Ramón Pérez-Maura-El Debate
  • Una conclusión evidente de la lectura de este libro es que vivimos una guerra terrible. Pero una guerra que hizo inevitable que muchos de los que apoyaron la Segunda República concluyeran, como Ortega, «no es esto, no es esto»

El verano nos deja tiempo para recuperar lecturas que quedaron pendientes en la vorágine del invierno. Y en estos primeros días de agosto he podido dedicarme a un libro sobre el que me advirtió un nieto de la autora, Alfredo Pérez de Armiñán: Diario de una prisionera de Concha Espina (Ediciones 98, Madrid diciembre 2025). Es un testimonio espeluznante.

Concha Espina (María de la Concepción Rodríguez-Espina y García-Tagle) fue una mujer ilustrada según los cánones de la progresía. Fue candidata al Premio Nobel de Literatura en tres ocasiones (1926, 1927 y 1928, ningún otro español ha sido candidatado tantas veces) y la primera vez perdió por sólo un voto frente a la italiana Grazia Deledda. Se divorció de su marido Ramón de la Serna –asistida legalmente por Clara Campoamor– y apoyó el surgimiento de la Segunda República. Pero, como a tantos otros, la realidad le volvió contra aquello que contribuyó a crear y se convirtió en falangista militante. En las tertulias de su domicilio madrileño fueron habituales Federico García Lorca, José Antonio Primo de Rivera o José Ortega y Gasset, entre tantos otros.

Su familia ha querido reeditar ahora su Diario de una prisionera que sólo había aparecido en 1938 y yo quiero felicitar a la familia y a la editorial por este notable empeño. Sobre todo, porque sospecho que se ha hecho una transcripción literal, sin correcciones. No creo que muchas familias hubieran aceptado hoy en día la publicación de un texto de sus mayores cuyo prólogo se concluye fechándolo «San Sebastián y noviembre de 1938. III Año Triunfal». Con un par.

En cambio, sí creo que el libro hubiera requerido un poco más de trabajo del editor con notas a pie de página –no tiene ninguna. Casi todas las referencias a los amigos más próximos de la autora y a sus familiares están sin la más mínima explicación de la relación con la autora. Y eso no facilita la lectura.

Uno de los grandes provechos para las nuevas generaciones será entender como era la (in)comunicación en esos tiempos. El diario se inicia el 17 de julio de 1936 cuando dos desconocidas le dicen por un camino que «se ha sublevado el Ejército en África». Y destaco esto porque una constante del diario que dura hasta agosto de 1938, cuando son liberados, es no saber de verdad lo que está ocurriendo en la Guerra Civil. Llegan rumores de todo tipo, saben lo que dicen los medios del Gobierno de la República y les aseguran avances de los sublevados que, con frecuencia son falsos. Es vivir en la más absoluta incertidumbre para todo. O casi todo. De lo que no había duda era de que la vida de Concha Espina y los que convivían con ellos –ella llegó a pasar por una checa– pendía de un hilo. Tenían enemigos dentro de su propio domicilio, Luzmela, la preciosa casa que sigue en pie en Mazcuerras, provincia de Santander. Y así relata que «en nuestra propia casa hablamos a escucho o por señas. La matanza profesional crece hasta lo indecible. Los anales belicosos conocidos no registran una guerra tan inhumana como ésta. Y ¡entre hermanos!» (19 de agosto de 1936).

Hay una anécdota que recoge muy bien el notable nivel de los acosadores de Luzmela: «Me han devuelto la máquina de escribir. El propio Cardenillo viene a confesar que no la entienden y que me la quieren dar. Aunque recordándome su resentimiento de que no haya escrito contra Companys». (26 de septiembre de 1936) No sé si los jóvenes del teléfono móvil entenderán como era el mecanismo de una máquina de escribir: más o menos como el mecanismo de un yoyó. Pero queda claro el odio en el bando republicano: querían que una falangista declarada escribiera contra el presidente de la Generalidad.

Una tragedia que recorre las páginas es la del buque prisión Alfonso Pérez, fondeado en el puerto de Santander con ciudadanos no afectos al régimen. En diciembre de 1936 fueron asesinados a tiros en las bodegas del barco 167 prisioneros. No hubo familia en Santander que no tuviera un asesinado entre los suyos. Sobre esta tragedia solo puedo recomendar la obra magistral A bordo del Alfonso Pérez de Ramón Bustamante Quijano recientemente reeditado por Héctor Ara, Antonio de los Bueis y Alberto Vallejo.

El control que se pretendía era absoluto entre la población y lo ilustra Concha Espina con una anécdota reveladora: «Es necesario, entre otras muchas cosas, notificar al Comité o Frente Popular, la defunción de cada gallina, para darle de baja como contribuyente activo y descontar el huevo posible» (5 de diciembre de 1936). Comunistas eran, desde luego.

No está de menos señalar que la República Francesa intentó sacar a Concha Espina. Pero el Gobierno lo prohibió.

Creo que una conclusión evidente de la lectura de este libro es que vivimos una guerra terrible. Pero que se convirtió en inevitable por que muchos de los que apoyaron la Segunda República concluyeron, como Ortega, que «no es esto, no es esto».