Eduardo Uriarte-Editores
Intentarlo reconstruir con la roja arenga de publificar la red ferroviaria que han gestionado durante ocho años, cuando nunca ha dejado de ser públicos sus organismos esenciales, constituye la prueba fehaciente de que los que nos dirigen están enajenados, enajenados en su propio relato. Intentar reconstruirlo con el axiomático eslogan “no todos somos iguales”, -afortunadamente, los que no éramos como vosotros estamos alejados del partido-, constituye un ejercicio para serviles loros orgánicos, pero además una daga de doble filo apropiada para el harakiri, porque desde el desvergonzado felón de Fernando VII no ha habido gobierno igual.
Tengo que decir que me llamó la atención, preocupándome, el doble discurso que hizo Puente ante la Diputación Permanente. En el primero daba la impresión de que no iba dimitir, despistando a Patxi López que defendió la permanencia del ministro -posiblemente el que Puente iba en principio a presentar hasta que le avisaron cómo estaban las encuestas culpándole por su tóxica presencia-.
En la parte final, contradictoria con la primera, momento de la dimisión, lo que me preocupó fue la exaltada defensa que hizo del partido a la vez que su tan humilde confesión de simple pieza del mismo. Esta apología del sacrificio militante tenía dos sentidos, que piensa seguir dando la batalla dentro, pues el proyecto colectivo lo es todo para él, y, sobre todo, lo preocupante, la dimensión totalizadora que da a su partido, diluyendo cualquier concepción de nación, ciudadanía y, por supuesto, democracia: “Nadie -declaró- es más grande que la organización a la que pertenece”.
Preocupante, porque, aunque Milei se exceda identificando socialismo y fascismo, sí es cierto que más de un fascismo ha surgido de un socialismo fanatizado, y la conclusión que se podía obtener del auto sacrificial, en hora de telediario, no era la de un ciudadano metido en política que dimite, tarde, por responsabilidad, sino la de un fanático jenízaro en un acto de campaña electoral en la que él es un obstáculo, de momento. Ante el interés del partido, cuyo líder es su amado puto amo, dimite, no por empatía con las víctimas, no por responsabilidad, que ésta ya era requerida desde Adamuz, sino por interés partidario. No es el hombre la medida de todas las cosas, lo es el partido, lo es Sánchez. El grave problema de España no es sólo la toxicidad del dimitido, es la del socialismo reconvertido en sanchismo.
Hace días Nicolás Redondo daba en la clave cuando escribía en The Objective:” Hace más de 20 años, siendo candidato a lendakari, dije que yo era ciudadano antes que socialista. Quería decir que, por encima de todo (incluyendo a los partidos políticos, entre ellos el mío) son instrumentos que no pueden convertirse en «pequeñas patrias» que terminan dando sentido a la vida de quienes así piensan. Siempre he pensado que esa forma de pensar es el recurso de los aventureros, de los que son incapaces de pensar por sí mismos, de quienes ocultan su mediocridad con fanatismo”. Y de esto estamos siendo testigos ante el caso palmario de Puente y otros militantes.
Y sí, como escribe Redondo, nos estamos jugando el sistema del 78, porque el espectáculo que ofrece la sucesión de calamidades que padecemos, desde el apagón, la invasión de Ceuta, el caos ferroviario, la carestía de la vivienda, el deterioro sanitario, etc., no son más que las consecuencias de la concepción totalizadora que niega el espíritu liberal-republicano, en el que el hombre, ciudadano, era la medida de todas las cosas. La España de las calamidades frente a la España que funcionó con la izquierda democrática, y su correspondiente alternativa, la derecha democrática. Si la concepción es totalizante el resultado será calamitoso, como lo demuestra la realidad de los estados totalitarios. Tendremos que dar otra oportunidad a la democracia en las próximas elecciones como cuando salimos del franquismo.