- Si se abuchease el de Marruecos en un estadio español, o a un pase de carrozas LGTB, el Gobierno denunciaría por graves «delitos de odio»
España, único país del planeta donde se ha convertido en un rito tolerado que se pite y abuchee el himno nacional en una de sus más relevantes finales deportivas. Se trata además de una competición histórica, que se disputó en 1903 por vez primera y es la más antigua de la nación. El asunto se agrava porque la cita cuenta siempre con la presencia en el palco de la máxima magistratura del Estado, el Rey, al que acompañan entre otras autoridades el presidente de la región donde se disputa el partido y el de la Real Federación Española de Fútbol.
El 2009, jugaron la final el Athletic Club y el Fútbol Club Barcelona, disputada en el estadio valenciano de Mestalla. Fue la primera gran pitada de las aficiones. Es decir, no estamos ante un rito ancestral. Durante 106 años todo discurrió con normalidad. A nadie se le ocurrió la gilipollez de pitar al himno por motivos políticos. Pero desde 2009 siempre sucede lo mismo. Si llegan a la final el Barcelona, el Bilbao o la Real Sociedad se da por descontado que sus aficiones silbarán e insultarán cuando se interprete el himno de España.
Las primeras veces que se produjo esa falta de respeto a España y sus símbolos se suscitaron muchísimas quejas y grandes debates sobre cómo atajarla. Al final lo único que se hizo fue subir el volumen del himno, pero los insultos continuaron y cada vez son objetos de menos atención y menos críticas. El Gobierno, que es rehén de los separatistas y les debe el poder, no hace el más mínimo comentario, y el público –o parte de él– se ha acostumbrado a esta anormalidad.
Por supuesto si se silbase en un estadio español al himno de Marruecos, o si hubiese insultos en masa al paso de un desfile de carrozas LGTB, el Gobierno saldría en tromba a lamentarlo, abriría investigaciones por graves «delitos de odio» y Sánchez aparecería en la tele con ojillos de cordero degollado y voz queda para denunciar muy compungido «la deriva ultra de la derecha y la ultraderecha». Pero al himno de España y al Rey, pues que les vayan dando… Se deja pasar. Se transige con la misma indiferencia que se aplica cuando en las dos regiones superprimadas, Cataluña y el País Vasco, catervas de radicales queman banderas de España o retratos de Felipe VI. ¿Se imaginan que en una grada del Nou Camp ocupada por hinchas españoles de otras regiones se silbase el himno catalán? El fin del mundo.
«Espectáculo, calidad y deportividad. Ha sido un partido lleno de emoción», resume Feijóo en su cuenta de X. Espectáculo, calidad, deportividad… y una pitada al himno de España y al Rey como una casa. Hay que defender un poco a España y no hacer el avestruz cuando la insultan.
Me tocó ir por la Real en la final, por compartir el entusiasmo de mi mujer, que es donostiarra y muy churiurdina desde niña. Pero la verdad es que cuesta simpatizar con un equipo cuya afición te excluye enarbolando sus ikurriñas, como pidió Otegi a su afición antes del partido, y que despliega todos sus carteles y banderolas en vasco (una impostura nacionalista, pues la verdad es que el idioma de uso diario del 85 % de los vecinos de San Sebastián, ahora «Donosti», es, ¡horror!… el español).
Considero que los clubes de fútbol no deberían lucir más símbolo en sus camisetas que sus escudos. Pero aún así, reconozco que el Atlético de Madrid, con la bandera española en su espalda, te hace más fácil integrarte en su familia que la Real, porque todos somos españoles. La línea que han adoptado la Real Sociedad y el Athletic es la misma que acabó echándonos del barcelonismo a tantos que de niños nos habíamos enganchado al Barça con la llegada de Cruyff y Neeskens. Llega un momento en que se vuelve imposible simpatizar con un equipo que se declara antiespañol de manera militante.
Regresemos a los pitos al himno. La solución es sencillísima. Si alguien pita el himno de manera notoria, el partido queda suspendido y no se disputa. ¿Drástico? Es la manera de hacerse respetar. Finales de Copa habrá muchas, no pasa nada porque una no se juegue. Pero lo que no se puede admitir es que insultar a los símbolos de España y a su jefe de Estado se convierta en una liturgia tolerada por el poder político y por las autoridades deportivas. Algo, por cierto, que ellos, los separatistas, jamás consentirían en sus estadios.