Adriaan Kühn-El Correo
Director del Instituto Robert Schuman de Estudios Europeos, Universidad Francisco de Vitoria
- Esperar que partidos como Alternativa para Alemania o el de Marine Le Pen se moderen cuando lleguen a los gobiernos es una apuesta que puede salirle muy cara a Europa
El resultado de las elecciones regionales en el pequeño Estado germano de Sajonia-Anhalt, donde Alternativa para Alemania (AfD) alcanzó un resultado histórico, marcará un antes y un después para la República Federal. Asimismo, fuerzas políticas similares de otros países europeos aspiran a repetir su éxito. Se trata de un punto de inflexión no solo porque por vez primera en la posguerra alemana un partido oficialmente clasificado de «extremista» por los servicios secretos podría llegar a gobernar en un Estado federal. También porque AfD ha logrado atraer a sectores del electorado que tradicionalmente le eran poco favorables, como los trabajadores o los jóvenes.
Las razones que sustentan el creciente apoyo a formaciones como las de Geert Wilders en Países Bajos o Marine Le Pen en Francia han sido bien investigadas, ya que ha pasado más de una década desde su irrupción en los respectivos sistemas de partidos nacionales. Sin embargo, que ahora el 43% de los jóvenes (18-24 años) en Sajonia-Anhalt se haya dejado seducir por la vaga idea de una «Alemania de antaño» -versión idealizada de un país que ellos ni siquiera han llegado a conocer- que prometía AfD a sus votantes no augura nada bueno para el futuro del continente.
Europa vive bajo la sombra del declive. Los ciudadanos lo perciben, y populistas y extremistas son los que se benefician de ello. Ya se trate de infraestructuras deterioradas, de una política de inmigración ineficaz o de unos sistemas sanitarios que ofrecen peores resultados a un coste cada vez mayor, los problemas son conocidos desde hace tiempo. También lo son muchas de las posibles soluciones, como, por ejemplo, las recogidas en los informes elaborados por dos antiguos primeros ministros italianos. Sin embargo, las élites políticas europeas han demostrado -hasta ahora- una capacidad insuficiente para abordarlos.
Mientras que el estancamiento económico, la inflación y los flujos migratorios podrían atribuirse, al menos en parte, a transformaciones geopolíticas sobre las que tanto los gobiernos nacionales como la Unión Europea tienen un margen de influencia limitado, los jóvenes en Europa sí tienen motivos suficientes para indignarse: ¿Por qué resulta casi imposible encontrar una vivienda asequible en las grandes ciudades europeas? ¿Por qué un eclipse solar recibe más atención pública que el escandaloso deterioro de los sistemas educativos nacionales, incluidas las universidades? ¿Y por qué las mentes más brillantes de Europa suelen encontrar financiación para sus ideas a menudo solo fuera del continente?
El giro hacia la derecha de los jóvenes, observable tambien en otros países europeos, es evidencia del hartazgo e incluso de la desesperación de una creciente parte del electorado con sus representantes, independientemente de su color político.
Es preocupante, en este sentido, la incapacidad de los partidos establecidos de responder al desafío populista. La reacción de la secretaria general de la CDU (el partido del canciller Merz) el día de las elecciones es paradigmática: redujo la impopularidad de los partidos de gobierno a un mero problema de comunicación.
Quienes aún creen que pueden contener la actual tendencia política con un márketing más sofisticado se equivocan tanto como aquellos que depositan sus esperanzas en cadenas humanas, manifestaciones por la diversidad o en cantar el ‘Bella Ciao’. Basta observar las trayectorias personales de las figuras más destacadas de la nueva derecha europea para comprender que no se parecen a las ‘clásicas’ formaciones del extremismo de derechas.
Aunque el euroescepticismo ha dejado de ocupar un lugar central en el ideario de la derecha radical tras el Brexit, resulta difícil imaginar que el espacio Schengen pueda sobrevivir en su forma actual si estas formaciones llegan al poder en algunos (pocos) países de la UE. Los enfrentamientos entre el Gobierno español y varios de sus socios europeos después del 30 de julio fueron un anticipo de los posibles futuros conflictos en el seno de la Unión. A continuación, es previsible que estas mismas fuerzas centren su atención en la libre circulación de personas, sin duda uno de los logros más tangibles de la integración europea.
Urge un cambio de estrategia y táctica desde el centro político en Europa; la alternativa es esperar que formaciones como RN en Francia o la AfD alemana se moderen una vez alcancen responsabilidades de gobierno, como ocurrió con Giorgia Meloni en Italia. Apuesta que podría salirle muy cara al proyecto europeo.