Jesús Cacho-Vozpópuli

  • Trump acaba de firmar un nuevo falso acuerdo de paz, un desastre para el pueblo iraní, para las monarquías del Golfo, para Israel y para Occidente. Otro presidente norteamericano que elige la rendición en lugar de la victoria. Malos tiempos para la libertad.

Hasta hace unos meses, Donald Trump no se cansaba de criticar el llamado Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC), el acuerdo suscrito sobre el programa nuclear de Irán en julio de 2015 entre Teherán y los miembros del P5+1 (Estados Unidos, China, Francia, Rusia y Reino Unido, más la Unión Europea). Irán se avino entonces a eliminar sus reservas de uranio enriquecido medio y bajo, y a reducir en dos tercios sus centrifugadoras de gas. Además, sólo enriquecería uranio hasta un 3,67% para fines pacíficos y no construiría ningún reactor nuclear nuevo de agua pesada. A cambio, el grupo P5+1 levantaría las sanciones impuestas al país. En enero de 2016, con la entrada en vigor del acuerdo, Barack Obama empezó a enviar palets de efectivo (se dice que hasta 1.700 millones de dólares) a Teherán en aviones de carga sin distintivo, dinero que pasó directamente a manos del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) como parte de un escandaloso soborno que animó al régimen a aceptar el acuerdo. “Eso jamás sucederá con Trump”, repetía con cierta saña el inquilino de la Casa Blanca. Por supuesto que Irán no cumplió ninguno de los compromisos suscritos en 2015, como es norma en los ayatolás. Casi once años y tres meses largos de guerra después, Trump acaba de firmar un nuevo falso acuerdo de paz que va a permitir a la República Islámica presentarse ante el mundo como vencedora de la contienda. Una paz desastrosa. Lo que el presidente norteamericano ha suscrito no pasa de ser el inicio de una nueva guerra en el Oriente Medio a plazo fijo. Un desastre para el pueblo iraní, para las monarquías del Golfo, naturalmente para Israel y desde luego para Occidente. Otro presidente norteamericano que elige la rendición en lugar de la victoria que tenía en la mano. Malos tiempos para la libertad.

Particularmente doloroso resulta este acuerdo para un pueblo iraní, mayoritariamente contrario al régimen de los ayatolás, cuyo horizonte queda reducido a años de oscura supervivencia sometido al vasallaje de un sistema más violento, más intransigente, más sediento de venganza que nunca. Fueron precisamente las multitudinarias protestas del pasado enero, saldadas con la muerte de cerca de 30.000 manifestantes víctimas de una represión que no dudó en utilizar munición real para disolver las protestas, lo que alertó al mundo civilizado de lo que estaba ocurriendo en la antigua Persia. Trump se implicó entonces en las condenas a Teherán, llegando incluso a sugerir el envío de armas a la población iraní, un imposible casi metafísico. Con los servicios secretos, caso del Mossad israelí, convencidos de que la dictadura tenía ya a punto el arma nuclear, la ocasión para asestar un golpe definitivo a la cabeza de la serpiente se presentó el 28 de febrero pasado, fecha del espectacular raid aéreo de la coalición norteamericana-israelí que acabó con la vida de la práctica totalidad de la cúpula del régimen, con el propio líder supremo, a la cabeza.

Las bravatas del presidente yanqui son conocidas a la hora de proclamar la victoria absoluta, exigir la «rendición incondicional de Irán» y amenazar «con devolver el país a la edad de piedra». Curioso personaje este Donald, tipo digno de estudio psiquiátrico (otro más), vitalmente predispuesto al espectáculo, a las victorias instantáneas, casi automáticas, pero radicalmente incapacitado para cualquier ejercicio de resistencia o constancia, y no digamos ya para el cumplimiento de la palabra dada. Trump es el anti Churchill por excelencia, un muñeco de nuestro tiempo apegado al dinero y reñido con aquel célebre «sangre sudor y lágrimas» que en los cuarenta salvó a Occidente de la barbarie nazi. Pongamos las cosas en su punto, seamos claros: trabajar verdaderamente por la paz en Medio Oriente implica o presupone, como primera condición, derribar al régimen asesino de los Mulás, erradicar a sus aliados, los grupos terroristas expandidos por la región y mantenidos por Teherán, empezando por Hezbolá, y extender los Acuerdos de Abraham para dar a Israel la posibilidad de vivir en paz con sus vecinos. Y a continuación, pero solo a continuación, abordar una solución realista al problema palestino.

Tras miles de ataques aéreos, las instalaciones nucleares iraníes quedaron seriamente dañadas, lo mismo que el programa de misiles balísticos. Las capacidades militares del régimen para abordar una reconstrucción de su aparato militar, ahora sin aviación y sin marina, han quedado muy mermadas debido a la destrucción de la infraestructura asociada. Un castigo formidable, que realmente puso al régimen durante semanas contra las cuerdas. Pero no cayó, algo que hubiera exigido un imposible: la intervención militar por tierra. Sabedores de esta limitación, la inteligencia israelí advirtió a Washington de la necesidad de seguir golpeando durante casi un año para forzar su rendición. Un hecho fortuito, un capricho, el bombardeo norteamericano de la isla de Jark, dio a la Guardia Revolucionaria el argumento que necesitaba para invertir su situación: el cierre del estrecho de Ormuz. Y entonces al teatral Trump, al gran bocazas de Mar-a-Lago, le entró el pánico. A partir de ahí el presidente de la mayor potencia militar del planeta, asediado por las elecciones de ‘midterm’ y la presión del ala aislacionista del Partido Republicano, con el vicepresidente J.D. Vance a la cabeza, le entraron todas las prisas del mundo por salir corriendo del avispero iraní.

