- Con él, siguiendo la senda de Zapatero, el socialismo español vira en dirección al comunismo como en la antesala de la II Guerra Mundial al morder el anzuelo de los llamados frentes populares lanzados por el Kremlin
Por encima de los «tópicos de la pornografía humanitaria», como anotó José Plá a propósito de las promesas de felicidad de los totalitarismos de su época, desplegados este fin de semana por los adalides del comunismo del siglo XXI que orbitan en torno a la dictadura china, con su avatar Pedro Sánchez como anfitrión, este festejo dizque progresista ha supuesto una ofensiva global contra la democracia por quienes se han jactado de preservarla en su cónclave de la capital del golpe separatista catalán. Contemplar cómo reivindicaban la democracia quienes la erosionan y la degradan donde gobiernan equivale en cinismo a «Los Kirchner» de la Moncloa reclamando la abolición de la prostitución y usufructuándola como momio familiar. ¿De cuándo acá el lado correcto de la historia puede marcarlo el despotismo comunista de Xi Jinping y un afecto como Sánchez a su orden tiranicida que atropella la democracia y saquea el erario en beneficio de familia y partido, mientras torpedea el Estado de Derecho para granjearse su impunidad?
Si el socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez eran las viejas «democracias populares» envueltas en ropajes neoindigenistas, ahora se trata del comunismo de hoy ejemplificado en la «dictadura perfecta» china. Claro que nadie en Barcelona osó abrirse de capa porque todavía no es hora de vender el comunismo abiertamente, como hace años les previno el líder de Podemos, Pablo Iglesias, cuyo programa y socios le ha fagocitado Sánchez, a un grupo de jóvenes comunistas en Zaragoza. «Mientras llegamos al poder –les instó– hay que disputarles la palabra democracia al enemigo» porque «mola más que dictadura del proletariado», aunque «teoricemos con que ésta es la máxima expresión de la democracia».
De hecho, varios de los congregados en Barcelona ya acometen con sus gobiernos el tránsito solapado al comunismo de Xi Jinping pervirtiendo las pautas democráticas y vedando la alternancia política. A este fin, Sánchez reviste aquel bolchevismo de Largo Caballero previo a la Guerra Civil con traje de alpaca al igual que Xi Jinping ha mudado el uniforme Mao por el «prêt à porter» de su nomenclatura sin finiquitar represión y dominación.
Nadie en Barcelona osó abrirse de capa porque todavía no es hora de vender el comunismo abiertamente, como hace años les previno Pablo Iglesias
En este sentido, Sánchez incorpora a España al archipiélago comunista chino en detrimento de Occidente y de la Unión Europea usando un antitrumpismo del que se sale, si los electores norteamericanos lo estiman oportuno, amén de regir una salutífera limitación de mandatos, pero no de un comunismo que se impone «por la mentira y el miedo» hasta ser inmutable. Dado que el comunismo no ha tenido sus juicios de Núremberg como el nazismo, al no concebir más tribunal que el de la Historia, éste revive atrayendo a partidos socialdemócratas como fue el PSOE de Felipe González.
Con Sánchez, siguiendo la senda de Zapatero, el socialismo español vira en dirección al comunismo como en la antesala de la II Guerra Mundial al morder el anzuelo de los llamados frentes populares lanzados por el Kremlin. Como instó Stalin a un vehemente Largo Caballero al que pidió paciencia para que su fe de converso no hiciera descarrilar sus planes para una España como kilómetro cero de aquella URSS a la que hoy suple China a lo grande. Aquellos cartelones de la Guerra Civil de los héroes de la Revolución rusa bajo los arcos de la madrileña Puerta de Alcalá podría reemplazarlos hoy Sánchez, si el alcalde Almeida se lo consiente, por los de los héroes de la Gran Marcha maoísta.
