Ignacio Camacho-ABC

  • Los socialistas españoles han uncido su destino colectivo al de un líder que muchos consideran ya un lastre político

Gran Bretaña es ese excéntrico país donde los primeros ministros caen a menudo bajo la presión de sus propios partidos. No sólo o no siempre por corrupción, que eso se da por descontado, sino por incapacidad para cumplir objetivos. Cameron dimitió tras el referéndum del Brexit; Boris Jonhson cayó por organizar durante la pandemia fiestas en su domicilio; May y Truss, por manifiesta falta de trapío; Sunak, por una paliza electoral sin paliativos. A Starmer, que había logrado la mayoría absoluta más amplia jamás alcanzada por el laborismo, lo ha tumbado ahora el pánico de sus correligionarios a una impopularidad creciente que amenaza con arrastrarlos al precipicio. Es decir, porque su liderazgo se ha convertido para la marca en un lastre político.

Sí, ciertamente hay diferencias con esta España cuyo jefe del Gobierno finge normalidad mientras chapotea en medio de una ciénaga. Aunque no todas tienen que ver con la conciencia ética. Por un lado, el modelo institucional del Reino Unido lleva diez años resistiéndose de la salida de la Unión Europea: el dichoso Brexit y el auge del populismo disruptivo han dinamitado la estabilidad del sistema. Por otra parte, la circunscripción uninominal mayoritaria –que tiene virtudes de representatividad directa pero deja más de la mitad de los votos fuera– incita a los diputados a luchar por su particular supervivencia cuando las perspectivas demoscópicas se ponen feas. El temor a perder el escaño los empuja a apoyar mociones de censura internas.

Con todo, la diferencia esencial consiste en que aquí ninguna formación destituye a un líder en el poder, ni lo cuestiona siquiera por muchas reglas que se salte o por clara que sea la evidencia de que la conduce al desastre. El último y único caso semejante en democracia fue –ya ha llovido– el de Adolfo Suárez, cuya dimisión llegó probablemente demasiado tarde, cuando ya había dilapidado el inmenso capital de confianza que acumuló en sus brillantes etapas iniciales. A Sánchez sí lo echaron los suyos, como a Hernández Mancha, a Borrell o a Casado, pero estaban en la oposición, donde la rebelión es mucho más fácil. En cuanto una organización se instala en el Ejecutivo, la estructura jerárquica se entrega a la disciplina de un régimen de caudillaje.

Así, los socialistas han uncido su destino al de Pedro. Muchos verían ya con alivio el relevo que ponga fin al declive de un mandato cuya nomenclatura se está convirtiendo en una cuerda de presos. Sin embargo, en vez de amotinarse como los marineros de la Bounty han decidido seguir al capitán hasta el último aliento, como los del Pequod. Y algo parecido sucede con los socios, incapaces de mover un dedo pese a saber que esta deriva agónica será también nefasta para ellos. Todos han elegido sumisión, la respuesta pasiva del miedo. Es verdad que los procesos de sustitución tardía no suelen tener éxito –tampoco en Inglaterra– y apenas sirven para ganar tiempo, pero tal vez se arrepientan de no haber comprobado si merecía la pena el intento.