La Guardia Revolucionaria le tomó la medida. Habían sido capaces de resistir más de 15.000 bombardeos y conocían las debilidades del “Gran Satán”. Iban a jugar con su urgencia por firmar una paz a cualquier precio, iban a marearlo con un estilo de negociación que no conoce la prisa. Varios días después de su anuncio, se desconocen los términos exactos del “memorando de entendimiento” suscrito, algo no solo sorprendente sino inaceptable en términos de prestigio para Washington. Ninguno de los objetivos que orientaron el gran golpe del 28 de febrero se ha conseguido. No solo es que la República Islámica no haya caído, es que parece haber salido reforzada del envite y desde luego más brutal y sanguinaria que nunca. Tras tres meses y medio de conflicto, queda claro que tampoco se ha logrado ninguno de los objetivos «secundarios» perseguidos: ni la desnuclearización del país, ni la destrucción completa de su arsenal de misiles, ni el cese del apoyo a Hezbolá y otros «proxys» chiítas. El presidente Trump decía querer un «cambio de régimen» y lo ha conseguido, pero no el que buscaba: la Guardia Revolucionaria, al mando ahora de líderes más jóvenes y agresivos, es la nueva columna vertebral del régimen por encima del clero chiíta.

Es evidente que los nuevos amos de la República Islámica no van a cumplir ninguno de los acuerdos a los que se comprometan, particularmente lo que tenga que ver con la fundamental cuestión nuclear, tema que se abordará en las próximas semanas en negociaciones que se van a prolongar durante muchos meses por su naturaleza altamente técnica y por la habilidad de los negociadores iraníes para marear la perdiz durante tiempo indefinido. La cruda realidad es que, en una guerra, lo que no se consigue por la fuerza no se puede obtener mediante negociaciones. No menos preocupante es la reapertura del Estrecho de Ormuz. El conflicto ha dado a los Pasdaran la oportunidad de apoderarse de todo el estrecho, incluidas las aguas territoriales de su vecino Omán, y no lo van a soltar. Teherán ha insinuado ya el cobro de una tasa a los barcos que lo crucen, y de momento está reclamando la liberación de cuantiosos fondos iraníes (24.000 millones de dólares para empezar) congelados en bancos del Golfo tras el estallido de la guerra. Leído ayer: «Se espera que el acuerdo final incluya la creación de un fondo de 300.000 millones para la reconstrucción y el desarrollo económico de Irán». Puede que esto sea lo único que realmente le interese a Donald Trump de esta tragedia.

No es un secreto que la Guardia Revolucionaria usará todo el dinero del que pueda disponer en el futuro para rearmarse hasta los dientes, y no para mejorar el lastimoso nivel de vida de una población empobrecida, además de privada de libertades, que soporta carencias materiales de todo tipo además de una inflación galopante. La posibilidad de que la República Islámica de Irán emerja del conflicto convertida en la gran potencia regional es hoy algo más que un riesgo, para desgracia de las monarquías del Golfo sometidas a partir de ahora al vasallaje del miedo. El sistema de seguridad que desde 1945 ha funcionado en la región, la entente entre el gendarme norteamericano y las monarquías petroleras árabes, ha saltado por los aires con la huida de Trump del escenario del conflicto. Particularmente dramática es la situación en que queda Israel, condenado a seguir en pie de guerra simplemente para asegurar su supervivencia. Trump ha negociado su rendición de espaldas al presidente Netanyahu, a quien pretende, además, maniatar para que retire al ejército israelí del Líbano y lo deje definitivamente en manos de los terroristas de Hezbolá.

Está claro que en su empeño por destruir a Israel, el Irán de los Mulás seguirá trabajando para dotarse cuanto antes del arma nuclear, dispuesto a utilizarla al día siguiente contra el «pequeño Satán». Y también está claro que Israel no se va a quedar de brazos cruzados, porque, en contra de lo que reclama el islam radical y la patulea de la izquierda occidental, los judíos han decidido algo tan raro como defender su vida y aplazar ‘sine die’ una nueva version del holocausto nazi. El conflicto, pues, está servido. La falsa paz anunciada el domingo por Trump no es otra cosa que el inicio a plazo fijo de una nueva guerra en Oriente Medio. Una desgracia para Israel, desde luego, pero sobre todo para ese noble pueblo iraní que esperaba -y merecía- la libertad; una lástima para las decenas de miles de buenas personas que fueron masacradas en enero pasado en las calles del país y para todos esos jóvenes que siguen apareciendo cada mañana colgados de las grúas en Teherán, algo que no parece interesar en absoluto a la lamentable izquierda española.