Editorial-ABC

  • La violencia contra seguidores de la selección española reabre viejas dinámicas del nacionalismo radical y evidencia la pasividad del Gobierno vasco.

Las críticas del consejero vasco de Interior, Bingen Zupiría, por las detenciones de dos matones aberzales por la Policía Nacional están fuera de lugar. Los detenidos lo fueron por agredir a seguidores de la selección española que se habían reunido en un parque de Bilbao para ver la final de la Copa del Mundo, finalmente ganada por España frente a Argentina. La queja de Zupiría es, formalmente, por una disputa de competencias administrativas, pero la falta de prevención por la Ertzaintza en las semanas anteriores y el mismo día de la final, dejan la queja del consejero vasco en un falso lamento. La desprotección que sufrieron los seguidores de La Roja fue evidente y cualquier vídeo de aquellos hechos lo demuestra. No hubo despliegue disuasorio previo, ni reacción posterior suficiente. La Policía Nacional hizo lo que tenía que hacer y el Gobierno vasco, no. Ese Gobierno vasco de coalición entre el Partido Nacionalista Vasco y el PSOE.

La realidad es que las agresiones durante la final estuvieran precedidas de continuos actos de acoso a los seguidores de la selección en todos los partidos que jugó España. La excusa de los camisas pardas de la izquierda aberzale era la defensa de la selección vasca, aunque lo que realmente les molestaba era la presencia pública de la camiseta española y el papel decisivo que estaban teniendo los jugadores vascos en los éxitos del equipo de Luis de la Fuente. Los epígonos de la ‘kale borroka’ no estuvieron solos. Además del apoyo de EH Bildu, el PNV echó gasolina al fuego con declaraciones públicas sobre la reivindicación de una selección vasca de fútbol. No sólo no templó el ambiente, sino que lo encendió más de forma temeraria, cuando ya se perpetraban agresiones y coacciones contra seguidores de la selección y se vandalizaban comercios que vendían las camisetas de La Roja.

No ha sido, por tanto, algo episódico ni coyuntural, sino un paso más a una cierta vuelta a la «socialización del sufrimiento», aquel eslogan con el que ETA quiso llevar la violencia a las calles y los portales de las ciudades vascas. Una estrategia para inocular de nuevo el miedo en los ciudadanos no nacionalistas. Estos actos de violencia son un aviso de que la izquierda aberzale no quiere que el espacio público sea ocupado por mensajes, imágenes y discursos que no sean los suyos. A medida que se acerquen los períodos electorales y, con ellos, la posibilidad de que haya un cambio de gobierno en España, es probable que la presión aberzale aumente. Por otro lado, no hay que olvidar el acto conjunto del PNV y Bildu, en junio pasado, coincidiendo con el Mundial de fútbol, en homenaje al primer presidente vasco, José Antonio Aguirre. Para los aberzales, este acto representa una reversión de su posición tradicional contra el régimen autonómico del País Vasco, que lo consideraban, al igual que los fueros, una sumisión a España. Pese a los recelos del PNV por este giro de EH Bildu, con el que quiere suavizar su imagen con vistas a un posible acceso al gobierno del País Vasco, aquel acto fue un eco del infame Pacto de Lizarra, un nuevo acercamiento entre el nacionalismo tradicional y el aberzalismo radical, siempre desconfiados el uno del otro, pero unidos por su aspiración soberanista. Y, entre medias, a palos con los seguidores de la selección.