El convento

ABC 10/05/17
IGNACIO CAMACHO

· Esa hilarante carta es el testimonio de una monumental estafa a su propio pueblo. El del destino manifiesto

EL columnista ve la carta de la esposa de Jordi Pujol a su banco de Andorra y se siente ante un fácil jornal ganado a cuenta de los ya célebres misales de la madre superiora. En este oficio se cotizan bien la metáfora y la broma, y el ingenio se desparrama solo ante la hilarante misiva –escrita, para mayor comicidad, con la severa circunspección que en Cataluña se estila para las cosas del dinero– de doña Marta Ferrusola. Blanco fácil: tres chistes y a otra cosa. Se prestan a ello el personaje, la situación, el contexto; por decirlo en su berlanguiano lenguaje, todo es bueno para el convento. Pero quizá el periodismo exija un poco más que guasa en este difícil tiempo, un mínimo de reflexión que trate de trascender el obvio esperpento. La chispa popular ya se ha desparramado en el cachondeo tuitero; sin embargo, si lo miramos bien, se trata de uno de esos asuntos que Machado llamaría perfectamente serios.

Porque cuando se escribe esa carta Pujol era presidente de Cataluña. En concreto se estaba sometiendo esos días a la investidura de uno de sus múltiples mandatos. Moviola mental: la señora que escribe en esa descacharrante clave a su banquero era la primera dama en ejercicio de la autonomía catalana. La mujer del llamado padre del catalanismo moderno, el político que prometía comportarse con la máxima honradez en ese mismo momento. Ella está al frente del dinero (opaco) de la familia, es la matriarca que controla una fortuna irregular y usa ese cifrado de involuntaria jocosidad para evitar que quede constancia formal de sus manejos. Porque es perfectamente consciente de estar haciendo algo ilegal, deshonesto.

Eso sucede en 1995, una fecha lejana en la que el clan Pujol llevaba ya años apaleando millones en secreto. Negocios sostenidos en la hegemonía política, en un poder territorial que el president ejercía con brazo férreo. También con un discurso victimista de perpetua reivindicación que consideraba compatible con la generalizada costumbre de aplicar a los contratos públicos una comisión venal del tres (o más) por ciento. El hombre que blasonaba de ser el paradigma del catalán trabajador y adornaba su cargo con el adjetivo de Muy Honorable practicaba la evasión fiscal con cuentas en el extranjero. Ya lo sabíamos, sí, y lo que es peor: lo sospechábamos antes de saberlo. Pero no es lo mismo una certeza moral que la constatación testimonial de los hechos.

La autora de la nota monjil es, además, la persona que hace pocos meses dijo no tener «ni cinco» ante el Parlamento. Esa declaración, y la de su marido, muestran un desparpajo asombroso para mentir a la representación del pueblo catalán, el del mitológico destino manifiesto. Sugieren décadas de embustes, de ocultación, de concusiones camufladas bajo la cínica solemnidad de una misión histórica. Ahora volvamos a la carta de marras: ¿a que ya no parece tan graciosa?