- El largo mandato del PSOE ha creado una mentalidad en la que ganar dinero está mal visto y quien lo logra ha de ser sableado por todas partes por el Estado
La Calle Real fue durante todo el siglo XX la gran vía comercial de La Coruña. Aunque la calidad de su comercio ha decaído un poco, continúa abarrotada. Pero ahora presenta una peculiaridad. Delante de las tiendas convencionales, a las que el régimen socialista en que vivimos abrasa a impuestos, reglamentos y cotizaciones, se instalan unos comerciantes que gozan del raro privilegio de no apoquinar un chavo al fisco, ni tampoco a las arcas municipales. Son los del top-manta.
Las leyes tributarias y la marea de ordenanzas que nos obligan a todos no rigen con quienes ofrecen falsificaciones. Venden su mercancía ilegal a plena luz del día, disfrutando de la amable tolerancia de la Policía y de un ayuntamiento –«Concello» en su jerga– que te persigue si te retrasas en un recibo de diez euros. Y así sucede en casi todas las capitales españolas. «Mejor que se dediquen a vender falsificaciones que a robar, algo tienen que hacer», vienen a decir las autoridades.
El resultado es que una peluquería debe pagar a la SGAE por lo que suena en su hilo musical, los autónomos están machacados y todos los particulares abonamos IRPF, IVA, IBI, la ITV, impuestos-fracazo si vendes una propiedad, canon del agua, canon de basuras, impuestos verdes… Pero la peña que se está inflando este verano a vender camisetas falsificadas de España queda exenta de todo pago. Incluso pueden practicar a plena luz del día una actividad delictiva que perjudica a los fabricantes y a los comercios regulares.
En España hemos ido montando un país socialista, que castiga al que cumple y que penaliza el éxito. Ganar dinero está mal visto. Aquel que lo logre debe ser exprimido como un limón en nombre de una supuesta justicia social, que en la práctica consiste en penalizar al que ha conseguido con mucho esfuerzo que le vaya bien.
Un amigo me pasa una noticia de la prensa vasca: el próximo año comenzará a implantarse en Vizcaya un modelo por el que cada uno pagará en el transporte público acorde a sus ingresos. Un pequeño ejemplo de socialismo en vena. El que gana más, y que ya paga por ello más impuestos, se verá también penalizado a la hora de comprar un billete de bus o metro.
Esta condena del éxito castiga sobre todo a las clases medias (para entendernos: los de aquí de toda la vida). Ante la enorme crecida de la inmigración se ven desplazados de todo tipo de beneficios sociales en favor de personas que apenas han cotizado en España, pero que al tener menos renta pasan a ser los primeros de la cola. La clase media paga la fiesta del socialismo y es su última beneficiaria.
La envidia, que siempre ha sido nuestro pecado nacional, se ha unido al tenaz experimento socialista del PSOE. El resultado es una aversión militante hacia aquellos a los que les va bien. Los chavales quieren ser funcionarios en lugar de empresarios y muchas personas se abonan a una vida low cost sin ambiciones, una abulia existencial que a nuestros abuelos, que peleaban por subirse al ascensor social, les provocaría sarpullidos. Como me reprochó una inteligente treintañera y excelente profesional días atrás, «el trabajo no lo es todo, lo importante es ser feliz». ¿Y en qué consiste ser feliz? Al parecer en trabajar solo lo justo, renunciar a toda ambición profesional, no liarse la vida teniendo hijos y centrarse en «el finde», «los amigos» –que ya no las relaciones estables–, la mascota y los viajes. Y en el rango de los veteranos, en jubilarse cuanto antes.
Cuando esa mentalidad se universaliza se acaban creando sociedades mediocres, de crecimiento lento y compromiso bajo con la familia y la nación. Adolescencias perpetuas y una subcultura del victimismo y el resentimiento, que acaba provocando infelicidad por su carencia de estímulos positivos, por la ausencia de un proyecto de realización personal.
Los chinos se están zampando a Europa ante nuestros ojos. No es de extrañar. Aquí hemos optado por la fiscalidad extractiva, la hiperregulación y la gandulería victimista. La fórmula del éxito.