Deplorable

DAVID GISTAU-EL MUNDO

MÁS ALLÁ de lo que estuviera sucediendo fuera de los radares mediáticos, existe un hecho significativo. El auge de Vox no coincidió con el golpe independentista, sino con la moción de censura. Es decir, que no se nutrió de la sociedad civil que salió a manifestarse en Barcelona después de décadas de resignación y colocó banderas en los balcones –eso se lo llevó Arrimadas–, sino de la reacción al laboratorio de profesor chiflado donde Sánchez se puso a experimentar, en complicidad con todos los extremismos existentes a su izquierda, con una Transición nueva y fetén que ya había empezado a agredir incluso a la monarquía para completar la fundación de la república popular pendiente desde el frente del Ebro.

Ha acudido más gente a los banderines de enganche de Vox por la distopía frentepopulista en construcción que por el cansino Proceso. Lo cual casi constituye una venganza de Franco desde ultratumba. La obsesión de poder y Falcon de Sánchez, su disposición a rendir cualquier principio ante cualquier horda de extramuros con tal de preservar sin pasar por las urnas su fantasía presidencial, no sólo ha arrasado a la socialdemocracia como garante de estabilidad. Además vuelve ahora imposibles las agónicas llamadas de Susana Díaz a los constitucionalistas para parar a la «extrema derecha»: eso no puede decirlo quien pertenece a un partido que ha llegado a acuerdos con enemigos de la Constitución, del 78 y de la ley para apañar un asalto de Moncloa que pasa, si no por romper las urnas, sí por eludirlas.

Otra cuestión añadida es la del narcisismo de las élites de progreso, entre las cuales hay que añadir al Podemos pequeño-burgués del chalet, y el despotismo evangelizador con el que asfixiaron a media sociedad que sentía necesidad de pasarse al maquis. A estas élites hay cosas que ya no pueden dejarlas atónitas como si sucedieran por primera vez. Uno de los argumentos recurrentes de la izquierda durante la campaña andaluza fue el desprecio a los votantes potenciales de Vox. En unos términos que recordaron mucho el «deplorables» con el que Hillary Clinton atacó a los posibles votantes de Trump, logrando tan sólo que éstos asumieran orgullosos el adjetivo como identificación de unos conjurados contra la casta liberal y los lobbies washingtonianos. Es decir, contra todo lo que Trump llamaba «El pantano», «The Swamp». Ayer, en la sede de Vox, estalló un idéntico orgullo de pertenencia a todo lo que la élite de la corrección política considera deplorable.