José María Ruiz Soroa-El Correo

  • Acaban de decirnos que la lengua propia es cosa de todos, así que, como también es cosa mía, he pensado que podría hablar sólo la lengua impropia de mis padres

Paseaba yo por las faldas de la Sierra Salvada el Domingo de Resurrección cuando me encontré de frente con la teoría del caos. Venía resoplando, cargada como iba de un montón confuso de identidades a medio hacer y desechos de pueblos sin fuste ni concierto, a modo de un buhonero de la realidad mundial más desordenada que puedan imaginar. Hasta me pareció ver un pedazo del tupé zanahoria de Trump entre sus baratijas.

¡Aúpa!, le saludé, ¿qué es de tu vida, cómo tú por aquí? Ni me hables, bufó, vengo escapada de las tierras bajas, por donde anda suelto un Pueblo sin igual, uno con Identidad y pulso que es capaz de sostener el rumbo en lo universal, guiar a su ciudadanía y ser un entorno confiable para las personas. No hago carrera con ese Pueblo, todos mis intentos de desordenar un poco la vida fracasan ante su firmeza. Es un Pueblo que no se limita a estar como todos los demás, no es un pueblo víctima, es un Pueblo que se vive a sí mismo y se levanta. Mira, por ahí detrás llega. ¡Hasta nunca, me vuelvo al páramo!

En efecto, por la senda apareció ufano el Pueblo, cargado con una mochila repleta de identidad y con una vara de avellano estriada de carácter, lengua propia y acervo cultural. ¿Tú, qué andas?, me soltó de entrada. Bueno, yo solo paseaba por el monte, farfullé, vivo por ahí abajo, no quiero molestar… ¿Y la identidad?, me espetó con cara inquisitiva. Pues, así, en la mochila llevo una naranja y un bocata de queso, igual valen, se me ocurrió. No, no valen, pero tranquilo, si andas por aquí te daremos caldo diario y, con un poco de suerte, llegarás a ser Pueblo. Es muy energético y nutritivo, y además te facilita la vida. Tiempo al tiempo. Y si tú no, tus nietos.

Aquí nos encanta la diversidad y la diferencia, me dijo sonriendo. Tanto que todos somos iguales en la diferencia, somos homogéneamente diferentes. Tú mismo, puedes ser como todos si te esfuerzas y cultivas tu alma identitaria.

¿Y eso de la identidad es bueno?, indagué por no cortar la conversación. Esencial, lo descubrió nuestro maestro de la casa en el valle hace años: «Los pueblos con identidad tienen propensión a hacer las cosas bien». O sea, que hay pueblos sin identidad, reflexioné. Pues claro, hay pueblos con nada de identidad, o con una identidad floja, o mezclada que es peor todavía. Pero hay uno, el Pueblo, que rezuma identidad debido a su carácter, su lengua y su historia, y ese es el nuestro, lo descubrimos hace unos siglos. ¿Los demás no tienen entonces historia, y carácter, y lengua?, me asombré. ¿Y tú no sabes quién manda aquí?, me contestó. Pillé a tiempo la indirecta y asentí cabizbajo. ¡Claro, claro!

Siguió ufano: otro Primer Líder lo proclamó hace años: «Somos una sociedad modélica, porque tenemos una cultura modélica, con valores de esfuerzo, rigor y sacrificio y de intentar hacer las cosas bien… Aquí no hay corrupción porque tenemos valores». Y el actual Líder acaba de dejárselo clarito a los franchutes, que son unos vecinos un tanto corrompidos del norte: «Aquí no hay extrema derecha, porque nos gobernamos nosotros». El fascismo es cosa de otros pueblos sin suficiente identidad. Miré las escasas nubes que dejaba ver el hayedo; me atreví: bueno, pero ¿no hubo un índice de muertos por impacto un tantico elevado hace años? ¿No había unos que mataban por el Pueblo? ¿No me suena que ahora mismo hay unos jóvenes que atemorizan y violentan por el Pueblo? No compares, no tienes ni idea, eso fue un desvío transitorio, pero no tiene nada que ver con el fascismo, Pueblo y Fascismo son un oxímoron, es agua pasada, solo los reaccionarios de Abascal son fascistas. «Por cierto que nació ahí abajo», susurré atrevido. «Me pareces un tanto recalcitrante, no sé si podremos arreglarte al final, por cierto ¿cómo andas de lengua propia?».