todo augura una rebelión y un desenlace equivalente. No pedimos la horca sino el ostracismo. Será «la de San Saturnino», el obispo que sufrió martirio por negarse a hacer sacrificios ante un ídolo de barro.