Descréditos

JON JUARISTI, ABC 03/02/13

· La economía que prospera en medio de la corrupción de los políticos es una economía que destruye la política.

Sea el que fuere el alcance jurídico del asunto Bárcenas, su efecto ha sido ya tan devastador para el PP como lo fueron para el PSOE en su día las revelaciones de Amedo, por más que la gravedad objetiva de los delitos no pueda compararse. Además de latrocinio y enriquecimientos ilícitos, hubo en el caso de los GAL asesinatos y secuestros. La ironía es que la opinión pública será más rigurosa con Rajoy de lo que fue con Felipe González. El PSOE tuvo entonces a su favor una situación económica muy distinta de la actual (a pesar del incremento del paro), la actividad terrorista de ETA, la disciplina pecuaria de sus propias bases y un consolidado cinismo en su estilo de gobierno, por no hablar ya de sus apoyos mediáticos, que desconcertaron a la ciudadanía con interpretaciones laxas de la adecuación de medios y fines.

El PP no cuenta con ventajas semejantes: la crisis no tiene visos de alejarse, el desempleo se sitúa en cifras cuyo solo enunciado produce pavor, las empobrecidas clases medias arrostran la subida estacional de precios a la vez que un repentino —aunque anunciado— aumento de las retenciones fiscales, mientras prosigue el deslizamiento de la pobreza a la miseria en amplísimos sectores de la población. El terrorismo ha desaparecido, pero su erradicación no figura en el activo político de los populares, cuya insistencia en el hecho de que ETA aún no se ha disuelto y que la izquierda se da demasiada prisa en avanzar hacia una amnistía pactada con los partidos y coaliciones emanados de la banda, aún siendo perfectamente razonable, es presentada y percibida como un pataleo rencoroso incluso por dirigentes vascos del PP. La disidencia en la dirección del partido del Gobierno no es alarmante, pero sus bases se cuartean y el caso Bárcenas ha menguado la confianza en sus dirigentes. Si éstos, con alguna excepción significativa, cierran filas en torno a Rajoy, la militancia en su conjunto muestra desaliento y tendencia al desparrame.

A los primeros atisbos de verosimilitud del terrorismo de Estado, Felipe González reaccionó con una retórica agresiva de proverbios chinos sobre gatos y defensa de la democracia en las cloacas. El propio Aznar echó el resto a la hora de argumentar su apoyo a la invasión de Irak por sus aliados. La respuesta del presidente ante el escándalo de Bárcenas carece de la desfachatez del primero y de la desesperada convicción del segundo. Además, por muy indulgente que uno pretenda ser con este Gobierno, es imposible atribuirle claridad y fuerza suasoria. Desde el principio se ha decantado por los mantras, evitando las explicaciones. Las consecuencias de tal ineptitud para la comunicación pública se manifiestan ahora como impotencia para contrarrestar el descrédito de España en el exterior.

Que al ministro de Economía no le preocupe la fama de país corrupto que hemos ganado esta semana gracias a todos los medios de comunicación occidentales —porque, según Guindos, los mercados no responden a ese tipo de descalificaciones— resulta escasamente tranquilizador cuando incluso la mafia rusa se queja de que los políticos venales españoles no son de fiar y de que se sacarían mejores tajadas yendo por lo legal. Esto rebasa ya el surrealismo. La economía que prospera en medio de la corrupción de los políticos es una economía que destruye la política, como sabe muy bien Putin, que se ha mostrado dispuesto a tolerar los desmanes empresariales mientras no le pudran el Estado. Es curioso que lo que más escandaliza en el caso Bárcenas sean sus posibles derivaciones personales cuando lo que debería ponernos los pelos de punta es la parasitación de la política por intereses económicos corporativos.

JON JUARISTI, ABC 03/02/13