Teodoro León Gross-ABC
- La salmodia del Gobierno sobre el crecimiento económico tiene luces pero también demasiadas sombras. Eso sí, el relato triunfalista no decae
El Gobierno, con la pancarta del ‘No a la guerra’ desdibujada, se aferra a la letanía de la prosperidad económica. El nuevo número dos del gabinete se suma de micrófono en micrófono, como un vendedor de biblias del medio Oeste, al relato oficial: vamos como un cohete. La frase ya la ha gastado Pedro Sánchez, nuestro genuino ‘Rocket Man’, y todo su corifeo de La Moncloa… No hay discurso gubernamental en el que no se repita que España es la economía desarrollada que más crece, por más que el Fondo Monetario Internacional después le haga un aguafuerte a ese ‘milagro económico’. Claro que probablemente ningún español necesita al FMI para preguntarse: «¿Y entonces yo por qué estoy tieso?».
Los titulares triunfalistas del Gobierno, orbitando en su cohete más allá de la realidad, resultan marcianos para quienes no llegan a fin de mes. El PIB per cápita crece la mitad que el PIB. En definitiva, el Estado crece pero la gente se empobrece. Es una ironía que la izquierda se haya convertido en adalid de la macroeconomía, desentendiéndose de la pérdida de poder adquisitivo de los salarios. Desde la pandemia, hay dos millones más de afiliados a la Seguridad Social, en gran parte empleo de baja cualificación. La llegada masiva de inmigrantes que prosperan en España es buena cosa, pero la realidad es que el trabajador ha ido a menos. Descontada la inflación, los salarios en España no han aumentado en el siglo XXI. Incluso Yolanda Díaz admite que la comparación con Europa le saca los colores, con un sueldo ‘típico’ de mil seiscientos y pico. Los alimentos y la vivienda se han encarecido por encima de las rentas, y buena parte de las mejoras salariales se las ha llevado el IRPF al no actualizarse con la inflación. Este es el cohete real a pie de calle, y no despega.
España ha disfrutado de un tiempo de bonanza, favorecida por los fondos europeos y una recaudación de récord, pero se ha desaprovechado la oportunidad sin llegar al tejido pyme y olvidándose de los peatones desde los coches oficiales. Ellos se irán y el marrón será para otros. El aguafuerte del FMI, de hecho, tiene muchas aristas. No se ha recortado la brecha de productividad, mientras se acumulan horas de trabajo poco cualificado y subempleo. El turismo y el consumo público tiran del carro, pero la inversión necesaria para la transición energética y digital sufre la inseguridad jurídica por la persecución fiscal a las empresas. La vivienda es un agujero negro, pero en lugar de la oferta, lo que aumenta es el intervencionismo letal. La salmodia del Gobierno sobre el crecimiento económico tiene luces pero también demasiadas sombras. Eso sí, el relato triunfalista no decae. Claro que después de saber, por Yolanda Díaz, que China está consolidando el Estado de derecho… se entiende todo mucho mejor. La relación del Gobierno con la realidad es, como en las películas, pura coincidencia.