Manuel Cruz-El Correo

Catedrático de Filosofía y expresidente del Senado

  • Los hechos no hablan por sí mismos: revelan su sentido cuando se inscriben en la interpretación adecuada

De un tiempo a esta parte en el espacio público se habla mucho de la verdad, de la mentira, de los bulos y de otras categorías afines con una ingenuidad teórica ciertamente pasmosa. Hay mentiras flagrantes, claro está, al igual que hay verdades evidentes, pero entre ambas se extiende un vasto territorio en el que florece, e incluso abunda, la ambigüedad y la confusión, y por el que difícilmente puede orientarse el viajero que se adentre en él con un utillaje conceptual tan esquemático y pobre como el apuntado, que se remite a los hechos como la instancia última incontrovertible. Desde luego que si los hechos estuvieran ahí, disponibles en cualquier momento para verificar o refutar de manera concluyente e inequívoca cualquier afirmación, todo sería muy fácil.

Pero para constatar que la cosa no funciona así basta con pensar en situaciones tan normales como unas elecciones políticas. En ellas se supone que los hechos que finalmente nos deberían sacar de todo tipo de duda son los resultados finales, esto es, los datos que hacen públicos los organismos oficiales correspondientes. Sin embargo, cualquier ciudadano de este país ya se ha acostumbrado a lo que, de manera casi rutinaria, ocurre en las noches electorales, y es que a idénticos números los portavoces de las diferentes formaciones políticas les hacen decir cosas incluso radicalmente contrapuestas. Forzando tan solo un poco el lenguaje, podríamos llegar a afirmar que torturan a los pobres números hasta que estos acaban por confesar lo que el torturador (el portavoz del partido en cuestión) está esperando oír.

La clave del asunto descansa en el concepto de interpretación. Apenas nunca tenemos relación con unos presuntos ‘hechos puros’, acerca de cuyo sentido no quepa el menor debate, sino que los mismos cobran su sentido en el momento en el que los inscribimos en el marco interpretativo adecuado. Y son inadecuados aquellos marcos que, lejos de exponernos al riesgo de ser desautorizados por la realidad, se ponen al servicio de instancias ajenas al conocimiento como, en el ejemplo de las elecciones, el consuelo balsámico (habitual entre los derrotados).

Así, por no esquivar lo más concreto, la valoración que desde la izquierda se hizo del resultado de dos de las tres últimas elecciones autonómicas, las de Extremadura y las de Aragón, valoración consistente, en lo sustancial, en celebrar el relativo fracaso del principal adversario de la derecha porque no hubiera alcanzado a cumplir sus expectativas, cuando la cosecha de votos propia había sido desastrosa, si a algo recordaba era a la fábula de Esopo, solo que con una modificación sustancial. En este caso los intérpretes parecían encantados de haberse quedado ciegos puesto que festejaban como una gran victoria que su adversario se hubiera quedado tuerto.