El eterno vagar del presidente errante

EL MUNDO 21/12/16
LUCÍA MÉNDEZ

· Trece años después de designar a Rajoy como su sucesor, el hombre que lo fue todo en el PP vive atormentado por su pérdida de influencia en el partido y por el error que cree que cometió al señalar con su dedo al actual líder de los ‘populares’

El sábado 17 de noviembre, José María Aznar llegó al Teatro Real a ver El holandés errante, la ópera de Wagner en versión de La Fura dels Baus. «Una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas, que no es sino la tormenta interna de un espíritu al que se le ha arrebatado la libertad», dice el programa de mano. Desde que abandonó La Moncloa, Aznar ha vagado por España y por el mundo como ese barco condenado a surcar los mares sin poder atracar en ningún puerto. Como el capitán fuerte y valiente que nunca temió a la oscuridad ni a la furia, pero sí al olvido y al desamor de su partido. Trece años hace que dejó de ser presidente. Trece años en los que no ha podido encontrar la paz interior ni el descanso emocional necesarios para vivir al margen de su partido ni en la hornacina de la Presidencia de Honor que Rajoy le decoró con esmero en la Fundación Faes. A él no le arrebataron la libertad como al holandés errante, pero sí el poder y la influencia sobre el PP, la criatura que alumbró allá por el año 90 y que le ha sido usurpada por el colaborador leal y aplicado a quien él mismo nombró sucesor con su propio dedo pensando que iba a respetar su legado. Es decir, que le iba a hacer caso. Aquel día de agosto que comunicó a los dirigentes del PP quién era el elegido, Aznar les dijo: «Espero haber acertado por el bien del PP y por el bien de España». Trece años después de aquello, el ex presidente cree que se equivocó y no se lo puede perdonar a sí mismo.

De ahí el tormento interno, el permanente sufrimiento que se asoma a su rostro y a sus músculos eternamente en tensión. Un espíritu castellano como el suyo declinando los honores de su partido, por más que sólo fueran de boquilla, da la medida del drama aznariano que empezó inopinadamente y a traición aquel 11 de marzo, cuando, contra todo pronóstico, no salió de La Moncloa por la puerta grande, con un abandono voluntario del poder –¿puede haber algo más grande?–, sino dejando tras de sí el mayor atentado terrorista de la Historia de España. Esa España para la que él, sí, tenía un proyecto. No como Rajoy, que no tiene proyecto ni nada. Sólo ingratitud con quien le encumbró al liderazgo. «He servido a mi país con decisión, entrega y una pasión que algunos pueden considerar excesiva, pero no estoy hecho para ocultar convicciones. Me duele y desprecio tantas actitudes repugnantes que conozco». Son palabras de su último libro de memorias y se refieren al odio que sabía que inspiraba a la izquierda política y cultural española. Pero en este momento, Aznar las repetiría una por una dedicadas a su propio partido. Y a Rajoy, a quien responsabiliza de haberle despojado de su autoridad y de haber permitido que sus colaboradores le pongan a parir como si no fuera quien fue.

Hasta aquel maldito 11-M, el relato aznarista era un relato victorioso. La victoria de la voluntad contra el viento y las mareas de un centro derecha que era el ejército de Pancho Villa cuando él se lo encontró. «Sigo vivo porque me han despreciado», decía entonces Aznar para resumir su trayectoria al frente del PP. El ex presidente reconstruyó un espacio político devastado y convirtió al PP en el primer partido de España.

Una trayectoria que comenzó en 1989, cuando un grupo de jóvenes del PP convenció a Fraga en su chalet de Perbes de que nombrar sucesora a Isabel Tocino no era buena idea. Les parecía mejor el presidente de Castilla y León, un político sin carisma ni encanto, pero con mucha voluntad. Aznar creció como líder a la sombra de Felipe González y por azares del destino, esta sombra sigue sobre él. Mientras que al ex líder socialista todo el mundo le respeta en su partido, a él el PP le ha repudiado.

Aznar centró al PP, unificó los restos del naufragio de la democracia cristiana, los liberales y los conservadores bajo sus siglas. Modernizó el partido, cambió los vetustos tapetes de las mesas por escenarios abiertos y la penumbra fraguista por las luces blancas. En el Congreso de Sevilla inició un giro al centro que le llevó siete años después a ganarle las elecciones a quien parecía invencible, Felipe González. Él y su equipo aceleraron la descomposición del felipismo con una oposición frontal y sin concesiones. Aquel equipo del triunfo ha caído con tanto estrépito como sólo pueden caer los dioses, con Rodrigo Rato a la cabeza.

La primera legislatura de Aznar le consolidó como un presidente serio y dialogante con los nacionalismos periféricos. No tenía el carisma de González, pero sí se hizo respetar como jefe del Gobierno. No destruyó el Estado del Bienestar en contra de los graves pronósticos del PSOE, ni impuso ninguna agenda en cuestiones morales, haciendo caso omiso a quienes le pedían la derogación de la Ley del Aborto del 85 que despenalizaba la interrupción del embarazo en varios supuestos.

Los españoles premiaron su gestión con la mayoría absoluta en 2000. Y ahí comenzó el Aznar tal y como ha llegado ahora hasta nosotros. Creyó que España le había dado un cheque en blanco por sus méritos políticos. E interpretó la victoria como un triunfo personal. La noche de las elecciones, el presidente electo llamó a muchas personas y a todas ellas les dijo lo mismo: «Hoy ha terminado la Guerra Civil». La derecha española –marcada durante la Transición con el estigma del Franquismo– había alcanzado la mayoría absoluta. Ya había entrado en el camino de la Historia por el que después transitó hasta alcanzar las Azores. Aznar quiso sacar a España del rincón de la Historia y para ello no tuvo inconveniente en echar un pulso a la sociedad. Metió al país en la Guerra de Irak en contra de la opinión de la inmensa mayoría de los españoles. En sus memorias, el ex presidente se presenta como un líder que tuvo más ambición para su país que el propio país, que quiso llevar a España a la cima del mundo y que por ello fue profundamente odiado por sus adversarios. La boda de Estado de su hija en El Escorial fue una maldición que muchos años después le persigue porque muchos de los invitados que desfilaron engalanados por el Patio de los Reyes han acabado en la cárcel.

