Ignacio Camacho-ABC
- La alternativa al sanchismo no sólo implica el desmantelamiento de su proyecto sino la renuncia a calcar sus mismos métodos
Ahora va a resultar que el Senado sí servía para algo. Aunque sólo sea –sólo es– para asegurarse el control del Tribunal Constitucional y manejarlo como quien pastorea un rebaño. Ése es el verdadero objetivo de las listas unitarias del PSOE y el Frente Amplio, y de la fórmula más o menos simétrica que el PP y Vox andan negociando después de que la izquierda los pillara a contramano. Ya no se trata de buscar una mayoría absoluta para controlar al Gobierno como en este mandato sino una de tres quintos o, en el peor de los casos, de impedir que la consiga el adversario y pueda nombrar de una tacada cuatro magistrados. Acabáramos. Qué tiempo aquel en que fuerzas regeneracionistas como Ciudadanos proponían suprimir la Cámara Alta para ahorrar gastos.
Como siempre, el primer movimiento frentista lo ha hecho Sánchez. Acostumbrado a pensar en apropiarse de las instituciones se ha alarmado al ver que los rivales tienen a su alcance la posibilidad de acaparar los órganos constitucionales. Y ha puesto a la derecha ante el debate de descolonizar los mecanismos de contrapeso, los ‘checks and balances’, o seguir la lógica binaria –el sanchismo a la inversa– que desean muchos de sus votantes. El Senado, el tradicional aparcadero donde los partidos depositan a los subalternos que no caben en los puestos medulares, adquiere así una importancia instrumental sobrevenida en el lamentable forcejeo por los poderes de arbitraje cuya primordial independencia, caretas fuera, ya no parece interesar a nadie.
En plena lid electoral no se le puede exigir a la oposición el cumplimiento de las reglas que la ingeniería estratégica del Ejecutivo retuerce en su propio beneficio. Sería absurdo disputar esa partida crucial con protocolos de conducta distintos. Pero sí hay que pedirle que si vence se esfuerce por volver a los principios demolidos en esta marrullera legislatura de anomalías institucionales y subterfugios legislativos. A los códigos no escritos de una democracia basada en valores de juego limpio, consenso social, transversalidad parlamentaria y respeto político. Eso significa, para empezar, garantizar la autonomía y equilibrio de los dispositivos de supervisión –con la justicia al frente– sin ceder a la tentación ventajista del partidismo.
El presidente ha planteado las elecciones en términos plebiscitarios y así van a ser al margen de que las dos formaciones conservadoras ultimen o no un acuerdo para contrarrestar la maniobra de la sedicente coalición ‘de progreso’. Pedro quiere recrudecer aún más el enfrentamiento de bloques y vaciar el espacio de centro, y tendrá una confrontación a cara de perro y un centro desierto. Eso ya no tiene remedio. Lo único que cabe esperar es que si su resistencia fracasa en el intento no se lleve por delante los últimos restos de cordura política y escrúpulo moral que hayan salido ilesos de esta etapa de antagonismo extremo. Porque la alternativa al sanchismo no sólo implica el desmantelamiento de su proyecto sino la renuncia a emular sus métodos.