Iñaki Ezkerra-El Correo
- Frente al problema de la vivienda, los gobiernos de Sánchez optaron por echar la culpa a los otros
De la burbuja inmobiliaria que estalló a finales de 2007 y principios de 2008 hemos pasado a lo que podemos llamar el agujero inmobiliario caracterizado no ya solo por la ausencia de viviendas sino hasta de constructores en un país que ha crecido en cuatro millones de habitantes a lo largo de las dos décadas que ya han transcurrido desde entonces. Frente a ese problema ciertamente dramático al que se suman la carestía de la vida, los bajos sueldos y la subida de los precios en la venta de inmuebles y en los alquileres, los gobiernos de Sánchez han optado desde 2018 por inhibirse y echar la culpa a los otros. Hasta que han llegado Maricarmen y la acampada en la Puerta del Sol, que es un ‘revival’ de la del movimiento indignado del 15-M de 2011, del que salió Podemos tres años más tarde.
Han llegado esas movilizaciones y al Gobierno le ha dado por empezar a sacarse reales decretos-ley de la manga a la velocidad de un ventilador, uno diseñado exclusivamente para no salir votado: el de Sumar y el Sindicato de Inquilinas, al que el PNV y Junts se oponen manifiestamente y que postula la renovación automática de los alquileres que haría indefinidos los contratos de arrendamiento. El otro decreto, al que también se ha apuntado Sumar a última hora, es el que tiene más posibilidades de salir adelante y presenta unos planteamientos que van abiertamente contra el libre mercado, como son el de prohibir los desahucios hasta el año 2030 y la propia compra de viviendas a los llamados fondos buitres.
La primera de esas medidas desampara al arrendador aún más de lo que lo está con la protección jurídica a los okupas y tendrá como consecuencia el aumento del temor de los propietarios y una mayor reducción de la oferta, o sea, el agravamiento del problema y un efecto opuesto al que pretende. La segunda de esas medidas equivale a una suerte de ‘apartheid económico’ contrario a la igualdad ante la ley y a la propia legalidad constitucional -«Tu dinero no vale en este bar»- y plantea además un problema semántico: ¿Quién decide quién es buitre y quién es paloma? ¿Por qué criterios se pertenece a esa especie ornitológica en un sentido que sería necesariamente figurado (el ‘buitrismo’ es una licencia literaria) y que no puede tener por lo tanto una consideración legal?
Estamos ante una categoría metafórica y subjetiva que podemos usar como arma arrojadiza contra cualquiera. Dicho de otro modo, podríamos empezar a hablar de políticos buitres, ministros buitres, presidentes águilas y vicepresidentas cuervos. Podemos convertir el debate nacional sobre la vivienda en una fábula de Esopo. Y, lo que es peor, podemos obtener con esas políticas el resultado que obtendría quien, para salir de un agujero, se pone a cavar hacia abajo.