Juan Carlos Girauta-El Debate
  • El acto de proclamación del archipámpano no podía celebrarse sino en Barcelona, oasis de ilegalidad, archivo de felonías, ciudad con tragaderas suficientes para hacer alcalde a la Colau

Nuestro autócrata daba más juego del que creíamos. Parecía una condena doméstica, el castigo por algún pecado nacional, una plaga española. Pero no. Su vocación era extender el daño, no le bastaba con nosotros. Cierto es que su capacidad de convocatoria no ha estado a la altura de las altas expectativas que el yerno de Sabiniano pone en sí mismo, sin razón que justifique tanto entusiasmo. Él habría querido investirse en Barcelona como nuevo Emperador del Paralelo (con permiso de Lerroux) rodeado de mandatarios europeos. Pero a Macron o a Starmer les ocurre como al triste e imborrable personaje de Melville, que preferirían no hacerlo. Bartleby, el escribiente, se había hundido al convertirlo su trabajo en testigo de esperanzas frustradas, de dolorosas roturas en los hilos de la fortuna. No es el caso de los mencionados, que quiebran minuciosa y deliberadamente el futuro de sus naciones.

La inasistencia de zascandiles y malvados de abolengo no ha desanimado al marido de Begoña. Siguiendo los consejos de alguien indeterminado –quizá de nadie, llevando la indeterminación al límite–, el tipo ha recurrido a Iberoamérica. No se le oculta que, puesto a proclamarse archipámpano de los sacamantecas, su opción más realista era empezar por el sector del narco. Una buena dosis de odio a lo español también le venía bien, al compartirlo con sus socios de siempre, los que le mantienen ahí encaramado. El acto de proclamación del archipámpano no podía celebrarse sino en Barcelona, oasis de ilegalidad, archivo de felonías, ciudad con tragaderas suficientes para hacer alcalde a la Colau, capital del «pudo haber sido y no fue». Y si me permito exponer sin maquillaje la horrible cara de ese agujero de las flotillas antisemitas, ese hormiguero de okupas y antifas, ese cuartel general de la estafa, es porque en Barcelona nací y en ella he vivido casi toda mi vida. Así pues, no tengo que disimular, y menos ahora que ha quedado a la vista aquello en lo que consistía la catalanización de España.

¿Qué mejor sede, pues, para el autoensalzamiento del hermano del hermanísimo? Dos fuerzas magnéticas se han unido para atraer conjuntamente a lo peor de la política mundial: la personal del siniestro Sánchez y la telúrica de la ciudad que fue, como la bautizó, implacable, el Federico que fue. Exterroristas (si es que se puede ser tal cosa), amigos del narco que devuelven favores, delincuentes comunes resucitados, carcamales del Partido Demócrata. Y por vídeos, varios que no acaban de verlo claro pero apuestan un dólar a Sánchez, no vaya a saltar la sorpresa y acabe siendo de verdad el líder de toda la escoria planetaria. La apestosa ceremonia se celebró tras el regreso de China, donde el piernas mostró su posición favorable a la anexión de Taiwán. En privado, eso sí. Pero ya ves lo que significa privado para Xi. Entre tanto, procesaban a la archipámpana consorte. En consecuencia, un propio que tienen para dar palizas, un tal Bolaños, se ensañaba con el juez.