Marisol Oviaño-Vozpópuli

  • Va quedando muy claro que el sistema falla por falta de inversión y, muy probablemente, por la corrupción del PSOE

Lo primero que hice cuando la catástrofe de Urda saltó a los medios, fue poner un mensaje a Manolo para asegurarme de que estaba en Madrid. Es un andaluzeño (andaluz y madrileño) que viaja mucho por negocios y que, una o dos veces al mes, mete el ordenador en la mochila y se va a teletrabajar a su ciudad natal, donde devora los platos rebosantes de amor incondicional con los que su madre le agasaja. Otras veces es ella quien viene a pasar unos días con él, y aprovecha para cocinar a destajo y dejarle el congelador lleno de comida. También recibe frecuentes visitas de hermanos y sobrinos, a los que instala en el dormitorio de invitados: el AVE les permite relacionarse como si él viviera a las afueras de Córdoba y no a 400 kilómetros de allí; hay muchas familias a las que la alta velocidad ha salvado de la disgregación. Hasta ahora.

Tras el viaje inaugural que hizo Felipe González con Juan Carlos I y doña Sofía, el AVE se convirtió en un símbolo de modernidad que acortaba la distancia entre españoles; y con el tiempo nos devolvió la autoestima que necesitábamos para sentirnos europeos. No sospechábamos entonces que otro socialista conseguiría que acabáramos teniendo miedo de subirnos al tren. No son sólo los accidentes mortales, son las máquinas que se incendian, los convoyes que se quedan parados en medio de la nada sin agua, luz ni aire acondicionado y los retrasos de horas interminables.

Habrá gente que pueda permitirse escoger otro medio de transporte, pero no son pocas las personas que dependen de él: con los precios de la vivienda en las grandes ciudades, muchas han optado por vivir en provincias e ir y venir al trabajo en ferrocarril. Lo malo es que el método de locomoción más seguro y fiable se ha convertido, tras dos legislaturas progresistas, en algo que da miedo.  No quiero ni pensar las escenas de ansiedad y pánico que se producirán cada vez que un tren se quede detenido en medio de la vía. Algunos de los supervivientes de Urda han contado que, cuando el tren se frenó, no pudieron evitar pensar en Adamuz. A partir de ahora, será imposible no pensar, además, en Urda y no rezar para que no nos arrolle otro tren. Casi es mejor salirte al campo y correr el riesgo de que el convoy reemprenda la marcha sin ti.

Inauguraciones con foto

La repercusión de esta tragedia va más allá de los muertos y los heridos, que nos duelen a todos excepto a los desalmados que nos gobiernan. Tras dos accidentes en nueve meses, ya no podemos permitirnos el lujo de engañarnos y echarle la culpa a la mala suerte. A estas alturas del partido, sabemos que el gobierno no está invirtiendo en mantenimiento de infraestructuras todo lo que debería. Ha priorizado gastar nuestro dinero en comprar votos —IMV y demás paguitas—, y lo poco que se mete en infraestructuras es sólo para inaugurar y salir en la foto; gastar en nuestra seguridad es aburrido y no resulta electoralmente rentable. A fin de cuentas, si la cosa sale mal, nosotros ponemos los muertos, que para Sánchez, Puente e Iván Redondo sólo son un problema de comunicación que hay que gestionar, un nuevo giro del relato, una tarea que tachar en la agenda antes de pasar a la siguiente. Pero creo que esta vez no han calculado bien.

Han pasado nueve meses desde la catástrofe de Adamuz y seguimos sin saber qué sucedió allí igual que ignoramos por qué hubo un apagón, pero han tardado menos de 24 horas en encontrar un chivo expiatorio; no vaya a ser que unos cuantos muertos fastidien la campaña electoral. Que pretendan responsabilizar de todo a un trabajador del centro de control de Atocha y que ni siquiera se den cuenta de la barbaridad —y la ilegalidad— que supone haber filtrado la conversación con el maquinista del AVE antes de que la familia haya recuperado su cuerpo, revela la inhumanidad de las alimañas que se sientan en el consejo de ministros.

A medida que pasan los días y vamos teniendo más información, va quedando muy claro que el sistema falla por falta de inversión y, muy probablemente, por la corrupción del PSOE.  Aparte de lo que hayan podido llevarse en cada licitación, está la inmoralidad y el desprecio por nuestras vidas que vamos descubriendo con cada noticia. No sólo metieron en nómina a las fulanas de Ábalos, sino que Puente ha sustituido a los profesionales técnicos de Adif por perfiles políticos que no saben nada de transporte ferroviario. Los interventores y maquinistas están empezando a hablar y pintan un panorama aterrador en el que no hay un Urda diario porque Dios no quiere, y están saliendo a la luz las condiciones y la falta de medios con la que trabajan los controladores. El partido de la muerte va a tener muy difícil tapar esto bailando.