Antonio Rivera-El Correo
El turista un millón llegó a España en 1951. Había que tener ganas para visitar un país empobrecido, reprimido y cerrado al exterior. Entonces se creó el Ministerio de Información y Turismo, que todos pensamos que era cosa de Fraga, pero no, que llegó al puesto once años después. Don Manuel desplegó grandes campañas, como aquella de ‘Spain is different!’, y explotó una industria que servía para allegar ‘cash’ a una economía exangüe por la autarquía y empeñada en su apertura y en la industrialización.
De entonces aquí nos hemos convertido en la economía mundial que proporcionalmente más partido le saca al turismo de entre los países de entidad, hasta un 13% del PIB y del empleo. Los cien millones de visitantes seguro que caen este curso, confirmando el éxito del sector. Pero toda conquista conlleva su negativo. El turismo se ha convertido en un incordio, haciendo imposible literalmente o poco soportable la vida de muchos vecinos. Las tensiones se incrementan y al turista ya no se le celebra, sino que se le desdeña.
Los problemas de un tiempo suelen ser consecuencia del éxito del anterior. Es el caso. ¿En qué momento el empeño por captar visitantes para nuestra economía local superó la cifra virtuosa que lo ha hecho un inconveniente? ¿Con qué argumento y derecho les seguimos atrayendo, pero les decimos que no a partir de una cifra, de un comportamiento o de una disposición para determinado gasto?
Es claro que hay que regular el sector. Su impacto territorial, estacional y en las comunicaciones está ya incontrolado. En tres años cumplirá un siglo ‘La rebelión de las masas’ de Ortega y Gasset, y hoy nos volvemos a sorprender con su descubrimiento de ‘el lleno’: ‘Las ciudades están llenas de gente. Las casas, llenas de inquilinos. Los hoteles, llenos de huéspedes. Los trenes, llenos de viajeros. Los cafés, llenos de consumidores. Los paseos, llenos de transeúntes. Las playas, llenas de bañistas. Lo que antes no solía ser problema empieza a serlo casi de continuo: encontrar sitio’.
La élite decimonónica se sentía desplazada por la masa, por lo que llamaban estos pensadores ‘lo mostrenco social’, ‘el hombre en cuanto no se diferencia de otros, sino que repite en sí un tipo genérico’. ‘Ya no hay protagonistas: solo hay coro’. Y así hablamos nosotros en nuestro espacio, displicentes o desdeñosos, ajenos a la evidencia de que somos también turistas cuando nos movemos de casa, que no somos ni aventureros ni románticos ‘flâneurs’ (paseantes). El ‘síndrome de Stendhal’ no nos afectará al visitar Florencia, porque Florencia ya no la dejamos ver los visitantes.
Estamos ante otra de esas cosas que, teniendo alguna solución, no tiene general arreglo y no hay más que convivir con ella. De esos mil millones de turistas anuales, cientos son chinos, latinoamericanos o asiáticos que han pasado de la pobreza a una suerte de clase media. Son como nuestros turistas nórdicos después de la segunda gran guerra o como nosotros cuando pudimos pelechar y viajar fuera terminando la dictadura. Es lo que hay y no hay mucho más. Y el miércoles, eclipse.