Jon Juaristi-ABC
- ¿Qué pasó con los fondos del Banco de España confiscados por el Gobierno vasco? Mi abuelo Pablo nunca supo de ellos desde que los puso en manos de Javier Gortázar en Bayona
El fin de siglo del XIX al XX vio la aparición de los partidos de masas con sus complejas estructuras de organizaciones sectoriales. Las primeras de estas, antes incluso que las ramas femeninas, fueron las juveniles, pues la Juventud devino el principal mito político en la era de la movilización total. En el Bilbao del siglo recién estrenado, Tomás Meabe, un piloto mercante que se había contado entre los tempranos seguidores de Sabino Arana Goiri, alumbró en 1906 las Juventudes Socialistas. El PNV se le había adelantado, al fundar, en la misma ciudad y en 1904, su Juventud Vasca (Euzko Gaztedi), meses después de la muerte del susodicho Sabino Arana.
Los tres miembros más destacados de aquella embrionaria Juventud Vasca fueron Javier Gortázar Manso de Velasco, Pablo Juaristi Landaida y Elías Gallastegui Uriarte, tres aranistas de primera hora, como Meabe. Un año mayor que este último, Gortázar, nacido en 1878, pertenecía a la alta burguesía deferencial bilbaína (según la leyenda nacionalista, sus ideas le llevaron a renunciar al título de Conde de Superunda, que pasaría a su hermano menor, Ignacio). Juaristi y Gallastegui, también bilbaínos, venían de la clase media y ambos fueron empleados de banca. Nacido en 1882, Juaristi fue uno de los primeros directivos de la Caja de Ahorros Vizcaína, mientras que Gallastegui, coetáneo de Francisco Franco (1892), trabajó como contable en la casa de banca Jacquet, absorbida en 1915 por el Banco de Vizcaya. Gortázar fue el primer presidente de Juventud Vasca; Juaristi, su primer tesorero, y Gallastegui, el más joven de los miembros fundadores, presidió la organización desde 1913.
Ante el alzamiento militar de 1936, Gortázar permaneció estrictamente unido a la dirección del PNV. Juaristi y Gallastegui, por el contrario, secundaron la opción «neutralista» de Luis Arana Goiri, el hermano mayor de Sabino, y se opusieron abiertamente a la participación ‘abertzale’ en lo que consideraban «una guerra entre maketos» o «una nueva carlistada». Gallastegui permaneció al margen hasta las vísperas de la caída de Bilbao, cuando huyó a Francia. A Juaristi, las cosas le fueron peor: fue militarizado y nombrado cajero mayor de la sucursal del Banco de España en Bilbao, donde, por orden del Gobierno vasco, tuvo que ocuparse de efectuar la confiscación total de los fondos de dicho Banco y de trasladarlos a Bayona. Ahora bien, una primera requisa se había llevado a cabo ya en el verano de 1936 por la Junta de Defensa de Vizcaya, a instancias de su delegado de finanzas, Eliodoro de la Torre, del PNV, otro empleado bancario que sería Consejero de Hacienda del Gobierno vasco desde su constitución en octubre de 1936.
Eliodoro de la Torre siguió el ejemplo de los socialistas asturianos que, en octubre de 1934, se habían apoderado de los fondos de la sucursal del Banco de España en Oviedo tras dinamitar las cajas fuertes por iniciativa del líder minero Ramón González Peña, futuro presidente del PSOE y de la UGT y ministro de Justicia de la II República en plena Guerra Civil. Eliodoro de la Torre no actuó de manera tan reventona: se limitó a hacer al director de la sucursal bilbaína una propuesta que este no pudo rechazar. Tras la primera confiscación, durante su etapa como consejero de Hacienda del Gobierno vasco, Eliodoro emitió papel moneda del Gobierno vasco sobre la garantía de los fondos requisados del Banco de España. Estos billetes, conocidos como los ‘eliodoros’, fueron de curso legal hasta la caída de Bilbao en junio de 1937. Habían sido diseñados con escenas fabriles y bucólicas por el pintor Nicolás Martínez Ortiz de Zárate, e iban firmados por el cajero militarizado y forzoso del Banco de España, Pablo Juaristi Landaida.
Eliodoro de la Torre había justificado la confiscación por la necesidad de comprar armas para las milicias del Gobierno vasco, lo que, ya en mayo de 1937, con las Brigadas de Navarra a las puertas de Bilbao, no tenía mucho sentido. El Gobierno Vasco, sin embargo, ordenó entonces a Juaristi transportar desde Bilbao las cajas del Banco de España a Bayona, en cuatro barcos diferentes. Allí debía entregarlas a su antiguo presidente en Juventud Vasca, Javier Gortázar, conde renunciante de Superunda y a la sazón Delegado de Banca del Gobierno vasco en Bayona. El pretexto del traslado fue poner a resguardo, ante posibles saqueos fascistas, los ahorros de ciudadanos extranjeros depositados en la sucursal bilbaína. Así, con todo el morro.
¿Qué pasó con los fondos del Banco de España confiscados por el Gobierno vasco?
El cajero Juaristi cumplió al dedillo la orden que se le había dado. Por cierto, José Díaz Herrera, en su libro ‘Los mitos del nacionalismo vasco’ (Planeta, 2005), le llama Pedro Juaristi, pero Pedro Juaristi Landaida era el hermano mayor de Pablo. Director de las minas de hierro de Garrucha y alcalde de dicha población durante la dictadura de Primo de Rivera (creó el ferrocarril minero Garrucha-Almería), Pedro fue asesinado allí por las izquierdas en julio de 1936. Su otro hermano, José María, abogado y antiguo diputado tradicionalista, murió en la masacre perpetrada, el 4 de enero de 1937, por el batallón socialista número 7 de las milicias vascas en las cárceles de Bilbao, donde asesinaron a 239 presos de derechas sobrevivientes de las matanzas de cautivos que habían tenido lugar en los pontones de la ría entre septiembre y octubre de 1936, también a cargo de milicianos de UGT y CNT. Providencialmente, los asesinatos de sus dos hermanos libraron al cajero Pablo Juaristi de la pena de muerte tras regresar, en otoño de 1937, a una Bilbao ya en manos de los nacionales. Sufrió prisión y perdió su empleo, pero salvó el pellejo.
¿Qué pasó con los fondos del Banco de España confiscados por el Gobierno vasco? Mi abuelo Pablo nunca supo de ellos desde que los puso en manos de Javier Gortázar en Bayona. Un reciente libro de Pedro Chacón y Carlos Olazábal, ‘El palacete vasco de París. Una historia de codicia y corrupción’ (Almuzara, 2026), arroja suficiente luz sobre una estafa política de altos vuelos, de la que el saqueo del Banco de España en Bilbao fue solo la etapa inicial, y que han completado en nuestros días los mismos partidos que la pusieron en obra en 1936: el PNV y el PSOE. Creo que merece la pena seguir desarrollando el relato de la misma, al menos en sus líneas generales, en la Tercera del primer domingo de diciembre –salga la luna por donde salga el domingo anterior–, en aras de la recuperación de la verdadera memoria histórica, ya que no sea posible la de palacetes rapiñados por el PSOE y el PNV al patrimonio del Estado español.
Jon Juaristi