Agustín Valladolid-Vozpópuli
- En España los intelectuales han abdicado de su tarea. La desinformación de la política-espectáculo ha sustituido al análisis y a la crítica
Spiro Agnew fue el 39º vicepresidente de los Estados Unidos. Era hijo de un inmigrante griego. Defendió la integración racial, lo que sorprendentemente le aupó en 1966 al cargo de gobernador del Estado de Maryland. Era un tipo cercano y con un peculiar sentido del humor, quizá elegido para compensar la adustez de la otra cara del ticket electoral que ganó las elecciones presidenciales en 1968, un tal Richard Nixon.
Una de las frases ingeniosas atribuidas al vicepresidente es esa que dice que “un intelectual es un tipo que no sabe cómo aparcar la bicicleta”. Hace tiempo que me rondaba la idea de escribir sobre los intelectuales en España, en tanto especie en peligro de extinción. Así que después de leer el pasado domingo, en el mismo diario, sendos artículos firmados por dos de estos ejemplares protegidos, en los que se lamentaban del nocivo impacto de las redes sociales y las nuevas tecnologías, me puse a buscar la cita de Agnew, que no recordaba en su textualidad.
Mi inquietud venía de atrás, de unas semanas antes, justo la víspera de la final del mundial de fútbol, cuando otro renombrado intelectual, argentino pero afincado en España, titulaba así su periódica columna: “Argentina necesita ganar el mundial; España no”. Me pareció original, y provocativo, como conviene que sea un titular si uno pretende que le lean algunas decenas más que la tribu habitual de familia y amigos. Pero mi sorpresa fue comprobar que iba en serio.
Un páramo de ignorancia
“España es un país que, aunque algunos desaforados se empeñen en negarlo, funciona y seguirá funcionando”, escribía el bonaerense. “Una copa de fútbol sería una ratificación, la guinda de la torta. Argentina es un país en problemas: la pobreza y la condena de la solidaridad, el egoísmo, son síntomas visibles; más grave todavía, más profunda, es esta sensación de ir a ninguna parte bajo el mando de un descerebrado”. Fin de la cita.
España es el Edén; Argentina un chimbolero. España no está necesitada de hitos que reconstruyan ilusiones compartidas; de eso debemos estar sobrados. Argentina sí. A la Argentina que el abajofirmante y otros como él dejaron pudrir, aunque de eso no se acuerde, la va a salvar el fútbol. ¡Qué profundidad! ¡Qué capacidad de reflexión crítica! No me extraña que estén en avanzado proceso de desaparición.
Aquí viene a cuento otra cita, esta de Francisco Ayala, sacada de El escritor en la sociedad de masas: “El verdadero ejercicio intelectual no consiste en seguir modas, sino encararse con las dificultades de la propia época”. No se encaran; se acomodan. No van contracorriente; aprovechan la corriente. La intelectualidad vivió en España etapas memorables. Hoy, es un páramo en el que crece sin desbrozo la ignorancia; en el que a lo más que algunos llegan es a aventurarse medio a ciegas con el diagnóstico, pero están muy lejos de atreverse con el pronóstico. Y la mayoría ni con lo uno ni con lo otro.
Esto resulta especialmente evidente, y desconsolador, entre los que se autodefinen como intelectuales de izquierda, que parecen haber abandonado cualquier vocación crítica y como mucho confrontan con la doctrina oficial por cuestiones tácticas, como, por ejemplo, quién debe ser el candidato en las próximas elecciones. Lo que nunca cuestionan es el fondo de la política populista en curso, no fuera a ser que les retire, a ellos o a sus parientes, amigos o conocidos, la ración de pasto que perciben por los servicios prestados.
El tándem Sánchez-Tezanos
Cruzan los dedos para que el adversario les ponga en bandeja algún nuevo argumento, que ciertamente no faltan. Pero, ¿y de Ceuta? ¿Qué han dicho o escrito sobre lo ocurrido en Ceuta? ¿Y qué de que se haya modificado significativamente a través de una orden ministerial -no entro en el fondo-, sin debate parlamentario, ni informe previo de los órganos consultivos del Estado, la ley que regula el censo de electores, en lo que se parece mucho a la quiebra del principio de igualdad?
¿Y del CIS? ¿Qué opina la intelectualidad patria de una institución, otrora respetable, que durante décadas le ha tomado la temperatura a la opinión pública española con apreciables rigor y neutralidad y que hoy el tándem Sánchez-Tezanos ha convertido en una maquinaria de sugestión a favor del partido gobernante? Una maquinaria cuyo objetivo último, cada vez parece más evidente, es desacreditar la utilidad de la alternancia como mecanismo de regeneración política.
Eso sí, cuando se trata de jueces y tribunales acuden raudos al rescate, y, con una escalofriante osadía, asentada en un desconocimiento enciclopédico de las leyes y de las competencias de los distintos órganos jurisdiccionales, proclaman alegremente que estamos en presencia de un golpe de Estado judicial.
El Wyoming no es Machado
No podemos comparar la intelectualidad de la España actual con la de otras épocas, las de Unamuno, Baroja, Azorín, Ortega, los Machado, Ayala o Zambrano. Pero intelectuales haberlos, haylos. Ahí tenemos sin ir más lejos a David Uclés. Ocurre que por lo general han decidido mirar para otro lado. No hay reflexión, hay un vacío que en no pocas ocasiones ocupa la política disfrazada de entretenimiento. No hay Ortegas ni Ayalas; hay Wyomings.
Conductores de respetables programas de entretenimiento que, sin embargo, no acreditan el conocimiento necesario sobre los problemas del país para entrevistar con el mínimo rigor a un ministro, a un jefe de la oposición o a un presidente de gobierno. Porque para cumplir con su papel habitual, para entretener con sus dignas gracietas al respetable, no necesitan leer ningún informe del Banco de España, del Instituto Elcano o de Cáritas.
Nada habría que objetar si las entrevistas que hacen a políticos se ciñeran a cuestiones colaterales: las aficiones, la familia o, si se quiere, sobre la psicología del poder, el estrés de la política. Pero no; también preguntan sobre lo que ellos desconocen y el entrevistado espera ansioso que le pregunten; sin información suficiente, sin criterio, asumiendo el fraude de ser útiles instrumentos al servicio de políticos medrosos que no están en disposición de afrontar un verdadero interrogatorio. Y no me refiero solo a Wyoming.
(Otro día hablaremos de los políticos-tertulianos que tampoco saben cómo aparcar la bicicleta; la otra cara de la moneda.)