¿De qué te ríes?

EL MUNDO 27/02/14
ARCADI ESPADA

En la inauguración del Congreso de Móviles de Barcelona, el Príncipe de España tuvo un encontronazo con un activista del independentismo. Apostado en la fila, le negó la mano cuando el Príncipe se la tendió. No fue espontáneo: las cámaras amigas estaban listas para grabarlo y el activista había planeado bien qué hacer y qué decir. Lo que no estaba planeado es que el Príncipe, una vez envainada su mano tendida, volviera sobre sus pasos y cometiera una serie de errores: tratar de amigo al activista («Yo no soy su amigo», le respondió crecido); pedirle que le diera la mano a pesar de sus discrepancias («No le doy la mano porque no nos deja votar»); responderle algo así como que esto no es asunto mío, lo que fue realmente pasmoso, y hablarle en catalán, porque el catalán como cualquier otra lengua se debe hablar por necesidad o cortesía, condiciones que no se daban allí. Como dijo donde Herrera el maestro Gómez Marín, cuando uno desanda sus pasos y se encara es para dejar despanzurrado al villano: pero no, dialéctica y estéticamente el Príncipe se marchó peor de lo que había venido, embarrado. No se comprende que personas a las que hay que dirigirse en tercera persona, que exigen la inclinación de las damas y que prohíben ser fotografiados con una croqueta en la boca se avengan a participar en un youtube pendenciero. Y que lo pierdan es ya puramente insoportable.
Los profesionales del desplante y el abucheo piensan que sus ofensas a los políticos se agotan en la persona violentada. Pero su ofensa alcanza también a todos los ciudadanos que han votado a ese político y/o se sienten representados por él. La democracia es delegación y también la violencia se ejerce por delegación. El pendenciero, que suele ser analfabeto, no tiene por qué conocer estas sutilezas, pero sus víctimas sí. Así que el Príncipe debe saber que muchos españoles se sintieron ofendidos con la ofensa, que no fue ni la única ni la más grave. Porque si de algo sirvió el incidente fue para reafirmar la calidad humana e institucional del presidente de la Generalitat, que lejos de lamentarlo, sonrió melifluamente, y estrechó la mano del activista con calor cómplice. Si el Príncipe hubiese tenido los reflejos de lanzarle a Mas un Presidente, perdone, ¿de qué se ríe? la frase habría alcanzado la altura y diseminación celestial de aquel Por qué no te callas de su padre. Pero es cierto que para ello el Príncipe habría debido tener enfrente a un colonizado verdadero.