- Por los mismos días, en Madrid, el exilio venezolano acogía masivamente a María Corina Machado. Poca cosa. Ninguna apocatástasis. Nada de épica matarife. Sólo decenas de millares de venezolanos que huyeron de la tiranía
La foto del viernes, en Barcelona, de la «IV Reunión en Defensa de la Democracia» planteaba un inquietante enigma. ¿Qué puede poner de consuno a –por orden alfabético– Gabriel Boric, António Costa, Axel Kicillof, Yamandú Orsi, Gustavo Petro, Cyril Ramaphosa, Claudia Sheinbaum, Luiz Inázio (Lula) da Silva? ¿Y, con todos ellos en santa hermandad, a su anfitrión, el inefable Doctor Sánchez?
–Kicillof es, sin duda, el más enigmático del lote «progresista». Ideólogo y mano derecha –¡cómo si el animalito tuviera otra!– de Cristina Kirchner, fase superior del peronismo argentino. No se requiere gran erudición en teoría política para saber qué es el peronismo. La importación a la idiosincrasia latinoamericana del modelo fascista de Benito Mussolini. Puesta en pie por el espadón Juan Domingo Perón al regreso de su misión diplomática en Italia de las Fascios. Aquel Perón enamorado de la dictadura franquista, que habría de proporcionarle generoso refugio, junto a su momia Evita, cuando las cosas se le pusieron feas en casa. ¿«Defensa de la Democracia», sería pues «Defensa del Fascismo hispanoamericano»? ¿Actualización postmoderna del mussoliniano peronismo?
–Cyril Ramaphosa es el responsable de la matanza de mineros desarmados en Marikana: agosto de 2012. Es también el empresario lo bastante sagaz para hacerse millonario merced a su largo mandato político al frente de la República de Sudáfrica. Socialista y polígamo, por supuesto: pecadillos menores. ¿Homicidio y corrupción serían también sinónimos de «Defensa de la Democracia»? Si Ramaphosa está ahí, puede que lo sean. Sugiero la lectura de John Maxwell Coetzee a los que tengan curiosidad por saber cómo funciona en Sudáfrica ese bonito juego.
–Gustavo Petro, que hoy manda en Colombia, forjó su recio talante en la guerrilla. El M-19 no se andaba con demasiados miramientos. Lo de que el poder estaba en la punta del fusil formaba parte de su fe más firme. Puede que a eso sea a lo que los de la Conferencia Progresista de Barcelona llaman democracia. Pero no sé si los colombianos secuestrados, torturados y asesinados por el M-19 opinarán lo mismo.
–Al lado de tal compañía, Lula da Silva parece casi un respetable hombre de Estado. Tiene, al menos, una trayectoria no tan innoble. Aun cuando cargue con esa inevitable mochila de la corrupción que es consustancial a los caudillos latinoamericanos. Lo pasó mal y aguantó. No es que sea eso garante de escrupulosa democracia, pero algo es algo.
–Con la señora que, en México, se pretende paradigma indígena bajo apellido lituano, mejor no perder el tiempo. Que siga exigiendo perdones. A quien se deje. Y, la verdad, confesémonoslo con tristeza, ver a un señor tan aburridamente respetable como el portugués Costa metido en este cacao, da muchísima pena. Mejor no sigo con el resto de la lista… Así es la vida. Del anfitrión Doctor Sánchez, seguro que a todos nos va a resultar muchísimo más saludable guardar silencio por un día.
Ese amasijo de risa y melancolía me trajo la foto. Y algo más. Un recuerdo que tenía olvidado. 1966. Enero. Primera Conferencia Tricontinental de la Habana. Tiro de archivo. Bajo las materna alas de Fidel Castro y Ernesto «Che» Guevara, «La Tricontinental», reúne a lo más florido de los agentes de la Unión Soviética en el Tercer Mundo. Un plantel de gran lujo, que hoy pone todos los pelos de punta. Y que deja a estos de Barcelona en inanes monaguillos. O bien ecos apagados de la más olvidada noche de los tiempos. Guevara animó a sus colegas de entonces a «crear dos, tres…, muchos Vietnam». ¿Llamarán estos de ahora a «crear dos, tres…, muchas Repúblicas Islámicas de Irán»? Puede. O, tal vez, recomendarán recuperar aquel heroico deporte que Guevara reivindicaba en su ardoroso llamamiento: «El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal».
Por los mismos días, en Madrid, el exilio venezolano acogía masivamente a María Corina Machado. Poca cosa. Ninguna apocatástasis. Nada de épica matarife. Sólo decenas de millares de venezolanos que huyeron de la tiranía. Y que exigen el lujo mínimo de volver a su país para allí vivir con decencia. No es poca cosa en esa Venezuela que masacraron los amigos y socios de don José Luis Rodríguez Zapatero, paternal mentor de Pedro Sánchez.