El diálogo del terror

ANTONIO ELORZA, EL CORREO 22/03/13

· Bildu y Sortu se sitúan más allá del bien y del mal: si no hubo crímenes de ETA, solo acciones patrióticas, los terroristas encarcelados merecen la libertad. Y los demócratas colaboran en la labor de encubrimiento.

En su reciente discurso como nuevo presidente del Senado italiano, el magistrado Pietro Grasso, incansable luchador desde los años ochenta contra la el crimen organizado, evocó la reacción de la viuda del escolta fallecido en el atentado de la Mafia que costó la vida también al juez Falcone y a su mujer. Estaba dispuesta a perdonar a los asesinos, pero siempre que estos, de rodillas, reconocieran sus crímenes. Grasso, hasta hace poco fiscal nacional Antimafia, asumía las palabras de la viuda. No resulta inútil tomar en consideración el episodio, a la vista de cuanto sucede en Euskadi, donde estamos viviendo el fracaso de la voluntad política mayoritaria, consistente en buscar una reconciliación sobre la base de que sean las propias gentes de ETA y de su entorno político quienes aborden una autocrítica al quedar lejos los años de plomo. Por lo menos, que como hicieran varios dirigentes de las Brigadas Rojas, asuman la inutilidad de la opción terrorista.

Las rotundas declaraciones de Laura Mintegi sobre el atentado contra Buesa alejan cualquier duda, y también toda expectativa de que en la izquierda abertzale se abra el camino de una reconciliación auténtica, esto es, fundada sobre el reconocimiento de las responsabilidades de quienes protagonizaron la estrategia de ETA o la apoyaron. Decir que Buesa fue una «víctima de origen político» equivale pura y simplemente a situar al terrorismo dentro del ámbito de la política, que es algo bien diferente de reconocer que el terrorismo tiene una finalidad política. El terror no es un procedimiento político, sino un medio de actuación que desde el exterior busca, como ha buscado ETA a lo largo de la Transición, la suplantación de la democracia por el crimen, envuelto eso sí en una serie de eufemismos de dignificación (‘lucha armada’, ‘alternativa democrática’). Por si hubiera alguna duda en cuanto a la interpretación, Mintegi la elimina al añadir que con «el diálogo» esa muerte no se hubiera producido. Es decir, únicamente aceptando los términos exigidos por ETA en su integridad, como las negociaciones de Loyola acababan de probar, los demócratas podían escapar a la eventual secuencia de ejecuciones decretadas por la banda patriótica. En los términos fijados por el Tribunal Constitucional, no cabe legitimación retrospectiva más precisa del significado histórico de ETA.

Como siempre, entra en juego el mantra ‘diálogo’ para edulcorar lo que en realidad es aceptación negociada de las exigencias del grupo terrorista. Incluso en los elementos simbólicos, como esa nación llamada Euskal Herria que en nombre del Gobierno admitió de entrada Eguiguren en sus conversaciones con el Mal, para sorpresa de sus interlocutores. ¿Qué concesión política estaba dispuesta a admitir ETA? El mismo problema se plantea en estos días al recordar en Italia el aniversario del secuestro y asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas. Las buenas conciencias, entonces y ahora, insisten en que debió existir ‘diálogo’ y que pudo hacerse mucho por salvar al dirigente democristiano, y no se hizo. Los brigadistas habrían tenido entonces razón al dejar el cadáver entre las sedes de Democracia Cristiana y PCI, responsables sugeridos. La pregunta es obvia: ¿con los documentos y las autobiografías de brigadistas en la mano, hay quien dude de que solo la aceptación ‘in toto’ de las exigencias de las Brigadas hubiera evitado el asesinato?

El problema del terrorismo es político, por lo que tiene de destrucción de la política, y también, en contra de cuanto opina Mintegi, ético, ya que como sucede en el propio caso vasco, el imperio del terror supuso la pérdida de toda conciencia moral en los verdugos –léase patriotas de la muerte-, la perversión del sentido cívico en tantos que callaron ante los atentados –¿qué hizo usted?– y, en consecuencia, la degradación moral en buena parte de la sociedad. En el centenario de Maquiavelo, la portavoz Mintegi opta por César Borgia, la estricta amoralidad, lo cual ni siquiera es inteligente en el plano político. Pedir perdón, reconocer responsabilidades, es algo simplemente humano; lo contrario de la deshumanización del terror.

Así Bildu y Sortu se sitúan más allá del bien y del mal. Y si no hubo crímenes de ETA, solo acciones patrióticas, los terroristas encarcelados merecen la libertad. Los demócratas colaboran en la labor de encubrimiento, y nada mejor que la elección de Jonan Fernández para mostrarlo, poniendo por delante el reconocimiento de todas las víctimas, lo cual impide establecer una jerarquía clarificadora, cuyo punto de partida inexcusable consiste en destacar que la dinámica del terror fue cosa de ETA. La clarificación de su protagonismo resulta primordial, sin que ello suponga olvidar la fase de terrorismo de Estado, ni la vulneración de derechos humanos. El bombardeo de Dresde no borra los crímenes contra la humanidad nazis.

Ya en los años 60, el odio a España, antes que al franquismo, diferenciaba ya a ETA de cualquier otro movimiento de oposición, a pesar de que la opresión del régimen se ejerciera sobre toda España. Su estrategia del terror instauró además en Euskadi el reinado del miedo durante décadas y sembró en la sociedad un totalitarismo horizontal, que en medios rurales excluyó de hecho la presencia pública de toda expresión ideológica no nacionalista. Tal como va cobrando forma, el proyecto de «consolidar la paz y normalización social» marginará por entero esta dimensión. Así que Sortu, como único grupo socio-político con alta cohesión interna, acabará imponiendo unas pautas de falsificación histórica ya observables, cuyos polos serían ver en ETA la expresión del patriotismo vasco, y en las víctimas del terrorismo, obstáculos por su ‘espíritu de venganza’ frente a la necesaria ‘reconciliación’. La inminente y justa invalidación de la doctrina Parot vendrá en ayuda de ese propósito.

ANTONIO ELORZA, EL CORREO 22/03/13