Miquel Escudero-El Correo

Aunque se le haga poco caso, la ecuanimidad es un objetivo a conquistar por cada uno de nosotros. Es una característica muy beneficiosa tanto para la vida íntima como para el funcionamiento óptimo de los diferentes entornos sociales. El continuado ejercicio de la ecuanimidad nos conduce a ser mesurados, razonables, justos y rectos, cualidades que permiten confiar en lo mejor de nosotros y de los demás, y sacar el mejor provecho en cada circunstancia. Su ausencia, en cambio, causa estragos: la belicosidad y el egoísmo individual y colectivo se desparraman entonces, haciendo que avance el sectarismo y domine la arbitrariedad.

Es lamentable, pero la experiencia enseña que para muchos lo lógico y natural son los estallidos de parcialidad, vistos como aceptables porque «hay que luchar por el éxito a toda costa, al precio que sea». Es una actitud vinculada a la polarización, la cual lo justifica todo con demencial simpleza. Llegan a creerse sartas de bobadas sin ningún sentido crítico: «Nosotros somos los buenos y ellos son los malos». «Ni un paso atrás», tenemos el deber de frenar al ‘demonio’, e incluso aplastarlo. «La Historia nos contempla».

Se ha puesto de moda repetir con orgullo impostado que se está en ‘el lado correcto de la Historia’; una frase más del álbum de vaciedades y tonterías contagiosas que invade el mercado. La emplean Donald Trump, Xi Jinping y sus distintos satélites. Envuelven todo en hipocresía. ¿Qué tiene de bueno estar ‘en el lado de los buenos’? Que, al aplaudir cuanto digan, te hacen sentir impecable, además de protegido. No solo es una actitud pueril y arcaica, es eficaz para convertirse en un autómata.