Editorial-El Correo
- Al sobresalto en la frontera sur de Europa le sigue el choque diplomático entre Italia y España con perjudicados directos: millones de viajeros
Solo en los últimos veinte años, la Comisión Europea ha recibido y aprobado medio millar de solicitudes para suspender la libre circulación en el territorio comunitario que consagra el Acuerdo de Schengen de 1995. Entre los motivos esgrimidos por los Estados para pedir la reinstauración de restricciones internas, la estrella es la preocupación por la inmigración irregular. En este momento hay en activo 11 regímenes que limitan el tránsito, aunque ninguno en términos tan broncos como el que enfrenta a Italia y España, una desafortunada consecuencia del pánico que difundió por el continente la entrada ilegal de 72.000 personas en Ceuta el 30 de julio.
Cuando la inmensa mayoría de los indocumentados ya emprendía la vuelta a Marruecos, el Gobierno italiano exigió la suspensión de Schengen para los desplazamientos procedentes de España. Llamaba la atención que el Ejecutivo de Giorgia Meloni parecía ignorar la imposibilidad de que los migrantes pudieran sortear el doble control de la ciudad autónoma para acceder a territorio peninsular y terminar en suelo italiano. Pero Bruselas aceptó los controles entre dos Estados sin frontera común durante un mes a partir del pasado día 1. A la petición del Gobierno de Madrid para reconsiderar la restricción, la primera ministra respondió airada que mantendrá la vigilancia al menos hasta el próximo viernes 15, «cuando se prevé una nueva oleada migratoria en Ceuta» , dando crédito a una supuesta amenaza que parte de movimientos en redes sociales que monitorizan las fuerzas de seguridad. Al error de Meloni al desatar una grave crisis diplomática se suma ahora Pedro Sánchez con controles para vuelos y cruceros procedentes de Italia. En pleno verano, son millones de viajeros, en ambas direcciones, los grandes perjudicados por las esperas.
El alcance del choque no se entiende sin tener en cuenta que Sánchez y Meloni representan proyectos antagónicos sobre cómo debe afrontar la UE la inmigración irregular. Los dos, además, afrontan elecciones en 2027 y buscan rédito político en el río revuelto. La ‘premier’ ultraderechista, amenazada por un competidor aún más extremista, quiere desgastar al presidente icono de la izquierda italiana. Y el dirigente socialista huye hacia adelante con la crisis humanitaria todavía abierta en Ceuta. La Comisión Europea, que tiene entre sus funciones prevenir y mediar en las disputas, deja que crezca la brecha.