IGNACIO CAMACHO-ABC

  • La civilización necesita a Israel resistiendo en ese muro de hierro, pero la razón moral no puede avalar cualquier método

En la película ‘Algunos hombres buenos’, de Rob Reiner, el coronel Nathan R. Jessup (Jack Nicholson) es un alto jefe militar norteamericano envuelto en un juicio por la muerte de un ‘marine’ en la base cubana de Guantánamo. El joven abogado Kafee (Tom Cruise) lo somete a interrogatorio ante la sospecha de que el fallecido fue víctima de un expeditivo proceso disciplinario conocido como «código rojo». En esa famosa secuencia, Nicholson estalla en un brutal monólogo en el que se reivindica como guardián de la libertad de todos. Es una escena tensa repleta de frases de oro: «Sabes que me necesitas en ese muro», «te acuestas bajo la manta de una libertad que yo te proporciono y te permites cuestionar mis modos». El guión plantea un dilema moral eterno, el del fin y los medios, el de la borrosa frontera donde la defensa del sistema choca contra el respeto a los derechos y debe decidir si cierra los ojos o se mira con sinceridad en el espejo de sus propios principios éticos.

En días como éstos, la conciencia del mundo occidental ha de elegir entre la recta integridad de Kafee y el despiadado pragmatismo de Jessup. El Estado de Israel es el muro que resguarda en Oriente Próximo los valores en los que creemos, pero a menudo lo hace con escasos miramientos porque desde su mismo origen sobrevive bajo un acoso bélico con visos de convertirse en perpetuo. No obstante los europeos, salvo esa izquierda anclada en la hemiplejía ideológica heredada de un largo tiempo de obediencia al bloque soviético, reconocemos a los ciudadanos hebreos como parte de los nuestros. Sólo que la pertenencia al orden democrático tiene unas reglas, un patrón de conducta que incluye la observancia de las leyes incluso en la guerra. Una sociedad libre, ilustrada y abierta está voluntariamente comprometida a serlo también a la hora de responder a las amenazas externas. Los ‘códigos rojos’ y demás recursos de violencia extrema no pueden aplicarse sin rendir cuentas.

El Estado judío tiene legitimidad y razón para devolver la agresión a Hamás atacando en su guarida de Gaza. Se llama derecho de represalia. Y a la vez está en la obligación de hacerlo de manera justa y con la fuerza adecuada. Justa, que no proporcionada porque la proporcionalidad a la inhumana barbarie terrorista exigiría en rigor una matanza a gran escala. La superioridad moral hay que demostrarla en las peores circunstancias, en las más dramáticas. La civilización necesita a Israel resistiendo en ese muro de hierro, pero no con carta blanca para usar cualquier método que suponga tragarse los remordimientos por el simple hecho de que los criminales actúan sin complejos. La principal diferencia entre los malos y los buenos consiste en que éstos sienten escrúpulos ante el sufrimiento ajeno. Y es preciso seguirlos sintiendo cuando la maldad da pretexto para desencadenar una tormenta de sangre y fuego.