IGNACIO CAMACHO-ABC

  • Las señales de alarma se notan en los detalles. Y quizá la escasez de hielo anuncie el fin de nuestra fiesta constante

En la casa de mi infancia había una nevera de hielo. Tenía unas paredes gruesas, de plomo, para mantener un frío que salvo en el recipiente del agua, situado en la parte de arriba, era sólo relativo. El agua salía de un serpentín helada, en efecto, aunque el armatoste, que no podía llamarse con propiedad electrodoméstico, era del todo ineficaz para conservar los alimentos ni siquiera aproximadamente frescos. El hielo lo traía cada mañana, cortado en barras, un muchacho en un motocarro que venía a ser una versión modernizada del tradicional ‘carro de la nieve’, nombre popular que aún conserva una editorial sevillana. A los niños nos chocaba que el repartidor usara guantes en pleno verano para coger aquellos grandes lingotes blancos, llenos de agujas internas semejantes a estalactitas con sus picos afilados, hasta que comprobamos que quemaban al tacto –«no fue un sueño, lo vi: la nieve ardía», dice un poema de Ángel González– dejando en las manos la sensación seca de un pinchazo. Cuando mi padre, que había priorizado el televisor, compró el primer frigorífico, sentimos que nuestra vida cotidiana experimentaba un salto cualitativo y los hermanos nos peleábamos por encargarnos de llenar con agua del grifo las tentadoras bandejas metálicas de cubitos. Estos aún tenían escasa cohesión molecular y se derretían rápido en los vasos, pero a nosotros nos parecía haber ingresado de golpe en el confort cuasi mágico de las cocinas que solíamos ver en los telefilmes norteamericanos.

Esa memoria remota la agita ahora, a modo de magdalena proustiana, el desabastecimiento de cubitos prefabricados. Que no se debe sólo a las olas de calor sino a que el alza de precios de la luz y del plástico ha limitado su producción en primavera por el elevado coste de almacenarlos. Hay restricciones de compra en los supermercados, como sucedió con el papel higiénico durante la pandemia, y los dueños de bares y discotecas los racionan –y hasta los cobran– mientras llenan de quejas los telediarios y la prensa. Desde la irrupción del Covid nos hemos empezado a dar cuenta de que la escasez y el racionamiento, conceptos de los que apenas teníamos lejana noticia por el relato de los más viejos de la familia, están entrando cada vez con mayor frecuencia en nuestras vidas: comenzaron con las mascarillas, han seguido con la energía y otras materias primas y en algunos lugares de España hay ya cortes de agua por la sequía. Mira por donde resulta que el mundo no era tan seguro ni tan fácil como creíamos en nuestra burbuja de aparente bienestar invulnerable, ni avanza siempre hacia adelante, ni los bienes de consumo ordinario son gratis. Muchas veces las señales de alarma se notan mejor en los detalles. Y el recuerdo de aquella reliquia de nevera remueve en la conciencia la certeza de que cuando el último hielo se licúa en la copa está a punto de acabarse la fiesta.