ARCADI ESPADA-EL MUNDO

Estos días suele darse un momento de vacilación repetido en la Sala, cuando los fiscales urgen de este modo a los policías que intervinieron en los colegios:

– Dice usted que hubo insultos, ¿qué insultos?

Casi ningún testigo responde fluidamente. Vacilan, mezcla de las dificultades de la memoria y de la timidez.

– Bueno, pues, no sé…, fascistas, escoria, sinvergüenzas, basura, hijos de puta, cabrones, asesinos, cobardes…

La galería siempre decepciona. Aunque reconozco que estoy marcado por un librito desopilante que acaba de llegarme: Diccionario de insultos. Extraídos y trasvasados de las obras de D. Francisco de Quevedo. Los autores son José Antonio Martínez Climent y Ricardo Mª González-Haba. Y lleva un prólogo del Marqués de Tamarón, con tres líneas iniciales clavadas y veraces: «Hoy en día los únicos escritores vivos son los clásicos, por estar muertos. Por estar muertos son inalcanzables a la criminal estupidez de la corrección política».

Los autores lo son. Quiero decir que no se han limitado a la compilación y ordenamiento sino que han añadido unas definiciones cargadas de exactitud y maldad, que son los objetivos últimos de la poesía. Así en necio alcanforado, se ve bien hasta dónde llega Quevedo y hasta dónde ellos: «Patriotero que exalta hasta el ridículo las virtudes de la República, y más si es región». O bien sin abandonar la necedad, ¡cómo hacerlo!, necio perdurable: «Quien por supina altivez exige nuestra cortesía y extiende la exigencia a nuestros descendientes, y hasta se molesta porque los ascendientes no lo hicieran; nacionalista irredento». Ahora bien nada comparable ni más sublime que llamar nacido en un guisado a cualquiera de los que insultaban al insulto: «Deforme, contrahecho; concebido en un aparte, quizá a escote». ¡Quizá a escote!, extraordinario.

Aliento desde aquí a la editorial Verbum para que haga llegarle a Marchena el librito. No añadiré más. Por cierto que ayer el juez pasó por un mal momento. Al poco de comenzar, empalideció. No era el rostro descreído de la especie humana de cuando Van den Eynde pide que conste que no pudo mostrar un vídeo de hostias como panes. Era más bien que el mundo se venía abajo, como con el whatsapp de Cosidó: Paco, sudando y con la tensión alta, pedía asistencia. Marchena mandó desalojar. Paco es el oficial de la Administración de Justicia de la Sala y tiene toda la logística del caso en la cabeza. De él han partido, por ejemplo, los pronósticos más acreditados sobre la extensión del juicio: «A junio bien metido llega». Felizmente lo devolvieron al trabajo. «Desengáñate –iba diciendo un abogado mientras volvía al pupitre–, aquí todos somos contingentes menos Paco».

Cuando se reanudó la sesión, el inspector que declaraba dio al juicio uno de esos momentos casi imperceptibles e impagables. Iban a abrirse paso en un colegio para incautarse de la ilegalidad cuando uno de los que lo bloqueaba se le encaró: «¡Somos un colegio privado!». El auto judicial, en efecto, solo ordenaba el cierre y la interrupción de las votaciones en los centros públicos. Y, sorprendentemente, para tratarse de lo que dijo de ellos el secesionismo, una manada de perros de la ley sedientos de sangre; para responder al dibujo que de ellos había hecho la prensa extranjera: patrullas de absortos fascistas destrozando urnas al grito de ¡Franco, Franco!; para ser su intervención desorbitada causante de miles y miles de heridos, he aquí que el inspector atiende a la objeción, coge su teléfono y pregunta a su jefe: «¿No debe de haber un error con este colegio?». Y cuando le transmiten que sí, que en efecto es privado, el inspector recoge a su dócil jauría y allí dejan a los votantes en su private joke, exactly. ¡Oh estado de Derecho! ¡Oh democracia de los libres e iguales! ¡Oh, contención, oh temple, oh paz civil!

A ultimísima hora de la tarde me iba ya, pero habría hecho mal, porque se presentó por fin ante los ojos del mundo un binomio, un binomio in person, uno de los estaquirots que el orden nacionalista dispuso para aparentar orden a uno y otro lado de la ley, una moza en los 40, de voz apagada, destinada en un colegio electoral de Granollers, que fue relatando conmovedoramente cómo no hizo nada. Es dificilísimo explicar cómo uno no hace nada («En el Principio fue la Acción»), pero lo hizo. Hasta tal punto hizo lo que no hizo que yo he entendido para siempre lo que fue un binomio el 1 de octubre.

La resta de dos monomios.