Alejo Vidal-Quadras-Vozpópuli
- ¿Tuvo el universo un principio y tendrá un fin o es eterno? ¿O quizá cíclico?
Como millones de españoles, el miércoles pasado me situé en un punto de observación adecuado -en mi caso el mirador de El Remedio en la costa cántabra- para disfrutar del eclipse de sol. Por desgracia, el cielo estuvo cubierto de nubes y los centenares de observadores que nos habíamos reunido en tan privilegiado punto con idéntico propósito astronómico nos tuvimos que conformar con el progresivo oscurecimiento del hermoso paisaje hasta sumergirnos en una noche cerrada durante breves minutos para volver gradualmente a la luz. Una experiencia sin duda interesante y sobrecogedora, pero de la visión espectacular del disco ígneo tapado por la luna, nada de nada.
A pesar de esta parcial frustración, ser testigo del raro fenómeno que no tenía lugar en nuestro país desde 1905, abrió la mente de no pocos de los que nos habíamos instalado con silla plegable, picnic y gafas homologadas en el borde del impresionante acantilado a interrogantes, temores y angustias que normalmente no están presentes en el espacio consciente de nuestro cerebro. En primer lugar, el asombro ante la capacidad de predecir con una precisión de segundos el comienzo y el final del esperado acontecimiento celeste debido a nuestro exacto conocimiento de las ecuaciones que rigen el movimiento de los planetas y satélites que forman el sistema solar a partir de la formulación de la mecánica newtoniana, del cálculo diferencial y de la ley de la gravitación universal, que establece que dos masas se atraen de manera directamente proporcional a su producto e inversamente proporcional a la distancia que las separa. Solamente este extraordinario poder ya sume en una admiración reverencial al común de los mortales. Si afinamos más y recordamos que semejante y casi infalible combinación de las matemáticas con el manejo de las fuerzas que rigen el cosmos es válida únicamente cuando las velocidades relativas de los cuerpos que interactúan son pequeñas comparadas con la velocidad de la luz y que, si son comparables, entonces los maravillosos desarrollos que han permitido acertar con la hora del eclipse con extraordinaria exactitud ya no sirven y hemos de recurrir a otro marco teórico, el de la relatividad especial, nuestra desazón se acentúa. Y no digamos al saber que, de hecho, la explicación del campo gravitatorio es geométrica y viene gobernada por la teoría de la relatividad general, noticia que nos arrastra al desconcierto extremo.
El principio de incertidumbre
Todo lo anterior se aplica a la realidad macróscopica hasta distancias siderales, pero en el mundo de lo muy pequeño, moléculas, átomos, partículas elementales, entramos en el dominio de la mecánica cuántica, donde reina el principio de incertidumbre y las posición de un electrón o de un protón no puede ser fijada con exactitud, sino por una función de probabilidad y donde un fotón es a la vez corpúsculo y onda y se comporta como uno u otra dependiendo de como lo observemos.
A partir de estas cogitaciones, surgen irrefrenables las grandes preguntas: ¿Por qué existe lo existente? ¿De dónde surgió la materia, que se transforma en energía y viceversa? ¿Por qué las constantes universales que gobiernan la evolución del universo, la gravitatoria, la velocidad de la luz, la constante de Planck, tienen exactamente el valor que encaja a la perfección con la riquísima variedad de todo lo que nos rodea y nos rebasa, los astros, la vida, nuestra conciencia de nosotros mismos, el brillo de un relámpago, el abismo voraz de un agujero negro? ¿Es posible una estructura tan vasta y compleja sin una Inteligencia Superior que la haya concebido o es fruto del puro y ciego azar? Cuando dentro de cinco mil millones de años el sol se apague y se transforme en una estrella gigante roja que engulla la Tierra, ¿seguirá habiendo humanidad o nuestros descendientes después de un tiempo de duración cósmica serán de otra naturaleza y habrán poblado otros planetas?
Los torturadores misterios
¿Descubrirán un día los seres humanos la manera de unificar lo minúsculo con lo enorme, en una Teoría del Todo perseguida en vano por Albert Einstein, Stephen Hawking y otras cabezas privilegiadas? ¿Tuvo el universo un principio y tendrá un fin o es eterno? ¿O quizá cíclico? ¿Nos contempla un Dios omnipotente y omnipresente o los dioses son una fantasía consoladora de una especie que en un rincón de una entre miles de millones de galaxias se debate entre la contingencia y la trascendencia?
Pasado el eclipse, hemos vuelto a la rastrera cotidianidad, a un caos de guerras absurdas, ambiciones reptantes, redes sociales desatadas, inmigración ilegal masiva y filias y fobias irracionales. Aunque no debemos perder la esperanza, quizá el siguiente nos sitúe en un plano intelectual y moral más elevado y podamos al fin vivir en paz y reconciliarnos con los torturadores misterios que nos acechan y nos habitan.