JON JUARISTI-ABC

  • Ha fallecido Luis Suárez Ávila, el mayor flamencólogo de nuestro tiempo, un maestro leal y generoso

La duca o duquela vale en caló por ‘pena’ o ‘luto’. En el jondo serio, en las ‘tonás’ que lloran lo que se pierde, la duquela es condición necesaria para que arranque el cante. Estos días son de duca, de duelo, por la desaparición del más grande de los flamencólogos de nuestra época, el abogado Luis Suárez Ávila, que falleció el pasado 14 de abril en el Puerto de Santa María.

Luis comenzó muy pronto a interesarse por la cultura gitana del Puerto. Al salir del colegio, en los primeros años de su adolescencia, se escapaba a ayudar en las pequeñas fraguas donde le daba al fuelle hasta agotarse, a cambio de escuchar los martinetes. Se le reconoció muy pronto como una autoridad en gitanología por toda la costa de las galeras, desde Cádiz hasta Triana (que también es costa del ‘Gran Río, Gran Rey de Andalucía’, al que cantó Góngora), donde arraigó la más antigua población de gitanos sedentarios, formada por los galeotes y sus familias. A Luis le ganaron el corazón las historias de sufrimiento y alegría de aquellas comunidades históricas privadas de derechos, que él mismo, en lo que respecta al Puerto de Santa María, empezó a recoger ya convertidas en romances.

Siendo todavía un estudiante de Derecho, entregó a Antonio Mairena el que comienza ‘Los gitanitos del Puerto/fueron los más desgraciaos’, que se refiere a la deportación, en el siglo XVII, de gran parte de la comunidad local a las terribles minas de azogue de Almadén, como trabajadores forzados (salvajada conocida por un memorial de Mateo Alemán).

La hazaña caballeresca de Luis Suárez Ávila consistió en descubrir y dar a conocer el romancero gitano-andaluz de tradición oral; es decir, la tradición romancística privativa de los gitanos andaluces, de cuya existencia en el pasado se tenía apenas noticia, y que Ramón Menéndez Pidal había buscado en vano, junto a Federico García Lorca, en el Sacromonte granadino. Luis la encontró todavía muy viva en una familia de cantaores portuenses, una tradición fragmentada en buena parte, pero aún vigorosa, gracias al patriarca de aquella, José Reyes, el Negro del Puerto.

La presencia en el pasado de numerosos esclavos africanos en todos los puertos andaluces, donde se mezclaron a menudo con gitanos, llevó a Luis Suárez Ávila a intuir un elemento musical negro en los ritmos más arcaicos del flamenco, que lo emparentaría con los de la costa atlántica americana. Pero ‘flamenco’, a su juicio, es un sinónimo estricto de ‘gitano’, y su origen, según el propio Luis, no estaría en oscuros vocablos árabes, sino en los cuchillos flamencos que en nuestro Siglo de Oro fueron el arma de los pobres y, claro está, de la mala vida.

No fue solo un sabio, sino un maestro increíblemente leal y generoso. Muchos aprendimos de él a amar el flamenco y la vida. Nuestra duca está más que justificada.