Esa estrategia de paso corto y mirada larga con Sánchez como némesis de Trump, de paso que se le trata de humanizar con las gracietas de «tiktoker» que le escriben sus mil y un guionistas de La Moncloa, permite el avance de la fiebre amarilla comunista con una España en babia como aquellos pretéritos jóvenes antifranquistas que se hicieron maoístas sin tener idea de las carnicerías y hambrunas del Gran Timonel. Detrás de estas oscilaciones geoestratégicas de Sánchez, está su férrea obstinación por enfeudarse modificando las reglas del juego, trastocando el censo con nacionalizaciones varias y ejerciendo un «control de la realidad» mediante la mutación de la mentira en verdad oficial en aquello que le incomoda.
A este respecto, Sánchez mantiene a la población en un ¡ay! para sostener un estado de emergencia interminable que justifique cualquier abuso. De ahí que, a partir de ahora, como sucediera con Ayuso, todo será escandalizarse con los pactos autonómicos de PP y Vox como si fuera el fin de los mundos, mientras él es presidente tras comprarle el sillón a separatistas y a la ETA política tras cobrarse el precio que se prometió que no percibiría tras su adiós a las armas por la presión policial, judicial y ciudadana. A estos efectos se valdrá de una atosigante propaganda que, como explicaba Orwell, es como si, en medio de una partida de ajedrez, un participante llama al otro pirómano o bígamo para imposibilitar una discusión sobre lo que está sobre la mesa yéndose por los cerros de Úbeda.
Por eso, al coincidir el sarao barcelonés con la visita a Madrid de Corina Machado, la gran heroína de la libertad contra la dictadura venezolana, esa concurrencia ha sido tan providencial como atinada su decisión de no reunirse con un aliado del régimen de Caracas hasta mejor ocasión. Un personaje sin escrúpulos como «Noverdad» Sánchez, al que le da lo mismo Juana que su hermana, hubiera oído las requisitorias de Corina Machado como el que oye llover. Pero esa foto-trampa le hubiera servido de coartada para transmitir una equidistancia que no es tal. Como tampoco lo es la de su maestro de esgrima, Zapatero, quien instrumentaliza la liberación de algunos presos políticos por las exigencias de Washington para enjalbegar su complicidad criminal con la tiranía caraqueña.
De ahí que esta cariátide humana de la libertad acertara sabiéndole decir «no» a Sánchez, pues hay un límite que no debe traspasarse luego de que el inquilino de La Moncloa deambulará de la cumbre de Santo Domingo de 2019, donde tildó a Maduro de tirano, al viaje clandestino de enero de 2021 de Delcy Rodríguez a Madrid. Con su financiación bajo el brazo, se aupó a la Internacional Socialista y se amigó con el Grupo de Puebla de 2023 tras animar Zapatero a sus integrantes a ponérselo imposible a EE.UU..
A partir de ahora todo será escandalizarse con los pactos de PP y Vox como si fuera el fin de los mundos, mientras él es presidente tras comprarle el sillón a separatistas y a la ETA política
Pero, además, como víctima de los pucherazos del chavismo y del quebrantamiento del veredicto de las urnas, la premio Nobel de la Paz no desaprovechó la oportunidad de formular su esperanza de que los próximos comicios españoles sean «limpios y libres, sin manipulación». No en vano, ella proviene del futuro sustanciado en ese socialismo del siglo XXI que transita al comunismo de esta centuria con las ínfulas apreciadas este fin de semana en Barcelona.
Retrotrayéndose a la Historia, como testimonió Claudio Sánchez Albornoz como testigo de los planes de Largo Caballero y los suyos «que no se resignaban democráticamente a la derrota», conviene no echar en saco roto cómo, tras la victoria sobre la derecha en 1933, los socialistas se comprometieron, por medio de Indalecio Prieto desde la tribuna del Parlamento, «a desencadenar la revolución» que materializaron en octubre de 1934. Y en 1936 se reservaron «el derecho de hacer la revolución» que desembocó en la Guerra Civil. Si otrora no hubo defensa de la democracia, sino «el comienzo de una revolución», otro tanto cabe prever tras batahola progresista del nuevo comunismo del siglo XXI con su anuncio de trincheras y muros. Como aquel berlinés de la vergüenza, cuyo derrumbe desató un optimismo que hizo presumir el fin de un ayer que ahora se quiere transformar en el porvenir que aguarda en este regreso al futuro de la izquierda reaccionaria.