ABC-IGNACIO CAMACHO

La lección del Brexit que no aprenderá nadie es que no hay modo de impedir que una nación se empeñe en autolesionarse

LOS británicos que votaron salir de la UE creían que se trataba de algo tan sencillo como abrir una puerta. La cultura, tan populista, de lo fácil: un pasito y fuera. Nadie les explicó, o en todo caso no lo creyeron, que se trataba de una cuestión extremadamente compleja, plagada de dificultades políticas, jurídicas, administrativas y técnicas, muchas de las cuales afectaban a las condiciones de su propia existencia. Se olvidaron, entre otras muchas cosas, de que la ansiada paz del Ulster requería la exigencia de que entre las dos Irlandas no existiese una frontera. El Gobierno, que había convocado el referéndum suicida sin tomar en cuenta el riesgo de una aventura tan incierta, se aplicó a obedecer el inapelable mandato de las papeletas, y dos años después lo ha plasmado en un acuerdo de 585 folios prolijamente negociado con Bruselas. Pues bien, sin haber leído el tocho –imposible tarea, y menos en dos días, sin tener conocimiento profundo de la materia– los brexiters claman pidiendo la cabeza de una primera ministra a la que acusan de traicionarlos de la peor manera. No es que Theresa May sea un prodigio de instinto ni de agudeza pero ha obtenido un pacto razonable para minimizar en su letra pequeña las desagradables secuelas de una ruptura brusca, sin orden ni sistema. Gracias, sin embargo, a la inflamada demagogia antieuropea, Gran Bretaña suma ahora a los ingentes problemas de la salida el de una pavorosa inestabilidad interna.

Quizá los votantes del Brexit se merezcan el desbarajuste que, de forma consciente o irreflexiva, llevan tiempo buscando. Pero no se lo merecen el resto de sus conciudadanos, ni los tres millones de comunitarios que tienen allí establecidos su vida y su trabajo. Todos han quedado rehenes del entusiasmo insensato con que el populismo eurófobo arrastra al país a un caos. Bien es cierto que el enredo comenzó por la frivolidad de Cameron, que ya en el referéndum de Escocia había rozado el descalabro. Solo que ahora se trata de afrontar las consecuencias de un sufragio que mucha gente emitió con la alegría de un like en Instagram o en Facebook. Y de hacerlo con la responsabilidad que no demostró el pueblo soberano cuando decidió lanzarse a un salto al vacío cuyas dimensiones no había calculado. Los tribunos de la política posmoderna, con sus promesas iluminadas y sus discursos mesiánicos, no tienen costumbre de advertir a la gente que el voto es un acto libre… con efectos secundarios. Lo más grave de este caso es que los agitadores admitieron su estafa al poco de contar los resultados.

En los dos años de transición que quedan por delante, los políticos ingleses todavía tienen tiempo de algún otro disparate, tal como convocar una nueva consulta o cualquier desvarío equiparable. La lección que no aprenderá nadie consiste en que no se puede sujetar a una nación tan concienzudamente empeñada en autolesionarse.