Alison Posey-El Correo
Doctora en Filología Hispánica y profesora universitaria en Estados Unidos
- El presidente trata de obtener rédito político de los ataques contra su vida
Después del último atentado contra su vida el sábado, Donald Trump dejó claro de inmediato por qué había sido el objetivo. En lugar de aprovechar el tiroteo para criticar el aumento descomunal de la violencia política en Estados Unidos -la agresión marcó la tercera ocasión desde 2024 en que alguien intentó acabar con la vida del presidente-, Trump decidió sacar provecho de la situación. Proclamó, sin fundamento, que el agresor, Cole Allen, no es cristiano, convirtiéndolo así en un soldado romano y a sí mismo en un Cristo crucificado.
Trump siempre ha contado con el don de la fabulación. También sabe sacar partido incluso de las situaciones más mortíferas. De ahí que la sensación de ‘déjà vu ‘que asuela al pueblo americano no se deba solo al último estallido de violencia política, sino también al reconocimiento de que el presidente está empleando esos ataques para lograr sus propios fines. Con cada atentado, puede presentarse como si realizara el máximo sacrificio.
La ironía es doble, y no solo porque Allen, un joven maestro, es cristiano practicante e hijo de un pastor. Tal como expone en su propio manifiesto, la justificación del atentado se deriva del dogma bíblico: según la interpretación del agresor, la Biblia le permite atacar con violencia a los opresores. «Poner la otra mejilla cuando se tiraniza a otros no es conducta cristiana; es complicidad con los crímenes del opresor», apuntó Allen en su comunicado justo antes de atentar.
No hace falta consultar a ningún experto en teología para ver lo errónea que es su interpretación. Después de todo, uno de los mensajes clave de Jesús en el Sermón de la Montaña -de donde se deriva el aforismo de poner la otra mejilla- es el del amor hacia los enemigos, no la violencia. Pero, dejando a un lado las conclusiones de Allen, se puede apreciar otra interpretación problemática del episodio: la de Trump como supuesto mártir de derechas, víctima de una gran conspiración izquierdista.
Tanto con este último atentado como con los dos anteriores, en julio y septiembre de 2024, se ha desatado en las redes una ola de teorías de la conspiración. Se conjeturaba que una pandilla ultraizquierdista, los llamados ‘antifas’ (antifacistas) fuera la autora de esos ataques contra el presidente. Pero, por más que se indaga en las vidas de los agresores, el FBI ha tenido que admitir que los tiroteos contra Trump no forman parte de ninguna conspiración de radicales. Hasta ahora, todos los agresores han sido lobos solitarios, cuyas ideologías violentas tienen más en común con la retórica extremista del propio presidente que con una terrible izquierda radical.
Entonces Trump se ha visto obligado a cambiar de estrategia. En política hay pocas cosas más peligrosas que un mártir, y el presidente lo sabe. Así lo demostró el asesinato de Charlie Kirk, agitador popular de ultraderecha, en septiembre de 2025. Unos 100.000 dolientes asistieron a su funeral, donde el presidente alabó al activista como mártir de la causa conservadora. Como resultado, se produjo una oleada de apoyo a la organización política de ultraderecha de Kirk, Turning Point USA (Punto de inflexión EE UU).
En la actualidad, poder presentarse como mártir, y así evocar al querido Kirk, le conviene mucho a Trump. Ante la inflación, una subida imparable de los precios y la creciente ira del pueblo estadounidense por una guerra extremadamente impopular con Irán, el presidente emprendió una ofensiva verbal contra el Papa León. Desde León XIV se pronunció a favor de la paz -una postura poco radical para cualquier seguidor de Jesucristo-, Trump ha hecho todo lo posible por ensañarse con él. Así ha enajenado a muchos miembros de su base cristiana y, en especial, a los católicos latinos cuyos votos lo llevaron al poder en 2024. El hecho de que el pontífice sea, además, el primero estadounidense lo empeora aún más para la Administración.
Pero insultar al jefe de la Iglesia católica no le bastó a Trump. En una imagen generada por IA que publicó en redes sociales el 12 de abril, una semana después de Pascua, se representó como Jesucristo. Incluso para algunos de sus aliados políticos más leales, como la activista anti-LGTBI Riley Gaines, Trump había ido demasiado lejos. «No hay que burlarse de Dios», criticó Gaines. Para Cam Higby, periodista y agitador ultraconservador, la imagen fue nada más y nada menos que «blasfemia».
Con esos y otros percances recientes del presidente entre su base cristiana, el martirio no pinta nada mal. Con una nueva ronda de elecciones nacionales acercándose en noviembre, manipular los excesos de unos lobos solitarios en su propio beneficio es un intento de mantenerse en el poder. Pero eso no constituye prueba alguna del cristianismo del presidente. Eso quedará en manos de Dios… o del diablo.