Agustín Valladolid-Vozpópuli

  • Estamos celebrando el enorme prestigio del periodismo que surgió en 1976 justo cuando la Prensa vive el momento más crítico de estos 50 años

Escribir con espíritu crítico sobre la profesión de uno suele ser un deporte de alto riesgo. Es como meterse en una colmena sin ninguna protección. Pero hay ocasiones en que no hacerlo, cuando tienes donde hacerlo y la experiencia suficiente, constituye un acto de injustificado desdén por el oficio que te ha dado de comer. O de cobardía, según la circunstancia. Y esta es una de ellas.

No se han subrayado lo suficiente las palabras que la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM), María Rey, pronunció en el acto de entrega del II Premio Victoria Prego a la Libertad de Expresión a los periodistas venezolanos -a los periodistas, no a los activistas que protege y financia el régimen-: “Estamos en la casa de la soberanía nacional para pedirle a la política respeto a esta profesión”, dijo María Rey. “Tenemos derecho a que se nos respete, a que deje de llamarse bulo a las noticias incómodas, y que dejen de definir lo que es un periodista, porque nosotros sabemos lo que somos».

“Estamos viendo cada día cómo se desgasta esa libertad y la dignidad”, continuó Rey, sin que la presidenta de Congreso, Francina Armengol, sentada a su lado, recogiera el guante. Armengol habló de periodistas libres, ciudadanía informada y democracia plena, en ese orden, el correcto, pero sus palabras no se compadecen con el desprecio demostrado a tales conceptos cuando el Parlamento ha tenido la oportunidad de ponerlos en práctica, caso de RTVE, sin ir más lejos, y del bochornoso método de selección de su consejo rector (puro trampantojo).

María también habló de dignidad, de nuestra dignidad, la imprescindible para ejercer este viejo oficio. Y en este punto no se refería a los políticos, aludía a quienes se hacen pasar por periodistas y son solo histriones que degradan el trabajo serio de los verdaderos profesionales. Horas de trabajo para conseguir una información sólida y contrastada frente al impacto de una persecución apopléjica. ¿Cómo competir? ¿Cómo no rendirse ante la manifiesta superioridad de unas imágenes depositadas en el almacén donde las redes sociales acumulan el estiércol?

Embarrar el debate

Vito Quiles degrada el periodismo porque no hace periodismo. Hace otra cosa, que algunos llaman activismo, y que en una democracia plena puede tener su sitio, faltaría. Lo que no es asumible es que su método se apoye en desacreditar el trabajo de los verdaderos periodistas, cuando son estos, sin buscar la espectacularidad ni grabarse en vídeo, los que hacen las verdaderas preguntas incómodas y enjundiosas en el Parlamento. También a Patxi López.

El de Quiles es quizá el modo más aparatoso de activismo. Pero no el único eficaz. Hay otros, más sutiles que el consistente en perseguir y luego retransmitir la fuga de quien te ha dejado claro que no va a responder a tus preguntas. Está, por ejemplo, el que se ejerce en los platós de televisión y en las emisoras de radio por quienes sistemáticamente repiten como loros las consignas que le han llegado por Wasap y después se van corriendo a abrazar en un acto público al autor o inductor de esas mismas consignas.

Personajes que cubren la cuota impuesta por los partidos. En los medios públicos y en los privados. Comediantes que interpretan el papel asignado, que en general consiste en embarrar cualquier debate que ponga en evidencia a tu mandante. Mesnaderos cuya opinión sobre este o aquel asunto se conoce antes de que abran la boca.

Resulta complicado defender la dignidad periodística, el valor de la información honesta y contrastada, cuando lo que tienes enfrente es una larga nómina de comunicadores a sueldo del poder -de cualquier poder- dedicados a construir realidades paralelas con el respaldo de legiones de bots programados para ensuciar la conversación.

50 años después

He dejado para el final otros reproches. Los que tienen que ver con nuestras propias carencias. Porque está bien que identifiquemos al adversario, pero la fortaleza de este es consecuencia de nuestras propias contradicciones; de la soberbia de unos, que siguen creyéndose los legítimos expendedores del carné de decencia periodística, y del cinismo de otros, cuya defensa de la libertad de expresión es inversamente proporcional a la cantidad de cada factura emitida. Como también está relacionada nuestra debilidad con esa arrogancia individualista traducida en falta de respeto y apoyo a las instituciones que nos representan.

Y es ahora, cuando estamos celebrando 50 años del nacimiento de las cabeceras que surgieron tras la muerte de Franco, y que contribuyeron a reafirmar la apuesta de los españoles por la democracia, alcanzando un enorme prestigio, el momento de reaccionar. Es ahora, cuando el periodismo atraviesa por la etapa más crítica de las vividas en estas cinco décadas, o probablemente ya no será.

Celebremos sin complejos lo que fuimos, y asumamos también que solo desde la apuesta valiente por mantener una posición central en este universo de sobreabundancia de información, y de desinformación, combatiendo a los advenedizos que no hacen periodismo sino espectáculo barato desde la trinchera que tienen asignada, y rescatando la verdad del vertedero en el que las redes sociales la quieren enterrar, podremos algún día recuperar ese prestigio que ahora evocamos y que se ha disuelto en un casi olvidado mar de viejas nostalgias.