Ignacio Camacho-ABC

  • La inflación de escándalos puede acabar causando en la opinión pública un efecto de intrascendencia o de abulia

Confieso que estoy algo perdido. Ya no sé si Ábalos montaba orgías con Leire en los Paradores, si el vicepresidente de la SEPI colocaba a sus amantes en Ineco, si a Begoña Gómez le pagaba el PSOE en dinero negro o si al hermano de Sánchez lo enchufó Zapatero. Los escándalos se suceden a tal velocidad que se hace difícil distinguir entre ellos. Y si esto sucede a quien se supone profesionalmente obligado a tener un cierto discernimiento, cabe imaginar la confusión del ciudadano que apenas sigue los medios. El que está haciendo o ha hecho ya la declaración de la renta mientras le sube el cabreo al calcular cuántas mordidas habrá financiado con sus impuestos. El que se desespera en un tren que salió con retraso o se quedó varado en mitad del trayecto.

Esta gente se ha corrompido por encima de nuestras posibilidades. De las suyas quizá no, porque los autos judiciales revelan una dedicación venal incansable. Y empezaron bien pronto, recién aterrizados en el poder, moción de censura mediante; cuando sobrevino la pandemia ya llevaban al menos un año dedicados al pillaje. El cierre de la actividad económica amplió su campo de operaciones con el negocio de los rescates y una vez metidos en faena parece que no quedó ningún radio de acción fuera de su alcance. El siguiente paso era natural: organizar una trama subterránea para encubrir desmanes, diluir responsabilidades y procurar que la policía y los tribunales no lograsen pillar al jefe de la banda –o de las bandas– con las vergüenzas al aire.

Lo más admirable del teniente coronel Balas no es tanto su independiente desempeño en la investigación de los sumarios como su capacidad de organizarse para declarar en los juzgados. El hombre no da abasto; se comprende que los poceros de las cloacas lo declarasen objetivo prioritario. El otro día hasta tuvo que entrar en la sede de la Guardia Civil para interrogar a sus propios mandos. El Gobierno que suceda al actual, si es que eso ocurre alguna vez, debería condecorarlo con la medalla al mérito en el trabajo. Y el actual también, aunque no parece muy comprometido en la defensa de los servidores del Estado. Raro será que no lo acabe expedientando. En este universo orwelliano perseguir a los delincuentes se considera un ejercicio «no democrático».

Existe el riesgo de que tanta corrupción inflacionaria empiece a causar en la opinión pública un efecto de pérdida de la capacidad de sorpresa. El personal se acostumbra al ruido y lo asimila como quien escucha de fondo los truenos de una tormenta. Ya sucedió con las mentiras del presidente, que a base de repetición acabaron por convertirse en monótonas anécdotas sin mayor trascendencia. Es una historia vieja; Camba bromeaba con que el español dice que los políticos roban como dice que el gato maúlla o la gallina cacarea. Y lo peor que podría suceder es que el latrocinio institucional adquiera entre el electorado carta de naturaleza. Es lo que el sanchismo espera para rescatar su vieja cantinela de que al menos no gobierna la derecha.