MAITE PAGAZAURTUNDÚA-El Mundo

La autora reclama un fin de ETA sin impunidad, con ley y justicia, y que se respete la dignidad de las víctimas. De lo contrario, el partido de Otegi seguirá justificando su historia de sangre y terror como legítima

 

QUIENES DESEEN entender la guerra tienen que dirigir su mirada atenta a los rasgos de la época en que viven, escribió la respetada Carmen Chacón siendo Ministra de Defensa. Es aplicable a la política y a la conjunción de política y terrorismo nacionalista vasco.

Este es un artículo de urgencia y cuando las cosas son urgentes, lo mejor es tomar una cierta distancia en la evaluación previa. Jon Juaristi, que es más pesimista que yo sobre las cuestiones políticas, escribió hace justo un año con la agudeza que le caracteriza que «ETA quedará impune, ya ha quedado impune, porque el pragmatismo del bloque constitucional o de lo que de él sobrevive así lo exige. ETA es y será impune porque –pongo por caso– el partido del Gobierno necesita que el PNV apruebe los Presupuestos Generales del Estado y el PNV necesita la impunidad de ETA para tener la fiesta en paz».

Indicaba esto afirmando asimismo que «ETA no es nada, sólo un dispositivo obsoleto que ya ha cumplido la función para la que se creó».

ETA, como organización terrorista no es nada, en efecto. El partido del Gobierno necesita estos días que el PNV apruebe los Presupuestos Generales del Estado y el PNV necesita la impunidad de ETA para que asomarse al espejo real del pasado vasco se convierta en un gran tabú.

También es cierto que el Gobierno popular puede realizar el peor negocio político de su vida en estos presupuestos, si además de pactar una miríada de pactos económicos privilegiados para el territorio más rico, pacta en diferido una política penitenciaria laxa para los etarras o la cesión a medio plazo de la competencia de prisiones que le reclama con insistencia el Gobierno nacionalista vasco. Desde la burbuja no lo percibirán, pero podría generar la huida de millones de votos hacia Ciudadanos y VOX porque su credibilidad es ya muy frágil.

ETA fue vencida policialmente y es cierto que además se había convertido en un dispositivo obsoleto y con una rentabilidad decreciente del asesinato en la opinión pública. Los etarras decadentes y sus estrategas políticos carecen de escrúpulos pero siguen siendo espabilados en la búsqueda del rendimiento político. Las últimas campañas de asesinatos, cada vez más chapuceras, buscaron la acumulación de fuerzas suficientes para conseguir la legalización de sus siglas a cambio de dejar de matar.

Lo interesante del asunto es que hace largo tiempo que sabían que el gran negocio político en este siglo XXI tiene que ver con el marketing de la paz y con el espectáculo político correspondiente a cada una de las etapas en que puede estirarse.

El abandono de los asesinatos salió redondo y la escenificación de la legalización de las siglas políticas podría alcanzar millones de euros en términos publicitarios y de valor político. No se vieron obligados a condenar la historia del terror de ETA en la que tenían tanta responsabilidad política, porque sólo fueron obligados a realizar el paripé de condenar el terrorismo «a futuro».

Es cierto que ETA y el partido de Arnaldo Otegi no calcularon que tras el cese definitivo del terrorismo, desaparecido el miedo atroz, lo relacionado con su mundo dejó de interesar tanto. Cuestiones como el desarme o los presos se empezaron a considerar como un problema particular de ETA, salvo donde el nacionalismo tiene una importante representación electoral.

La escenificación del desarme salió peor en la opinión pública española, pero les abrió posibilidades en este mundo de la información globalizada. El desarme –da igual que fuera falso y que las armas que pudieran llevar pistas desaparecieran sin dejar rastro– fue apoyado por el presidente del PNV, Andoni Ortúzar, que señaló una serie de instrucciones el 21 de marzo para los gobiernos español y francés. A saber: que el día 8 de abril «alguien» les diría lo que hay. De hecho el líder nacionalista les indicó que «es fácil lo que tienen que hacer, es no hacer nada», y añadía que debían quedarse quietos y no mandar a «nadie».

La performance de la disolución implica algo especialmente sucio. Utiliza una apariencia de petición de perdón. De hecho sólo pide perdón a una parte de las víctimas, y planta la semilla de futuras campañas de deslegitimación de la democracia española, de su estado de derecho, del derecho a la justicia de las víctimas del terrorismo. Eso sí, la apariencia de que piden perdón a ojos de personas no muy expertas es un fake que está entrando estupendamente, especialmente en la opinión pública internacional donde el Gobierno español y quienes podrían dar buena información son débiles en la transmisión de datos y de argumentos.

Iniciaba estas líneas indicando que soy menos pesimista que Jon Juaristi. Poco se gana a hilar, pero menos a mirar, decía mi madre. Por eso el año pasado promovimos un Manifiesto para un final de ETA sin impunidad y considero que debemos ejercer incluso nuestra última posibilidad que no es otra que la de negar el consentimiento a la chapuza y a la mentira, porque la exclusión, la persecución, la estigmatización y la muerte que provocó el entorno de ETA llegaron de la mano de la mentira.

Y porque el sentido de los hechos lo da el final. El fin de ETA no es una cuestión menor. Soy consciente de que tenemos que seguir luchando por el sentido y por desmontar las mentiras.

Porque la sociedad española y sus líderes deben ser conscientes de que cualquier relato que reparta las culpas o que difumine las responsabilidades de ETA estará haciendo una falsa contribución a la paz, contribuirá al olvido del responsable principal de los abusos cometidos y será el germen de gravísimos desafíos institucionales que deberemos afrontar sin palabras y sin aliento.

LOS LÍDERES ESTÁN para los momentos difíciles. Y no pueden descuidar que se puede hacer mucho mal con palabras aparentemente cariñosas y bonitas. Ni pueden olvidar que la pereza intelectual con las ideas de los distintos nacionalismos del país nos han llevado a una crisis de pantalón largo.

Yo exijo nuestro derecho a la reparación sin mentira, a la justicia sin apaños y a la condena de la historia del terror sin remilgos.

Yo exijo que no nos causen una victimación secundaria brutal en las performances de los días 4 y 5 de mayo en Bayona. Se lo exijo al Gobierno español.

Quiero subrayar algunas ideas del Manifiesto por un Fin de ETA sin impunidad que se presentó justo hace un año. Quisiera defenderlas en primera persona:

Exijo que el fin de ETA se maneje desde los principios que inspiran el Estado de derecho, sin impunidad, con ley y con justicia.

Exijo que digamos no al proyecto político excluyente y totalitario que amparó y defendió ETA y todos aquellos que trabajaron y trabajan para ETA.

Afirmo que un final de ETA que se sostenga sobre la dignidad de sus víctimas es la deuda contraída por el Estado de derecho y que el Gobierno debe defender.

De no hacerse así, ETA y el partido de Otegi seguirán utilizando su depurada capacidad propagandística para justificar la historia del terror como legítima.

Excuso decir que ETA y sus lobistas no dejarán de exigir la negociación de la memoria y de la aplicación de la justicia. Desmontar las mentiras, resistir a la dominación sicológica es uno de los grandes imperativos políticos de los próximos tiempos.

Maite Pagazaurtundúa es europarlamentaria.