Al mismo tiempo, se sintió obligado a cumplir un compromiso personal adquirido cuando no era nadie de no optar a un tercer mandato como presidente. Obligado a elegir un sucesor de entre sus notables, lo hizo a imagen y semejanza de quien no tiene que dar cuentas a nadie. Y el PP se lo permitió. Nadie cuestionó su método sucesorio en el que designó a tres aspirantes que durante un año corrieron alocadamente por un hipódromo para ganar una carrera que Rajoy tenía ganada desde el primer día. Aznar designó a Rajoy porque era quien le acompañaba en los momentos difíciles en La Moncloa, quien le consolaba del clamor airado de la calle contra la guerra, quien nunca dio muestras de ambición para sustituirle, quien nunca se enfrentó a él porque asumía con modestia su condición de número dos. Era el candidato ideal, pensó Aznar, para mantener a su partido como él lo había construido, a imagen y semejanza de sí mismo. En La Moncloa, y en el segundo mandato como hacen los presidentes norteamericanos, empezó a construir su propio relato heroico que combinaba dos gestas: la unificación del centro derecha en torno a un PP articulado y potente, y el milagro económico de la prosperidad, el crecimiento y el empleo.

El 11-M varió ese relato de forma dramática. Él mismo ha relatado en sus memorias cómo las palabras de una víctima que le culpó en el funeral de la muerte de sus hermanas en los trenes se le clavaron como «un puñal helado y cruel». Tan cruel como el abandono político que ya había sentido en la campaña electoral cuando su sucesor relegó su presencia a mítines en pueblos del interior. Así se lo reprochó personalmente al equipo de campaña de Rajoy, encabezado por Gabriel Elorriaga, durante un almuerzo en La Moncloa. La victoria de Zapatero fue una humillación para quien creía que el líder socialista era lo peor que le podía pasar a España. Por ello elaboró la tesis de que los autores del atentado «no estaban en montañas lejanas ni en desiertos remotos», según declaró ante la comisión parlamentaria.

La ruptura con su sucesor tardaría aún cuatro años y tendría el Congreso de Valencia como escenario. Allí despreció en el escenario a Rajoy con una intervención despreciativa y el líder del PP renunció definitivamente a su legado. Un legado que había respetado en la primera legislatura de Zapatero, cuando Rajoy se ató a las víctimas del terrorismo, cuestionó la verdad judicial del 11-M y convocó manifestaciones junto a la Conferencia Episcopal de Rouco. Rajoy interpretó que el mantenimiento de las esencias de Aznar era la razón por la que perdió las elecciones de 2008, algo que el ex presidente nunca le ha perdonado. Desde Faes ha combatido esta tesis con la musculatura de sus prestigiosos intelectuales.

Encerrado en su fundación y recorriendo medio mundo varias veces al año, Aznar se ha resistido a ser un jarrón chino. Ni siquiera se ha conformado con el papel de patriarca que se reúne con la familia del PP en la cena de Nochebuena. La forma en la que la dirección del PP trató a Ana Botella y la despachó del Ayuntamiento de Madrid fue sólo el último de los agravios que sufrió. Aznar no puede estarse quieto porque entonces no sería Aznar. Sería Rajoy. Durante algún tiempo, se sintió querido por las bases del partido. Cada vez que descendía de la montaña para advertir de que su partido se estaba desviando del camino de la verdad, seguía temblando el misterio. Pero la consolidación de Rajoy y sus victorias electorales le han apartado definitivamente de su obra. Hoy hace precisamente un año que se produjo su canto del cisne. El PP de Rajoy acababa de perder 60 escaños y tres millones y medio de votos. Aznar se presentó en la reunión del Comité Ejecutivo por primera vez en cuatro años. Y le hizo a Rajoy el último favor. Nadie le pidió explicaciones por el mal resultado electoral porque Aznar estaba allí para capitalizar el desgaste. Su presencia llevó a los miembros de la Ejecutiva popular a levantarse uno tras otro para alabar las virtudes del liderazgo de Rajoy.

El ex presidente ha roto el cordón umbilical con su partido un año después de aquella cita en la que se volvió a sentir humillado porque además le sentaron en una esquina de la mesa, poco adecuado para el presidente de honor. Aznar se dio cuenta de que ya no producía escalofríos. Sus prédicas caían en terreno baldío. Algo que no quiere ni puede permitirse a sí mismo. Él creó el PP y también a Rajoy, que sin su dedo no estaría en La Moncloa. Cansado de darse cabezazos contra la pared y olvidado por la mayoría de los suyos, ha tirado la llave simbólica que le ataba a su criatura. Tanta paz lleve como descanso deja. Este es el sentimiento predominante en La Moncloa tras la renuncia de Aznar. Aunque para Rajoy es una ruptura con su propia historia, porque él sabe que no nació como líder de las aguas, como Venus, sino del dedo de un ex presidente con quien trabajó en la cima durante 13 años. Los mismos que el líder del PP lleva como presidente del partido. Y él, Rajoy, contrariamente a lo que le pasa a Aznar, no quiere arrepentirse ni un solo día de abandonar voluntariamente el puesto poniéndose un plazo de caducidad.