Ignacio Varela-El Confidencial

  • Nunca la palabra ‘gripe’ adquirió propiedades tan salvíficas: se usa como ‘detentebala’ que permite tranquilizar la conciencia de gobernantes y gobernados y continuar haciendo lo que no debemos pese a la brutalidad de las cifras

Padecemos dos pandemias: la real, que hoy se llama ómicron y que, según la Organización Mundial de la Salud, hará que en 6-8 semanas la mitad de los europeos estén infectados, y la psicológica, que trata de aliviarnos (en el caso de los gobiernos, aliviarse) de la pesada carga de persistir en la lucha esgrimiendo esa variante del pensamiento mágico, el ‘sologripismo’. Nunca la palabra ‘gripe’ adquirió propiedades tan salvíficas: se usa como ‘detentebala´’ que permite tranquilizar la conciencia de gobernantes y gobernados y continuar haciendo lo que no debemos —o no haciendo lo que debemos— pese a la brutalidad de las cifras.

“Tranquilos, que esto es ya solo una gripe”. Mentira. Una gripe no contagia a 100.000 personas cada día. Una gripe no tiene a más de 15.000 personas hospitalizadas ni a más de 2.000 en una UCI. Una gripe no mata a 1.600 personas en un mes. Una gripe no colapsa los centros de salud, ni provoca una oleada gigantesca de bajas laborales, ni produce en algunos enfermos efectos persistentes que deterioran su salud de por vida, ni tiene a millones de familias autodiagnosticándose y administrando sus propias cuarentenas: se calcula que por cada positivo registrado hay 30 que no aparecen en ninguna estadística.

Todos los expertos en epidemiología y salud pública comparten la convicción de que, como dice Javier Sampedro, “el agente infeccioso seguirá entre nosotros durante décadas, probablemente causando un catarro estacional como ya hacen los cuatro coronavirus que lo han precedido en el último medio siglo”. Es decir, que en algún momento la pandemia se trasformará en endemia. 

Con la misma unanimidad, todos los que saben de esto sostienen que es prematuro, irresponsable y engañoso difundir la idea de que ya estamos en esa fase. Como lo es confiar únicamente en las vacunas, abandonando todas las demás medidas de lucha contra el virus. O incluso esperar secretamente que el contagio generalizado conduzca rápidamente a la inmunidad para todos. En el Reino Unido, si tienes un infarto te dicen que trates de llegar al hospital en taxi, porque no hay ambulancias disponibles. ¿Puede ‘una simple gripe’ producir eso en uno de los países más desarrollados del planeta?

100 de los mejores expertos del mundo envían una carta abierta al ‘British Medical Journal’. Detectan dos estrategias frente a ómicron: 

Algunos países —dicen— ven la infección como un daño en sí mismo, y buscan mantenerla en tasas bajas combinando la vacunación, políticas muy enérgicas de salud pública (sin descartar restricciones en función de la evolución de las cifras) y medidas de apoyo financiero para auxiliar a los afectados. Otros países practican estrategias de mitigación, toleran altísimos niveles de transmisión —algunos incluso los favorecen— y se limitan a esperar que las vacunas preserven el sistema sanitario del colapso. Es el caso de España. 

El texto argumenta con contundencia que esta segunda estrategia es calamitosa en lo sanitario, en lo social y en lo económico: acomodarse en el contagio masivo no acelerará el tránsito de la pandemia a endemia, ni siquiera evitará que los centros sanitarios se saturen hasta más allá de lo que pueden asimilar. El director general de la OMS fue categórico hace un mes: “Las vacunas por sí mismas no van a sacar a ningún país de esta crisis”.

Aquí, algunos se desgañitan denunciando con argumentos poderosos la dejadez de nuestras autoridades frente a la sexta ola del covid. Es imprescindible leer en ‘elDiario.es’ el muy sólido artículo de Daniel López-Acuña, José Martínez Olmos y Alberto Infante: tres especialistas en salud pública, con años de gestión a sus espaldas, que no han parado de acertar en sus análisis y proyecciones desde el primer día de la pandemia. 

El título lo dice todo: “Claves para no banalizar la sexta ola”. Afirman que “se ha fiado todo a la vacunación y a la responsabilidad individual, y se ha tirado la toalla en las medidas de salud pública: se ha optado por el ‘laissez faire’ prematuramente permisivo con las interacciones sociales desprotegidas, justo en el momento en que una nueva variante más contagiosa empezaba a dominar el escenario (…) Es errónea la narrativa de ‘convivir con el virus’ si se vincula a la idea de que estamos en el fin de la pandemia y en el comienzo de una endemia; es errónea la idea del covid como si fuera una gripe (…) Se requiere abandonar la lógica de la profecía autocumplida de que algún día llegaremos al pico y bajará la incidencia. Probablemente, eso ocurrirá, pero a un coste, tanto sanitario como económico, muy superior al que pagaríamos si hubiéramos actuado”. Y concluyen su clarividente análisis: lo peor es que “la banalización de la sexta ola ha calado en gran parte de la población”.

En este periódico, estudiosos del tema como Marta García Aller (“El engaño de convivir con el virus”) y Pablo Pombo (“Ómicron lleva la ética a la UVI”) insisten, casi con desesperación, en las mismas ideas. Ambos señalan el origen del problema: la política. “Una cosa es tener que convivir con el coronavirus y otra con la incompetencia de su gestión” (García Aller). “En España, la gestión no está respondiendo a criterios científicos como en Dinamarca, ni sanitarios como en Portugal, ni tampoco a la lógica económica como en el Reino Unido, sino al estricto interés partidario de los actores políticos involucrados” (Pombo).

Tienen razón. Si algo nos han enseñado estos dos años, es que existe una relación inmediata y directa entre la eficiencia o ineficiencia en la lucha contra el covid y la salubridad o toxicidad del entorno político en cada país. Aquí hemos visto a los gobiernos central y autonómicos zancadilleándose entre sí sin el menor pudor. Hemos visto al presidente del Gobierno reclamando para sí el mando único o escabulléndose indignamente de su responsabilidad en función del beneficio o daño que ello comportara para Su Persona; le hemos escuchado también proclamar varias veces en falso sucesivas victorias imaginarias sobre el virus. Hemos visto a partidos, en medio de la peste, negociando su voto a cambio de dinero y privilegios (PNV, ERC) o de un compromiso ‘fake’ sobre la reforma laboral (Bildu). Hemos visto a la extrema derecha alentando a los saboteadores de la salud de todos. Hemos visto al primer partido de la oposición negando su apoyo al estado de alarma mientras el país se moría, y montando una campaña electoral exitosa sobre el choque con el Gobierno central en la gestión pandémica. Y hemos contemplado atentados inescrupulosos contra el Estado de derecho y la higiene jurídica. 

Si España ha optado ahora por la tolerancia con el contagio masivo y el discurso fraudulento del ‘sologripismo’, es porque sus gobernantes no están dispuestos a pagar el coste político que supondría un plan integral de contención del virus como el que suplican los expertos. Porque sus opositores no están tampoco dispuestos a ofrecer ni siquiera el indicio de una tregua. Y porque el personal desea tragarse cualquier cuento que le autorice a cerrar los ojos y ahuyentar la realidad. Porque en este instante de nuestra historia somos una nación doblemente enferma: de covid y de decadencia.