José Luis Zubizarreta-El Correo

Las reacciones a la sentencia de los ERE y las preguntas planteadas sobre la coalición de gobierno denotan más astucia cortoplacista que política de altas miras

La sentencia sobre los ERE ha interferido esta semana con la negociación para la formación de gobierno. Ambas han motivado declaraciones que, aunque distintas en contexto y contenido, muestran actitudes comunes que, por delatar la calidad de nuestra política, merece la pena analizar.

Como era de esperar, las reacciones a la sentencia han sido contradictorias. Las más burdas destilan, en unos, venganza y resentimiento y, en otros, desentendimiento y escaqueo. El Partido Popular sangra por la herida de la moción de censura, mientras que el PSOE se sacude como puede la embarazosa situación. Antonomástica ha sido, a este respecto, la reacción del secretario de Organización del PSOE y ministro de Fomento, José Luis Ábalos, al despachar el engorro con una olímpica declaración: «Son hechos de la pasada década. Es un caso que no afecta al actual Gobierno ni a la actual dirección del PSOE». ¡Toma ya! No hay continuidad histórica, jurídica y orgánica en el partido. Ni siquiera conmiseración con los compañeros andaluces. No más acertada ha estado la inefable vicepresidenta, Carmen Calvo, según la cual, hasta que el Supremo haga firme la sentencia, sólo queda esperar. Si tal hubiera sido el criterio en mayo de 2018, Mariano Rajoy seguiría a estas horas cómodamente instalado en La Moncloa. En cualquier caso, igual que el escaqueo, el resentimiento indica que los autores de uno y otro, no es que no hayan aprendido nada del castigo a ambos infligido, sino que no tienen siquiera la más mínima intención de hacerlo. Mientras unos se aprovechan de la condena, los otros aguantan el chaparrón. Eso es todo.

Peor ha sido aún la búsqueda de disculpas. La distinción entre corrupción por enriquecimiento personal o partidista y corrupción por prevaricación o malversación ha sido la de apariencia más sutil. En ella insisten el PSOE y sus leales para hacer más soportable el trago. Sin embargo, poner a competir moral personal y ética cívica es una táctica, además de equivocada, propia del más puro populismo. Apela a ese espíritu tan pícaro y justiciero, a la vez, de la gente, que perdona con magnanimidad al marrullero y castiga con rigor al mangante. ¡Magnífica lección de civismo para una sociedad que aún no ha aprobado el examen en esa materia! Aunque, para lección, la de cinismo que ha impartido el profesor Pablo Iglesias, cuando, tras extrapolar la condena al bipartidismo, sin citar siquiera a quien ha sido condenado, promete, a partir de ahora, «justicia social» y «limpieza institucional» para todos. A dos manos. ¡Y todo en un tuit!

Como las reacciones a la sentencia, también las preguntas sobre el acuerdo de gobierno resultan instructivas. Las del PSOE y Unidas Podemos parten de la aceptación previa. Asépticas y neutrales ambas, cuentan de antemano con el asentimiento de sus militancias. Nadan a favor de una corriente que bajaba ya torrencial antes del 10-N. En su contra, al ser formuladas en un estadio tan temprano e incompleto de la negociación, no se sabe en concreto ni qué se pregunta ni qué se responde. Son de puro compromiso, más para cumplir con la formalidad estatutaria que para someterse a un auténtico proceso de decisión democrática.

Más compleja, o tramposa, es la que formula la dirección de ERC. Al contrario que las otras, que partían de la inclinación de las bases al acuerdo, ésta lo hace de la posición opuesta. Pregunta, por eso, sobre el rechazo en vez de sobre la aceptación: «¿Estás de acuerdo con rechazar la investidura de Pedro Sánchez?». Este inquietante inicio no es, con todo, sino la ‘captatio benevolentiae’ de una opinión desfavorable, pero hecha con el propósito de reconducirla a la aceptación mediante la introducción de una condición asumible por su vaguedad. El «acuerdo… para abordar el conflicto político con el Estado a través de una mesa de negociación» es esa vaga condición que los líderes de ERC saben que coincide con la demanda de un sector mayoritario de sus bases. Lo malo es que, como en toda pregunta compuesta que combina el palo y la zanahoria, no se sabe si el ‘sí’ o el ‘no’ de la respuesta se refiere a lo uno o a la otra. Se trata de una formulación ambigua de quien, ante la resistencia de la militancia, capta primero su asentimiento para dejar después la puerta abierta a una salida que puede o no ser la que aquélla en principio deseaba. En la tramposa ambigüedad de los dirigentes se entrevé, sin embargo, también su debilidad: la imprevisibilidad de una militancia que no se ha caracterizado nunca por su docilidad. Basta con repasar la historia reciente de ERC. Ningún partido ha cambiado tanto, ni tan traumáticamente, de liderazgos en estos años de democracia.