La fastuosidad de los actos conmemorativos programados para celebrar hoy 4 de julio el 250 aniversario de la declaración de independencia de Estados Unidos no logra ocultar las profundas fracturas que atraviesan el país en uno de sus momentos más críticos.
La efeméride llega en un momento de intensa polarización cívica y de tensiones políticas que amenazan el tradicional ideal norteamericano de la unidad nacional.
Estas divisiones se reflejan incluso en la organización de los festejos oficiales, que se han convertido en un objeto más de la batalla cultural.
Mientras la Administración republicana promueve un patriotismo fundamentado en los valores tradicionales, el orgullo militar y el excepcionalismo americano, la oposición demócrata defiende una lectura de la historia estadounidense desde la óptica del avance de los derechos civiles y el pluralismo.
Esta falta de consenso ha provocado que varios Estados hayan optado por no enviar delegaciones oficiales a los actos centrales del National Mall, lo que evidencia una preocupante ruptura de los canales más elementales de la interlocución bipartidista.
Los sondeos de opinión recientes confirman que esta fractura ideológica va acompañada de un notable desencanto hacia el acontecimiento en una ciudadanía asociada históricamente al fervor patriótico, en la que la erosión material del llamado «sueño americano» ha cronificado el malestar social.
Pero al margen de estas disputas ideológicas, resulta indiscutible tanto el valor como el volumen de las aportaciones de Estados Unidos a la historia universal y a la cultura global.
Después de haber reconfigurado la economía internacional en el siglo XX con su modelo de producción industrial, EEUU ha protagonizado también la última revolución tecnológica, dando al mundo invenciones como internet o las redes sociales que han sentado las bases de la era digital contemporánea.
Y si algo no tiene parangón es el impacto de su cultura popular, cuyos principales iconos ha glosado por extenso recientemente El Cultural. Aun cuando Washington se encuentra en una fase de repliegue en la dirección del orden multilateral de posguerra que él mismo diseñó, sus industrias cinematográficas, musicales y de entretenimiento mantienen una indiscutible hegemonía global.
Pero acaso el legado más relevante de EEUU al mundo sea el diseño del sistema democrático moderno.
La experiencia constitucional posterior a 1776 estableció el primer modelo basado en la separación de poderes y el reconocimiento de las libertades individuales. Un diseño ideado de forma explícita para evitar la concentración de poder y proteger a la ciudadanía de las derivas tiránicas.
Dos siglos y medio después, ese patrimonio institucional se ve amenazado por la deriva iliberal de Donald Trump, quien con la concentración de poder presidencial que ha promovido ha debilitado el emblemático sistema de pesos y contrapesos y la arquitectura original de la República.
Resulta insólito que la primera democracia moderna corra el riesgo de degenerar en un orden autocrático.
La elección del Monte Rushmore para el inicio de los actos conmemorativos de este fin de semana ilustra bien esta tendencia personalista.
La sugerencia reiterada por parte de la Casa Blanca de esculpir el rostro de Trump en el monumento, para equipararse a los Padres Fundadores, constituye el más soberbio ejercicio de megalomanía de este fanfarrón que presenta una y otra vez cada una de sus medidas como hitos históricos.
Pero por mucho que la Administración Trump se empeñe en presentarse como la culminación de la edad dorada del país, Estados Unidos es una realidad institucional, social y cultural mucho más amplia y profunda que la figura de su actual presidente.
El sistema constitucional norteamericano ha superado a lo largo de 250 años crisis severas, incluyendo una guerra civil, depresiones económicas y graves tensiones raciales.
Aunque el cesarismo de Trump está sometiendo las costuras de la tierra de la libertad a un estrés sin precedentes, la fortaleza y el arraigo de sus instituciones y su cultura cívica garantizan que la democracia estadounidense sobrevivirá a su mandato.