Gorka Angulo Altube-El Correo
- Los disturbios contra migrantes acreditan que la región menos diversa de Reino Unido no aprovecha el dividendo de la paz para construir una sociedad tolerante y próspera
Belfast ha activado su vuelta a los estallidos violentos, como el pasado verano en Ballymena o el anterior también en la capital norirlandesa. Por episodios así, la paz apuntalada con alfileres por el Acuerdo de Viernes Santo de 1998 se rompe con ataques sectarios que nos devuelven al pasado, cuando las comunidades republicana y unionista actuaban a ambos lados de la ley sustituyendo al Estado y arrogándose funciones de policía y justicia. Otra vez la generación perdida del ‘conflicto’, cuyos miembros han quedado en el limbo emocional, identitario o social, y como no encajan en una nueva sociedad en paz han decidido volver a aquello que más seguridad, protagonismo o liderazgo les proporciona: la violencia o el gansterismo.
La sociedad norirlandesa tuvo que vivir durante decenios eligiendo entre el odio, el miedo o la libertad, en una guerra civil soterrada entre dos bandos que se mataban entre sí, donde no había espacio para la convivencia, la pluralidad, y no digamos para los matrimonios mixtos. Para saber sobre esto último recomiendo la serie ‘Días de ceniza’. Forma parte de una memoria de los detalles, fragmentada y basada en la abundancia de productos audiovisuales y literarios recientes, en los que los irlandeses son unos excelentes narradores, mientras en las escuelas continúan sin abordar los años de los ‘troubles’ o siguen con narrativas opuestas sobre la historia reciente de Irlanda del Norte que impiden que haya un relato común sobre el terrorismo.
Esta vez los disturbios comenzaron con las imágenes virales del salvaje ataque con cuchillo perpetrado por un refugiado sudanés a un ciudadano británico. La reacción al homicidio frustrado por parte de cientos de manifestantes devolvió la capital noirlandesa a lo peor de su historia, esta vez con una extraña alianza violenta en las calles entre enemigos eternos, republicanos y lealistas, ahora con un enemigo común, los migrantes; espoleados por Elon Musk en su red social X y una ultraderecha británica que compite para ver quién es el más facha de la clase: Reform UK de Nigel Farage y Restore Britain de Rupert Lowe.
Los de Farage, nacidos del Brexit y enemigos encarnizados de las instituciones democráticas, han conseguido en menos de dos años romper el bipartidismo británico, con respaldo del entorno de Trump, Musk y generosas donaciones de origen cripto-libertario. Restore Britain campa a sus anchas en las redes sociales donde desarrolla su estrategia de comunicación para remover en la ciudadanía emociones y desencantos con mensajes identitarios, antimigración y antiprogresismo. Hasta aquí los que monitorizan los discursos desde Londres, epicentro del declive absoluto británico desde hace una generación. De momento la onda de la ultraderecha británica no llega a las instituciones norirlandesas con sus marcas de origen, pero no faltan receptores para adaptarlas a las peculiaridades de aquella sociedad y su sistema de partidos.
Hasta hace una década, los partidos norirlandeses se organizaban ideológicamente en torno al unionismo o el nacionalismo clásicos, con el siempre reconciliador Alianza en el centro y los brazos políticos de organizaciones terroristas en los extremos. Desde el Brexit han surgido partidos panirlandeses minoritarios, marginales, de disidentes conservadores (Aontú) o del Nuevo IRA (Saoradh) que tratan de liderar descontentos ciudadanos o de agrupar a nostálgicos del terrorismo mal reciclados. Cuando vemos que el secular conflicto entre comunidades se resetea con la tensión racial, no descartemos nuevas siglas dispuestas a capitalizar en las urnas y las calles a los que ahora las queman o emiten mensajes de un odio que todavía grita en las paredes en forma de murales o pintadas.
La primera vez que visité Belfast fue como un viaje iniciático en el que me trastocó por completo su ‘anormalidad normalizada’ de comunidades segregadas, alambradas, controles policiales y militares y bloques de hormigón en las primeras plantas de algunos edificios. No me faltó una patrulla del ejército británico pidiéndome el pasaporte, en una calle cercana a lo que quedaba de Divis Flats, bloques de pisos sociales que en marginalidad podría superar con creces a Las 3.000 Viviendas o La Mina.
Divis sigue siendo hoy parte de esa tradición de vincular narrativas a los lugares, especialmente en los barrios lealistas o republicanos más emblemáticos de Belfast o Londonderry (Derry). Lugares que ya no existen, como el último libro de Espido Freire, pero que no pueden borrarse de la memoria colectiva con tanta muerte y violencia concentradas. Volver a Belfast hoy sería reencontrarme con aquello que ellos no han superado en casi treinta años, y que, siendo ahora la región menos diversa de Reino Unido, no son capaces de aprovechar el dividendo de la paz para ser una sociedad más tolerante y próspera.