El eslabón perdido

JOSEBA ARREGI, EL CORREO 01/05/14

Joseba Arregi
Joseba Arregi

· Al asumir la existencia de dos entidades separadas y distintas, Euskadi y España, se hace imposible el respeto a las distintas sensibilidades.

Parece que la ponencia que va a tratar de la reforma del Estatuto de Gernika –conocida como la reforma para buscar un nuevo estatus para Euskadi en su relación con el Estado– poco a poco se pone en marcha. Siendo uno de los puntos básicos del programa de gobierno del gabinete Urkullu, no parece que el grupo parlamentario del PNV tenga prisa especial en llegar a parte alguna, a no ser que las urgencias, o la falta de ellas, dependa más de factores externos como lo que suceda en Cataluña y lo que suceda en Escocia, puesto que las elecciones de Quebec ya han sido y no han sido muy prometedoras en sus resultados para ningún nacionalismo.

Pero ya que la ponencia se ha puesto en marcha, el lehendakari Urkullu ya ha hecho saber qué es lo que él espera de esa ponencia. Habla de que el acuerdo debe ser incluyente entre las distintas sensibilidades políticas. Algo que suena muy bien, que se parece a la exigencia de que nada puede definir políticamente a la sociedad vasca que no pase por el respeto, con todas sus consecuencias, de su pluralismo estructural. Pero no termina de estar del todo claro que la inclusión de las distintas sensibilidades signifique precisamente eso, pues desde el mundo del partido nacionalista se escuchan voces que no son fácilmente compatibles con esa voluntad inclusiva. Cuando se escucha que una minoría no puede bloquear la voluntad de la mayoría, la inclusión parece difícil.

Cuando se escucha que la relación entre Euskadi y el Estado debe ser una relación en pie de igualdad, es posible que la duda haga acto de presencia sobre el significado de la inclusión de distintas sensibilidades. Cuando se escucha que lo que pretende el PNV es extender la relación fiscal con el Estado establecida en el Concierto Económico al plano político para que esa relación sea también concertada –en el fondo una relación confederal– las dudas sobre la inclusión empiezan a dejar lugar a otras sensaciones.

Por referencias de prensa sabemos cuáles son los elementos que incluye el lehendakari Urkullu como básicos para la ponencia de reforma del estatuto. El primero es el de llegar a establecer una relación en pie de igualdad entre Euskadi y España. El segundo el de respetar todas las sensibilidades. El tercero la necesidad de dotar al nuevo estatus de legitimidad legal y democrática. El cuarto la afirmación de que la sociedad vasca tiene derecho a ser consultada y a decidir su futuro. El quinto es el elemento del diálogo para llegar a buen fin.

Se podría decir que todo es perfecto, aunque uno no sepa qué es lo que quiere decir que la sociedad vasca tenga derecho a decidir su futuro: ¿qué es lo que decide en las elecciones? ¿Qué decidió al dar su voto afirmativo abrumador con ocasión del referéndum sobre el Estatuto de Gernika? ¿Qué es lo que decide cada vez que vota en cualquier tipo de elección? Me imagino que no elige su pasado, sino que está tomando decisiones que afectan a su futuro. Claro que cualquier nacionalista me dirá que no se trata de eso, sino de algo distinto.

Pero, si se apura el análisis, el verdadero problema no está en lo que se dice, sino en el elemento que queda siempre fuera, en lo que no se dice. Porque tomando en serio la frase de plantear una relación en pie de igualdad entre Euskadi y el Estado lo que se está haciendo es definir dos entidades separadas, distintas la una a la otra, Euskadi aquí, España allá, de cuya relación se predica que debe ser de igualdad. Pero para poder asumir la existencia de estas dos entidades separadas y distintas que se relacionan en pie de igualdad se está haciendo imposible la inclusión en el acuerdo parlamentario del respeto a las distintas sensibilidades, el respeto efectivo del pluralismo estructural de la sociedad vasca.

Pues la consecuencia de este respeto al pluralismo estructural, la inclusión eficaz de todas las sensibilidades significa, tomado en serio, que no hay dos entidades separadas y distintas, Euskadi por aquí y España por allá, sino que ambas están entremezcladas, mutuamente imbricadas, que España no es una entidad, un elemento extraño, distinto a y separado de Euskadi, sino interno. Eso es lo que significa efectivamente el respeto a las distintas sensibilidades, el respeto del pluralismo estructural de la sociedad vasca, no otra cosa.

Es decir, lo que plantean el lehendakari Urkullu y el PNV es un imposible metafísico, la cuadratura del círculo, hacer compatibles elementos que son en sí mismos profundamente incompatibles. No hay forma humana de que su compatibilización pueda ser legal y democrática. Y desde luego, no hay forma humana de que todos esos elementos citados puedan ser unidos en un acuerdo por diálogo y consenso.

La razón es que falta en ese discurso nacionalista un elemento que nunca se cita. Y ese elemento es el que dice que el nacionalismo lo puede todo, que con voluntad se puede alcanzar lo que sea preciso, que lo que hace falta es no tanto mirar a la legalidad sino poner voluntad política. Algún político del PNV ha llegado a decir que la política no es el arte de lo posible, sino el arte de hacer posible lo imposible. Ahí está el nudo de la cuestión: el nacionalismo cree contar con poderes divinos que le permiten unir lo imposible de aunar, de cuadrar el círculo, de hacer compatibles elementos profundamente contradictorios.

El nacionalismo, aunque nunca lo diga expresamente, vive de un sueño de omnipotencia que es, además, el que le permite formular sus planteamientos con la mejor intención del mundo, que nadie se la niega. Lo que sí se le puede y se le debe negar es su sueño de omnipotencia: nadie que sea humano puede plantear juntas todas las cosas que el PNV y el lehendakari Urkullu quieren que estén juntas. A alguna tendrán que renunciar. En eso consiste la política. Mientras tanto es preciso negar ese sueño de omnipotencia, por higiene mental y por democracia.

JOSEBA ARREGI, EL CORREO 01/05/14